Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

July 29, 2009

La humillada… la humillada… la humillada

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Siempre me llamó la atención la repetición de ese adjetivo en nuestro Himno Nacional en la famosa y polémica primera estrofa. Como el adjetivo es femenino, un coro de niñas en un patio limeño durante uno de esos inviernos con garúa repitiéndolo al son de una pista de piano, nos hacía parecer a un grupo de vírgenes del Sol a punto de ser sacrificadas. En ese entonces también cantábamos el himno de Alemania, pero las palabras que repetíamos en el coro eran “unidad, derecho y libertad” (se trataba de una versión políticamente correcta del otro himno que dejó de escucharse luego del holocausto: “Alemania, Alemania, sobre todos en el mundo”).

“Peruano oprimido”, “ominosa cadena”, “condenado”, “cruel servidumbre”, “indolencia de esclavo”, “en silencio gimió”: una legión de sustantivos y adjetivos que nos dan una versión muy poco asertiva de la peruanidad. Cantar la estrofa todos los lunes a primera hora, con la mano en el pecho como lo exigía la reforma educativa velasquista, nos hacía ir formando una idea de nación al bis de la humillación, del silencio, de los gimoteos poco heroicos. Pero como era un canto descontextualizado del momento de la creación del himno –y las euforias decimonónicas por la patria– no suponíamos que todos esos adjetivos y sustantivos estaban dirigidos a nosotras, peruanitas que lo entonábamos, sino a alguien que luchaba por todos los medios de ser libre, de ser tan peruano, tanto, que el Sol podría negar su luz antes de negar su libertad. ¿Quién? En mi imaginación de entonces era el indígena.

Efectivamente: nosotras, yo misma, me sentía absolutamente peruana sin tener que demostrarlo, ni probarlo, con sus pros y sus contras, y aunque cantara en alemán el himno de Alemania, no sentía para nada que fuera mío. Pero el “Somos libres” sí lo era: no sé de qué manera explicarlo, sin duda muchos de los que han cantado el himno fuera del Perú también lo perciben: es una sensación de pertenencia a una sociedad que imaginamos propia, y a su vez, inabarcable, desconocida, imposible de aprehender.

Desde niñas, instruidas en plena reforma educativa, estábamos bien posicionadas en nuestra pretensión de ciudadanía. 

Sin embargo, había un sujeto en la misma letra del himno que era el modelo de lo que no debíamos ser: el peruano que era tratado con cruel servidumbre, gimiendo en silencio, con una opresión que exigía arrastrar cadenas y humillar cabezas. ¿Quién era ese modelo?  Lo había leído en Arguedas, en Scorza, en Mariátegui: el indígena que no era reconocido en toda su calidad de ciudadano y representaba a ese peruano casi despojado de la intrínseca posibilidad de una digna peruanidad.

Falso: esa imagen paternalista del primer indigenismo, ese dolor arguediano por no poder representar al indio en toda su solvencia, hoy cobra otro tono con el protagonismo de los mismos indígenas en la escritura de la nación. Por eso mismo, cantado hoy en lenguas nativas, espero que no recoja el espíritu de esa letra polémica, pero sí la sensación de pertenencia a esta –digámoslo con cariño– insólita comunidad. ¡Viva el (nuevo) Perú!

Esta kolumna ha sido publicada en La República el domingo 26 de julio de 2009.

July 22, 2009

La cucharita

La compré en el IKEA de Viena en 1988. Era una simple cucharita de café, con mango blanco, un utensilio como cualquier otro que vino con sus otras compañeras cucharitas, tan utilitarias como ella. Por esas cosas del destino desde hace 21 años la usaba como rizador de pestañas.

Era una simple y silvestre cucharita de mango blanco que me acompañó en los diversos bolsos de cosméticos y con ellos, en los diversos lugares del mundo por donde se me ha ocurrido pasar, Moscú, Génova, Barcelona, Madrid, Guayaquil, Cuenca, Quito, Arequipa, Cusco, Cajamarca, Piura, Tumbes, Antequera, Sevilla, Granada, Montilla, Málaga, Córdoba, Boston, Montreal, Ottawa, Rosario, Buenos Aires, Nueva York, Miami, Roma, Ayacucho, Ica, Trujillo, Filadelfia… en fin, la cucharita viajó conmigo por todos lados, donde iba la llevaba, no pesaba nada y era la representación de un mundo simbólico que iba pasando e iba dejando.

En las mañanas húmedas limeñas usaba mi cucharita mientras un taxi me deslizaba de un lado a otro de la ciudad, para ganar tiempo, en los semáforos me rizaba las pestañas rápidamente. Es una acto banal, frívolo, y el instrumento no es sino una cosa banal a su vez. Pero ayer desapareció.

No sé qué sucedió, no sé si la dejé caer en un taxi, al suelo húmedo y grasiento, mientras sin darme cuenta me bajaba a la volada, de la misma manera que subo, rápido, siempre rápido, en mi mundo hiperestresante, a todos los carros, taxis, buses, micros, custers (no, no subo a combis). La cucharita desapareció y ahora no me acompaña más.

De un metal corriente, de un mango de plástico fino, eso sí, la cucharita también me permitió enseñarle a rizarse las pestañas a algunas amigas. Si yo tuviera las pestañas de Sol, mi hija, curvadas como una s, no necesitaría de ningún tipo de rizador ni de ninguna extraña cucharita. Pero mis pestañas son como sombrillas famélicas y si no hago el ritualo del agradamiento de ojos cada mañana, siento que mis ojos decrecen, se aminoran, languidecen. En suma: se vuelven tristes.

Cuando tenía 14 años aprendí el ritual de una amiga mía, cuyo nombre ha pasado al olvido, quien me enseñó a hacerlo en dos métodos infalibles: la cuchara y la tapita de Nivea. La verdad que el segundo se me hizo tremendamente complicado, en cambio, la cuchara fue lo más fácil, natural, práctico y lo más importante: barato.

Era un objeto absolutamente banal. Y es, por cierto, una pérdida tonta.

Pero esta pérdida la percibo como el fin de algo.

Quizás con esa cucharita se fue la juventud para no volver. Se terminó la edad de la fertilidad. Pasó el tiempo de poder equivocarse. Pasaron los momentos del nomadismo, de los viajes, de la movilidad territorial, de las migraciones a sitios totalmente desconocidos, como cuando me mudé hace 21 años a Viena, sin saber a ciencia cierta lo que me deparaba el destino. Sin temor de perderme entre unas calles, entre unos trenes, entre los brazos de alguien.

Hoy, con una determinación que buena falta nos hace para tener más logros en la vida, más persistencia, me acerco poderosamente a ese cadáver en potencia que somos.

July 19, 2009

El miedo al maricón

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En un video de apenas un minuto, la filósofa Judith Butler se pregunta por qué el movimiento cadencioso de caderas de un muchacho “femenino” pudo ser tan altamente agresivo para su grupo de pares, que terminó asesinado por ellos. Asesinado por odio. Los chicos de su mismo barrio en Estados Unidos no lo soportaban. “¿Cómo se puede matar a una persona solo por la manera de caminar?” se pregunta, y agrega: “¿por qué alguien que camina así es tan abyecto para sus compañeros y amigos de toda la vida? Ellos tenían que erradicar la sola posibilidad de que esa persona pueda volver a caminar de esa manera. Lo que hacen es mostrar pánico, una ansiedad extrema, por proteger las normas de masculinidad. Es un acto que dice: “o cumples con las normas de ser hombre, o mueres”. En apenas un minuto Butler magistralmente pone sobre la mesa la cuestión: el odio al maricón por el pánico a ser como él.

“Macabro” fue el titular de un periódico tabloide que anunció la muerte de Marco Antonio Gallego. Obviamente un juego con una de las palabras –cabro– que se usan para designar la abyección de ser otro al margen de la heterosexualidad normativa protegida por las leyes. La gran “argucia” del titulero del diario fue usar una palabra común en este tipo de crímenes pero con un doble sentido de connotación sólo para nacionales y conocedores de la jerga: un guiño perverso a la mayoría de los que parados leemos los titulares en un kiosco.

Maricón, marica, cabro, broca, cabrito, brócoli, chivo, rosquete, bollo, chimbombo, ñoco, gatorade, mostacero, vochi y toda una retahíla de sustantivos que designan el espacio de la homosexualidad masculina –para la femenina también hay una letanía– como algo que debe de quedar fuera de la propia masculinidad. ¿Por qué? Es precisamente este elemento lo que debe de estar forcluido de lo masculino para que lo masculino tenga sentido como tal, aquello que se excluye de arranque en la performatividad de la masculinidad con el objetivo de organizar sus límites: lo que está afuera, lo que definitivamente no debe actuarse, ni hacerse, ni permitirse pero sí saberse, porque es preciso marcar con una tiza roja los límites de lo abyecto. Para que un “hombre sea hombre” en un mundo machista lo que debe de primar es la constitución de una esencia masculinidad que pasa por ser el penetrador, no el penetrado; por ser el castigador, no el castigado; por ser el activo, no el pasivo. Por eso, extrañamente, en este mundo de machos y machinarios los hombres “recontra hombres” también pueden “tirarse a un cabro” siempre y cuando mantengan su papel activo. Lo temible es la perforación, la feminidad en el cuerpo del varón, la penetración en suma. 

El pánico a la penetración es el juego de rol que más se ejercita en la constitución de la masculinidad en el Perú. Un testimonio recogido por uno de mis alumnos de un flete de la Plaza San Martín que asumía con gran desparpajo su “oficio”, nunca admitió en su historia que él no fuera siempre el activo. Tenía enamorada y la celaba. Y sus vínculos sexuales siempre los narraba haciendo gala de su miembro, aunque para ganarse el pan vendiera sus servicios a 35 soles. En todo momento se configuró como un bisexual activo. La palabra activo la repetía en el testimonio todas las veces que fuera necesaria. En el fondo no quería dejar de ser macho.

Por eso mismo lo corrosivo de las primeras planas que se ceban en los detalles de la relación entre el peluquero y su anfitrión lo que designan, en el fondo, es un sentimiento de asco. El asco que salva a los lectores de su propia caída. El asco que otorga al titulero la laxitud de sus demonios. Todo para darle un marco adecuado al espectáculo de la homofobia: el asco al maricón es la teoría, el asesinato a mansalva una de sus perversas prácticas.

La ilustración es de Alvaro Portales.

Esta kolumna salió publicada el domingo 19 de julio en el diario La República.

July 13, 2009

No una sino muchas muertes

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Al leer este titular se podría pensar en la coyuntura política. Lamentable pero viable. Sin embargo ese no es el tema de esta columna sino el título de una novela de un misterioso escritor que dejó de vivir esta semana. Me refiero a Enrique Congrains Martin, autor de la novela que inspiró a Francisco Lombardi la película “Maruja en el infierno”, y de otras tantas de distinto tono y estilo, pero, sobre todo, de un puñado de cuentos memorables que dieron inicio a lo que posteriormente se llamó el “realismo urbano”. 

Como suele suceder con César Vallejo y su (mal) famoso “Paco Yunque”, en el caso de Congrains, también se canonizó un cuento melodramático y efectista, que está incluido  ahora en los textos escolares y por lo tanto se ha convertido en lo que podríamos llamar parte del “imaginario nacional”. Me refiero a “El niño de junto al cielo”, la historia de un chiquillo de la sierra que acaba de llegar a El Agustino, y que al bajar a la ciudad para ir conociéndola, se encuentra un billete de diez soles. Al final lo pierde por un timo de un niño de su edad, limeño y criollo, y obviamente “más pendejo” que él. El cuento no es malo, por el contrario, pero tiene una “moraleja” tan obvia que no revela, como en otros, la maestría en la descripción de la pobreza urbana con un estilo seco, duro y directo como el de Congrains.  Esa maestría que hizo de Lima, hora cero, un libro de antología.

Al otro lado de la balanza, con todo su peso en oro, se encuentra un cuento extraordinario y que personalmente me impactó desde la primera vez que lo leí, cuando tenía 13 años: “Domingo en la jaula de estera”. Se trata de una narración angustiante sobre una pareja de jóvenes amantes que, en medio de la pobreza y la precariedad, intentan sobrevivir encerrados entre cuatro esteras mientras él, Juan, se asfixia entre ataques de asma y pastillas de “doble filo” que le hinchan el corazón. Cito el cuento de memoria –mientras escribo estas líneas no tengo el libro a mano– y los detalles del mismo, la descripción del cuarto corroído, sucio, pegajoso, la misma mugre de la neblina limeña, y la necesidad apremiante de no gastar de más el papel higiénico por la miseria en la que se encuentran, se han quedado labrados en mi memoria (quizás porque también pasé por las angustias de una asmática) pero sobre todo por la memorable fuerza de una prosa intensa, densa, llena de texturas, que convierte un hecho cotidiano en un impactante paisaje del desasosiego. Con este cuento Congrains demostró a las generaciones que le siguieron la intensidad de la pobreza urbana y la mejor manera de describirla adentrándose en estos personajes comunes pero de dimensiones heroicas.

Congrains fue un tipo extraño, parco y distante, pero a su vez muy entusiasmado con los jóvenes escritores, sobre todo, a partir de su regreso a la literatura después de 50 años con dos novelas largas e indescifrables, ubicadas en una especie de neo-ciencia-ficción y cercanas, de alguna manera, a otras novelas similares como las de José Adolph. Pero sin duda la novela que marca una época y que describe a uno de los más intensos y  extraordinarios personajes femeninos de la literatura peruana es No una sino muchas muertes.

Reflexionando sobre esta novela, Congrains en una entrevista que le hiciera Giancarlo Stagnaro para El Hablador, sostiene lo siguiente: “Toda mi obra narrativa constituye en el fondo un rechazo al mundo de clase media de donde yo provengo. Como anécdota, antes de publicar No una, sino muchas muertes se la di a leer a mi madre y a mi hermano. Ellos me sugirieron que no la publicase porque les pareció una novela demasiado chocante. En el prólogo que hace Mario Vargas Llosa, dice que es una novela muy fuerte. No creo que ello sea así. Ha pasado mucho tiempo, pero en el caso de esta novela, el papel de Maruja tiene algo que ver con las mujeres líderes en los asentamientos humanos”.

Al momento de morir, Congrains tenía la intención de escribir cinco novelas y de regresar al Perú (falleció en Cochabamba), aunque luego de 45 años viajando por América Latina, había percibido perfectamente uno de nuestros grandes males: el ombliguismo. “Por qué cerrarse a esa mirada demasiado peruanista de la literatura peruana. Salir implica abrirse a nuevos flujos”. Esa es ahora una tarea.

Esta kolumna fue publicada por La República el domingo 12 de julio de 2009.

July 12, 2009

Claudio Baschuk

infame turba de nocturnas aves / gimiendo tristes y volando graves (Góngora)

La primera vez que vi a Claudio fue en un taller de literatura (no podía ser de otra manera). En aquel taller, dirigido por Alfonso Cisneros Cox y por Carlos López Degregori en la Universidad de Lima durante el año 1980, Claudio se presentó a sí mismo de la manera más provocadora que alguien se pudiera imaginar: se autodesignó fan perpetuo de Borges, desdeñó sin haberla leído a Cien años de soledad, y confesó que escribía cuando se encontraba "más turbado". El y yo teníamos 17 años y todos, alrededor, no pasaban la veintena. Yo con mi ingenuidad ursulina pensé:"¡qué atorrante, escribe cuando se ha masturbado!", y me quedé choqueada por esa confesión de parte. Así era Claudio, siempre provocador, pero siempre brillante.

Muchos años después le comenté lo dicho y lanzó una carcajada. Creo que me tenía una cierta lástima de hermana menor que nunca tuvo. Esa vez fue cuando me buscó en Cajamarca. Yo había huido de todo aquello que me nublaba en Lima: de la violencia, pero también, del alpinchismo de un grupo de nuestra generación, que vagaban por Barranco sin saber dónde dejar sus huesos y que, ante la amenaza del terror, sólo atinaban a decir: "me llega al pincho". Como Claudio no era alpinchista, cabía como el personaje que mejor representaba esa autodestrucción que los años del conflicto armado mellaron en nosotros. Claudio se autodestruía ante nuestra presencia. Y nosotros no sabíamos qué hacer. Teníamos miedo. O por lo menos, yo le tenía miedo. El andaba siempre en carne viva y yo podía mirar su dolor, que era un espejo de mi dolor.

La autodestrucción de Claudio comenzó quizás cuando terminamos la universidad. El siempre había estado entre los mejores puestos, tenía excelentes notas, era una persona que había leído demasiado, y con el tiempo, también pudo entender la otra manera de ver América Latina desde Cien años de soledad, por ejemplo. Antes de terminar la universidad él ya era jefe de prácticas de varios profesores y muchos de ellos pensaban en él como un futuro docente con un horizonte brillante. En esos años trabajó con Rafael Roncagliolo en una ONG dedicada a las comunicaciones y, antes que todos nosotros, tenía un sueldo que gastaba con generosidad apabullante. Muchas veces él pagó la cuenta de las innumerables jarras de cerveza que se acumulaban durante esas noches tristes en el Juanito. Claudio vivía con una intensidad que nos daba miedo precisamente porque era muy lúcido y porque veía de cerca la destrucción del Perú.

Claudio había nacido en Buenos Aires, pero su familia se trasladó a Lima cuando era muy niño. Aquí estudió en el Colegio Bratánico e ingresó a la primera a la Universidad de Lima para estudiar Ciencias de la Comunicación. Nunca tuvo dudas sobre eso o al menos no nos las manifestó, a pesar de que amaba la literatura, y sobre todo, la poesía. Recuerdo que con él fuimos al famoso recital de poesía que dio Kloaka y adláteres en el Teatro Larco, en 1983 o algo así. El los había leído, también a Hora Zero, y los envidiaba y despeciaba al mismo tiempo.

Eduardo Chirinos, José Antonio Mazzotti, Claudio, yo y Edgar O’ Hara, circa 1982.

Quiso, como ninguno antes que nosotros, hacer un grupo de poesía de la Universidad de Lima y por eso mismo sacó adelante el proyecto de las revistas Punto Negro y Punto Blanco, donde publicamos Ricardo Ramos Tremolada, Mario Bellatin, Alberto Stewart yyo, entre otros. Mito Tumi, en ese entonces editor de El Caballo Rojo, sacó unos comentarios de lo más ácidos, sarcásticos y hasta agrios de ambas revistas (anónimos claro) y Claudio se sintió muy perturbado, sobre todo, por el esfuerzo que le supuso hacerle una entrevista a Juan Gonzalo Rose en el Café Ovni (ahora Metro de Gregorio Escobedo). Claudio vivía en la Residencial San Felipe y siempre había visto a Rose beber en silencio en ese café. Lo abordó y según Mito Tumi (o el anónimo columnista de El Caballo Rojo) el propio Rose no le hace mucho caso porque "posa un poco en la línea de Batanero (antiguo masajista mudo del Alianza Lima) pues contesta con desgano a su interlocutor que es el mismísimo Claudio Fabián Baschuk". Fue muy duro recibir el golpe pues El Caballo Rojo era para nosotros una revista de referencia obligatoria (sin duda una de las mejores revistas culturales que ha producido este país). LO extraño es que en mí ese pequeño golpecito del comienzo me impulsó a seguir en la brega; a Claudio, le dio cólera, pero poco a poco, asumió el sarcasmo con sarcasmo.

En ese entonces, en la cafetería de la universidad o en los pasillos o en los pocos jardines que tenía, escribíamos cadáveres exquisitos que Claudio, con su originalidad, denominaba "tronchemas". El comenzaba y yo seguí, o viceversa. Poemas a la luz del último troncho. En su boca escuché la primera vez la palabra "bate". Yo nunca fui tan aficionada, Claudio se hizo asiduó y también al alcohol. Luego caería en sus garras. Pero en ese entonces, éramos jóvenes y holgazanes, queríamos pasar horas de horas conversando de poesía o escribiendo a dúo. Yo ingresé a San Marcos siguiendo los pasos de Mario Bellatin y ahí conocí a un extraordinario difusor de la poesía inédita: Paco Carrillo, quien merece homanaje aparte. Paco me pidió unos poemas y yo le llevé de cuatro personas de la universidad que él publicó en Harawi: de José Castro Urioste, de Luz María Sarria, de Claudio Baschuk y míos. Entonces nos convertimos en poetas editados. Creo que ya teníamos 18 años.

Somos un área devastada (Soda Stereo)

Si tuviera que escribir una biografía de Claudio Baschuk la titularía de la misma manera como tituló su autobiografía Klaus Kinski: Ich brauche Liebe. La traducción al español no da cuenta de lo que en alemán implica ese "yo requiero amor", es una exigencia, es un reclamo. Necesito amor para vivir. Ese era el reclamo permanente de Claudio y lo buscó en todas partes, con enamoradas y enamorados, con amigos y enemigos íntimos. Se perdió entre las pasiones más extrañas y nos reclamaba a todos amor, amor, amor. Ese fue el reclamo que no me dijo a voz en cuello cuando, hace casi 15 años, me buscó en mi casa de la Avenida Sol y Grau, en Barranco, con una botella de pisco y toda su masa corporal gritando auxilio, pidiendo un sitio de descanso. Yo recién me había separado de mi marido y estaba aliviada y devastada. Claudio se arrastraba por las calles barranquinas buscando amor. Y yo me atrevía decirle la peor frase que le he dicho a alguien: "la amistad no es un cheque en blanco". Mi propia decadencia no pudo asir algo de pequeñisima buena voluntad para solventar siquiera un poco esa perdición de Claudio, esa búsqueda desesperada de amor, y me arrepiento. Me arrepiento. Me arrepiento.

Revisando mi diario encuentro un apunte de 1994 cuando almorcé con Mario Bellatin y Karin Elmore y mencionábamos a Claudio. Yo dije algo cruel: "es el símbolo del fracaso que se nos aparece de tanto en tanto". En esa época mi cinismo no podía sino encriptarse en mi voluntad y no ceder ante esa tentación de llaga viva que era Claudio. Tenía pánico de que se metiera una borrachera en mi casa, como alguna vez lo hizo, frente a mi hija de cuatro años. Cito mi diario: "¡Cómo pasa el tiempo y la vida! Y todos aquellos en los que teníamos esperanzas, grandes esperanzas, no fueron nada. Claudio ahora en su letargo, en su soberbia –no tiene otro nombre– pudiéndose a cuenta de su propia inteligencia, pero autodestruyéndose. El resto no le tenemos lástima. A veces hasta zafamos el cuerpo para dejarlo caer (…) Le dije que siendo él tan lúcido para los demás, ¡cómo no podía serlo consigo mismo! Le dije que esa promesa que era él mismo hace diez años se quedó en nada. Claudio, ¿para que sirve el talento y la lucidez? Lo importante en la vida es solamente vivirla. El se quedó impresionado con ese verso: el talento no basta para morir".

Claudio, ¿eres acaso uno de los muertos de mi felicidad?

Mi tristeza es mía y nada más (Leonardo Favio)

A veces hay ciertos mitos que se introducen dentro de nuestro cuerpo con un efecto biopolítico extraordinario: Claudio vivió el mito del poeta maldito, del poeta que debe beber la muerte en cada segundo de su vida pero, siempre se lo dije y también se lo repetía a Mario Bellatin, Claudio no podía con ese mito porque era, en el fondo, "en el buen sentido de la palabra bueno" como decía Machado.

¿Qué tipo de muerte fue la de Claudio Baschuk? No lo sé con certeza. Sólo que lo odié cuando me enteré que había muerto. No pude llorar, solo recriminarlo, gritar dentro de mí misma: "mierda, ¿qué has hecho?, has logado lo que querías" Nunca supe de qué, exactamente, algunos decían que de cirroris y otros de sida. No importaba: su piel había dejado de ser esa llaga abierta permanente. El lllevaba dentro de sí esa muerte durante muchos años antes: cuando se lanzaba a esas resacas de desamor entre las calles de Lima, cuando hurgaba en los cuerpos de los otros esa sensualidad que le daba una gota más de vida, y cuando, anestesiado a punta de poesía, podía asimismo coger la pluma y pergueñar algo, lo que sea, un tronchera, un poema, un grito.

Claudio era brillante, inteligente, sensible y daba amor, pero algo de él no funcionó en la vida, para asir la vida y anclarla con uñas y dientes. Llevó, portó y sintió con pasión una serie de verdades falsas dentro de sí mismo que lo incapacitaron para vivir y que él levantaba orgulloso como una bandera: mitos que significaron su propia destrucción desde que éramos muy jóvenes. No lo comprendimos, pero acaso ¿estábamos capacitados para comprender un dolor tan extraño y tan social y tan peruano?

Ya no creo en nada, ya no creo en nadie más/ voy hundirme solo en la ciudad / el cielo es una intuición que parece ser azul / solo mi tristeza es realidad… / mi tristeza es mía y nada más…

Coinciden dos muertos emblemáticos de los años 90: María Elena Moyano y Claudio Baschuk, él es aún anónimo, ella una heroína. Ambos murieron como resultado de atravesar los años del terrorismo y la miserie moral de nuestro país.

July 7, 2009

Abencia & Alicia & Alan

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¿Por qué sigo con insólita babosería cada detalle del crimen de Alicia Delgado? Que la correa extraída del mismo perchero del clóset de la víctima, que el semen en el último párrafo de la autopsia, que los celulares incautados días previos, que el asesino dijo pero se desdijo, y luego escucho en RPP, en Radio Capital, en Enemigos Íntimos, en Cuarto Poder y en Prensa Libre las declaraciones de Abencia. ¿Por qué el morbo es como un imán amorfo y nauseabundo que, a pesar de todo, no deja de atraernos? Vengo hace tiempo diciéndolo, repitiéndolo, y ahora soy yo misma la que caigo en su vértigo: el morbo es también una emoción de doble entrada que nos repele y nos atrae. Es ambigua como la vida misma. Es delirante.

Pero no solo es un asunto de morbo: un crimen, más aún si se trata de un crimen pasional o en el que están implicadas personas famosas, nos convierte de inmediato a los ciudadanos de a pie, a las vecinas de uno y otro lado de la manzana, en policías de criminalística, en Sherlock Holmes de Limamanta Pacha, en investigadores privados y en fiscales neófitos, y nos entregamos al frenesí de las suposiciones, de la lógica criminal armada desde el foro público, como un rompecabezas de opiniones, dudas, certezas y azares. Esta posibilidad de aclarar u opacar “la verdad” en torno a un crimen, a la muerte transformada en espectáculo, es lo que genera esa suerte de enganche.

Si a Eloy Jáuregui, colega dominical, cual émulo de Truman Capote se le hubiera ocurrido escribir una novela, una especie de “A sangre fría” del mundo folklórico, recogiendo con su pluma todos los componentes de este crimen, cualquier editor con dos dedos de frente le recomendaría que baje el tono, que tanto detalle sórdido no genera sino incredulidad de parte de cualquier lector precavido, y que francamente nadie creería toda esta historia. Menos los espectadores. En este caso, como en otros tantos, la realidad supera a la ficción.

Pero en el Perú esa parece ser la regla. ¿De qué otra manera se podría explicar que nuestro presidente, confundido o alterado por los últimos titulares de El Comercio, haya decidido trasladar su columna a Expreso, cambiándole de paso el rótulo a uno de tono milenarista: “A la fe de las grandes mayorías”? ¿De qué otra manera podríamos excusar su radiografía del Perú actual (nueva guerra fría, el viejo comunista “que hace huelgas y le faltan estudios”, las trampas del antisistema, la mayoría callada, las recetas extranjeras)? ¿o su persistencia de pensar que el malestar económico solo es percibido por “unos pocos miles” financiados por intereses subalternos internacionales que retroalimentan el “terrorismo del desorden”? ¿De qué otra manera podríamos interpretar entonces su “teoría del complot”?

Dentro de todo, la ventaja de tener un presidente que coge la pluma y escribe –aún en tono real-maravilloso– es que podemos hacer un análisis literario si nos queda chico el análisis político. Pero no exageremos. El artículo da para expresar algunas ideas en contra, precisamente, desde la lectura de estos Sherlock Holmes de Limamanta que somos los limeños morbosos, pendencieros y pendejos. Porque a pesar de todo, la lucidez del hombre de a pie y de la vecina de la esquina, de aquellos peruanos que organizamos teorías sobre un crimen, nos permite tamizar las interpretaciones maniqueas de la realidad y encontrar que la teoría del complot, la polarización entre pro-sistema y anti-sistema, y el nuevo fantasma socialista que recorre América Latina, son parte de una mala ficción que no conlleva a entender, ni siquiera por la tangente, una realidad heterogénea y compleja y difícil de asir como la que atravesamos en estos difíciles momentos (cuando además por la puerta falsa sale libre Rómulo León Alegría).

Como sostiene Carlos Iván Degregori en un lúcido artículo publicado por el Ideele, el presidente se parece “al neocon que no puede creer que la era Bush y sus ejes del mal hayan acabado justo cuando él abrazaba con unción ese credo”. Ni Eloy Jáuregui ni yo ni nadie se atreverían a modelar una novela con tan poca materia viva y desde tan desguazada realidad.

Esta kolumna fue publicada por La República el domingo 5 de julio de 2009.

La caricatura es de Carlín, genial, como siempre.






















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