Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

May 4, 2009

¿Estamos preparados?

Filed under: Kolumnas

Charito Zubiate es la primera de la derecha en esta foto de la agrupación Las Hijas del Sol.

La semana pasada el programa Prensa Libre de Rosa María Palacios emitió un reportaje sobre la muerte de Charito Zubiate, folklorista y trabajadora del INPE, quien pese a encontrarse con una infección muy grave que finalmente la llevó a la muerte, no fue recibida ni en la sala de urgencias del Hospital Rebagliati ni en la del Hospital Almenara. Charito murió en la antesala del segundo hospital en las sillas que usan los pacientes ambulatorios, recostada en las faldas de una de sus amigas, y con un cuadro de septicemia.

Por casualidad conocí a Charito una de las tantas veces que fui al Centro Penitenciario Chorrillos – Anexo. La recuerdo perfectamente porque una de esas tardes, ella tenía un charango entre las manos, y yo lo miré y la reté a que me toque aunque sea un “tundete”. Frente a las monocromáticas puertas plomizas de la cárcel, Charito cogió con una destreza increíble el charango, y se dispuso a soltarnos un huayno verdaderamente contundente. Todas las presentes nos quedamos aleladas ante esa lección de destreza musical. “¿Por qué no dictar un taller para las internas?” le pregunté, y ella me respondió con el pragmatismo de una mujer que lucha día a día por la sobrevivencia: "¿pero pagan?”. Nos reímos y nos despedimos. Ahora me vuelvo a enterar de ella por la nefasta noticia de esta muerte indignante y no puedo sino levantar mi voz para reclamar por una mujer a la que los médicos no trataron como a un ser humano.

Hace tres años tuve la ingrata necesidad de utilizar los servicios de Essalud: mi madre, jubilada desde hace varios años y paciente ambulatoria, tuvo un derrame cerebral. En estas circunstancias —y porque llegó en una ambulancia— la atendieron de inmediato en el Policlínico Angamos. La sala de emergencia estaba, como siempre, atosigada de gente pero felizmente un médico humano le dio de inmediato un medicamente que le bajó la presión. El calvario comenzó cuando tuve que internarla por esa misma sala de emergencia.

El método de los hospitales de Essalud es que se apoderan del paciente, se convierte en algo “de ellos” y el acceso a mi propia madre estuvo plagado de trabas e inconvenientes. Sólo puedes ver una hora por la mañana y otra por la tarde al paciente internado en emergencia, y si no puedes a las horas convenidos, mala suerte, no hay posibilidad alguna de que entres a verlo fuera de tiempo. Además debes llevarle todos los implementos posibles: desde alcohol hasta gasas y, por supuesto, jabones y pañales. Por último, la hora de atención de los médicos es una completamente diferente de la visita: y muchas veces no te atienden. Para poder tomarle una tomografía a mi madre —que se suponía era urgente— se demoraron un día completo en solicitar y hacer efectivo el traslado en ambulancia al Hospital Rebagliati y cuando finalmente pudimos llegar a los pasillos de la sala de tomografías, la hicieron esperar ocho horas en un corredor con corrientes de aire, sin tomar ningún alimento, sin informaciones precisas.

Indignada tuve que hacer uso de lo que no debería ser necesario para ningún ciudadano: la palanca, la vara, el tarjetazo, la amiga en un puesto de alto nivel, y el telefonazo a los subalternos, quienes finalmente atendieron a mi madre. Tras la noticia alentadora de no haber encontrado registros críticos en su cerebro y viendo que mi madre se había recuperado rápidamente, me atreví a sugerirle al médico que si me la podía llevar a mi casa. El doctor dijo que no, que debía regresar al Policlínico Angamos, y que sólo él tenía la potestad de darle “el alta”. “Entonces dele el alta” le grité. Finalmente el secuestro del paciente no pudo consumarse, pero por lo visto, es una práctica habitual.

Si a mí, letrada y envarada, me suceden estos hechos, ¿qué no le sucederá a un ciudadano de a pie que no tiene conexiones en las burocracias de salud?, ¿y a un campesino quechuahablante? Y con esta logística y esta lógica operativa, ¿cómo podremos contener la gripe porcina? Si se trata de una enfermedad que puede curarse, y mucha gente lo ha hecho, las muertes son debido también a las escasas posibilidades sanitarias de los pobres.

Esta kolumna fue publicada en el suplemento Domingo de La República el día 3 de mayo.

El poeta Juan Cristóbal me envía, luego de haber cerrado mi artículo sobre Essalud para La República, el siguiente documento que es, por decir lo menos, una muestra de la incapacidad de este sector público para gestionar de la manera más eficiente las posibilidades mínimas que el Ministerio de Economía les asigna. El "bono de producción" debería de ser un aliciente para mejorar el trato al paciente y no un techo para evitar que los médicos con más producción disminuyan sus atenciones, recetas y solicitudes de exámenes. Una muestra de que vivimos en el mundo al revés.






















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