Watanabe completo
“¿Me dejará la muerte/ gritar/ como ahora?”. Breve, parco y como siempre, irónico, con este haiku cuyo revelador título es Orgasmo y que fuera publicado por el poeta de Laredo en su libro Banderas detrás de la niebla, nos enfrentamos ante la contundencia de una poesía que sigue gritando, precisamente, después de acallado el poeta por la implacable biología.
Si sólo fuéramos cuerpo, y no simbolización encarnada que rebusca en los otros un agujero de inmortalidad, no podríamos ser categóricos. Porque más allá de las posturas existenciales, hay sólo una forma de entender esto que llamamos cuerpo: se trata de ese cadáver en potencia que somos. Por eso mismo la muerte nos carcome lentamente desde el primer día de nuestra vida y sólo logramos vencerla cuando el soplo ha sido exhalado. Y ahora es posible afirmar que la muerte ha sido domada por Pepe Watanabe: porque estamos escuchando su susurro y su grito.
Este libro reúne su obra completa y contiene, además de todos sus libros publicados, nueve poemas inéditos. Mi preferido es El Trasnochado, una conversación al estilo de la novela de Moravia, “El y yo”, esto es, con “esa punta del cuerpo enamorado” como diría Jorge Eduardo Eielson, esa punta del cuerpo que no puede aquietarse en la noche al percibir el cuerpo de la amada, y que al parecer cobra vida propia para el poeta.
Desde Álbum de Familia, su primer libro, pasando por textos extraordinarios y sencillos a su vez, como Cosas del Cuerpo o La piedra alada, José Watanabe pudo desarrollar una poesía que se sustenta en las fábulas, en la mirada estereoscópica sobre la masa corporal, aderezado todo de un laconismo oriental y una ironía aguda de norteño adscrito a la urbe muy a su pesar. El humor deja su vena tibia para darle un respiro al lector, permitir una ligera sonrisa, y más adelante ametrallarlo con poemas, distantes y elegantes, sobre el dolor, la soledad del cuerpo, el choque con la muerte a la vuelta de cualquier curva o la materia animada que uno entrega a los otros para que por fin la devoren. Watanabe no le ahorra al lector la más mínima irritación: sus poemas son flechas que dan directamente al ojo.
Mis poemas preferidos, por la agudeza y la soberbia de una palabra muy trabajada y certera, son La mantis religiosa, El lenguado, Imitación de Matsuo Bashó, El guardián del hielo, Flores, entre otros muchos, porque en realidad este libro es contundente como una patada. Si la poesía es como un mirador donde las señales son apenas manchitas sobre un espacio en blanco, Watanabe ha sabido redondear su papel de vigía: ha oteado por izquierda y derecha para darnos imágenes sobre la vida: de piedras, de aceras bajo el sol norteño, de banderas detrás de la niebla. Ha sido lacónico, ha sido elegante, ha sido grosero incluso, y sobre todo, ha sido duro consigo mismo. Y su palabra escrita como batalla contra la mortalidad se mantiene más vigorosa que nunca.
Imitación de Matsuo Bashó
(Fragmento)
En la cima del risco
Retozan el cabrío y su cabra
Abajo el abismo
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.
Este artículo ha sido publicado en febrero en la revista Caretas.


