Larga marcha a través de la noche
1:15 a.m.
Una débil proyección de luz artificial invade tenuemente mi cuarto. Desde este quinto piso las lucecitas me dan tranquilidad. Al otro lado de la ciudad mi padre estará mirando detenidamente las manecillas del reloj y la pared blanca. Tiene once máquinas conectadas a su cuerpo: esa prolongación de cultura que prolonga la vida. Las he visto, las he contado una a una, me he vestido con el mandil blanco como si fuera una enfermera, y he podido constatar nuestra fragilidad. Mi padre ahora tan desvalido ante su cuerpo, tan expuesto a la inclemencia de su propia biología. “Échame colonia, échame colonia” y como autómata he acariciado y humedecido el pelo de mi padre, su nuca, su frente ardiendo. Mientras aquí acumulo fuerzas para inventar una sonrisa de mentira, esa que estreno al entrar por las mañanas en el hospital: el señor que está echado con los labios descarnados, secos, respirando a través de un pulmón artificial, se ha vuelto casi celestial, casi etéreo, casi nada.
2:46 am
Las palabras son necesarias para ir anulando la ansiedad, la espera de la noche honda que gime por una madrugada, mientras al otro lado de la ciudad, hasta la pura respiración es una terrible batalla. Y las horas pasan lentísimas. Apenas pasan.
3:08 am
Hace seis días que mi padre está en Cuidados Intensivos. El médico concentró el dolor en una sola palabra: carcinoma. Car-ci-no-ma. Y mi padre escucho impávido la sentencia. Él, con su metro ochenta y seis, ahora sobre la cama blanca de sábanas blancas, parece que tuviera el cuerpo de un niño. Su rostro, de mandíbula larga y fuerte, se ha demacrado y cuando intenta torpemente sonreír su cara se vuelve un puro gesto de dolor que disimula como puede. Hoy, luego de dos días con neumonía, apenas lo vi me susurró al oído que no quiere que lo entierren sino que lo cremen. Por supuesto que no pude reponerme de este pedido, de esta súplica, y me acerqué a su cuello y lloré. Me dijo por primera vez en mi vida: “mi bebe, estoy orgulloso de ti”. Antes sí me había dicho que estaba orgulloso, pero era la primera vez que me decía “mi bebé” de una forma cariñosa, como yo llamo a mi propia hija, como hubiera esperado que me llame desde hace tantos años. Le contesté: “no por ahora, papá, no por ahora…”, pero mientras escribo esto no sé realmente… no lo sé.
3:20 am
¿Por qué este pánico cubre mi esperanza si sé, con absoluta certeza, que estamos aquí para partir, que no somos sino cadáveres en potencia?
3:42 am
He vuelto a prender la computadora para que la música llene el vacío. La tristeza es irreversible. La noche se detiene en las paredes, las llena de su sucia melancolía, de esa escarcha de mugre y esperanza. La nubosidad baja de la ciudad empieza a entrar por la ventana, a los lejos una pretina de aullidos abona mi ansiedad, los animales urbanos y domésticos que, al final del día, siguen auscultando la furia de su propia naturaleza. ¿Y la mía? El miedo abrochado a cada uno de mis huesos. El pánico. Una es nuestra certeza, pero acercarnos a ella, en medio de la noche, cubre el cuerpo con una desazón extraña y mortal.
4:07 am
Y después le hablé de las cosas del día, de la exposición que estoy organizando con mis compañeros de trabajo, del santuario de Pachacámac y del dios Kon. Y de pronto el felino volador rondó su cuarto, el suero que pendía como una fruta sobre el brazo de mi padre pareció destilar un líquido dorado, y quizás era la ruta que tomó Kon para buscar un cuerpo donde saciar su necesidad lógica de almas. Mi papá sonrió, nuevamente, sin mueca alguna cuando le comenté lo que sentí. No podía decirme nada pero entendí todo: Kon es ligero y rápido, puede acortar distancias a su antojo, pero si entra en el cuerpo de mi padre será para no salir nunca más. Entonces desperté: seguía la noche nublada como mis pesadillas.
5:17 am
En la desolación, no mudanza…
Ignacio de Loyola
El domingo por la noche quedé totalmente perdida, totalmente agobiada, totalmente adolorida y me fui a confesar con V. Entrando al templo, a la mano izquierda, lo vi sentado y aburrido en el confesionario, entonces interrumpí ante los fieles y me arrodillé, colándome de una manera poco cristiana y muy sinvergüenza. V me dijo algo que me dio miedo, pero lo puse en práctica: hay que dejarse atravesar completamente por el dolor, hay que dejarse llevar por el dolor y experimentarlo hasta las máximas consecuencias, dejar que nos embargue, dejar que se pose completamente sobre nuestras clavículas. Y después de eso el dolor se habrá ido. Me repetía sin esperanza: no tengas miedo, atraviesa tu dolor, deja que te penetre, llora… llora y siente que el dolor se ha interiorizado… y el dolor te dejará.
Pero… ¿me dejará?
6:20 am
La ciudad pobre amanece más temprano y se puede escuchar a los perros, las vianderas, el ulular de una sirena, el grito del hombre que reparte las noticias. Las calles se desperezan lentamente y el sol, a pesar de la niebla nocturna, reaparece despiadado convirtiendo a las sombras en sombras y al dolor en recuerdo de una madrugada. Sé que mi padre despierta o apenas empieza a recobrar el sueño. Y me apuro con el desayuno, las abluciones de la mañana, el café que ni siquiera saboreo.
¿Dime, Kon, me dejará el dolor?
Miro firmemente al cielo. Pero estoy con los ojos blancos desde las cuatro y media, acompañando el paso lento de la noche y no pasa nada. Y no pasa nada. Y no pasa nada.
La imagen es de aquí.


“Que no somos sino cadáveres en potencia”. Bendita esa clarividencia tuya, que hace las veces de despertador en un texto, donde al igual que la protagonista, no tenemos respiro. Ahogo es la palabra, en un mar donde el dolor es el elemento preponderante. Evoco en tu honor a Quasimodo, cuando habla de lo solos que estamos sobre el corazón de la tierra, atravesados por un rayo de luz, y de pronto nos dice, sin mas anochece.
Comment by Eduardo Espósito — April 26, 2009 @ 1:15 pm
“No somos sino cadáveres en potencia” Bendita lucidez la tuya, Rocío, que hace las veces de despertador, a nuestra humanísima
existencia. Hay en tu texto una sensación de ahogo, de agobio, que diestramente le trasmitís al lector.
Evoco en tu honor al gran poeta itálico Salvatore Quasimodo, cuando dice que “estamos solos sobre el corazón de la tierra, traspasados por un rayo del sol, y de pronto anochece”. Esa fugacidad de la vida, ese desamparo al que no damos importancia, hasta estar hundidos hasta el cuello en sus aguas; eso me inoculaste.
Comment by Eduardo Espósito — April 26, 2009 @ 1:34 pm
Me hubiera gustado ser tu amiga para acompanarte en esos momentos.
Comment by Deborah — April 28, 2009 @ 1:26 pm
qué fuerte, qué triste…
Comment by tilsa — May 9, 2009 @ 11:09 pm