Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

July 7, 2009

Abencia & Alicia & Alan

Filed under: Kolumnas

¿Por qué sigo con insólita babosería cada detalle del crimen de Alicia Delgado? Que la correa extraída del mismo perchero del clóset de la víctima, que el semen en el último párrafo de la autopsia, que los celulares incautados días previos, que el asesino dijo pero se desdijo, y luego escucho en RPP, en Radio Capital, en Enemigos Íntimos, en Cuarto Poder y en Prensa Libre las declaraciones de Abencia. ¿Por qué el morbo es como un imán amorfo y nauseabundo que, a pesar de todo, no deja de atraernos? Vengo hace tiempo diciéndolo, repitiéndolo, y ahora soy yo misma la que caigo en su vértigo: el morbo es también una emoción de doble entrada que nos repele y nos atrae. Es ambigua como la vida misma. Es delirante.

Pero no solo es un asunto de morbo: un crimen, más aún si se trata de un crimen pasional o en el que están implicadas personas famosas, nos convierte de inmediato a los ciudadanos de a pie, a las vecinas de uno y otro lado de la manzana, en policías de criminalística, en Sherlock Holmes de Limamanta Pacha, en investigadores privados y en fiscales neófitos, y nos entregamos al frenesí de las suposiciones, de la lógica criminal armada desde el foro público, como un rompecabezas de opiniones, dudas, certezas y azares. Esta posibilidad de aclarar u opacar “la verdad” en torno a un crimen, a la muerte transformada en espectáculo, es lo que genera esa suerte de enganche.

Si a Eloy Jáuregui, colega dominical, cual émulo de Truman Capote se le hubiera ocurrido escribir una novela, una especie de “A sangre fría” del mundo folklórico, recogiendo con su pluma todos los componentes de este crimen, cualquier editor con dos dedos de frente le recomendaría que baje el tono, que tanto detalle sórdido no genera sino incredulidad de parte de cualquier lector precavido, y que francamente nadie creería toda esta historia. Menos los espectadores. En este caso, como en otros tantos, la realidad supera a la ficción.

Pero en el Perú esa parece ser la regla. ¿De qué otra manera se podría explicar que nuestro presidente, confundido o alterado por los últimos titulares de El Comercio, haya decidido trasladar su columna a Expreso, cambiándole de paso el rótulo a uno de tono milenarista: “A la fe de las grandes mayorías”? ¿De qué otra manera podríamos excusar su radiografía del Perú actual (nueva guerra fría, el viejo comunista “que hace huelgas y le faltan estudios”, las trampas del antisistema, la mayoría callada, las recetas extranjeras)? ¿o su persistencia de pensar que el malestar económico solo es percibido por “unos pocos miles” financiados por intereses subalternos internacionales que retroalimentan el “terrorismo del desorden”? ¿De qué otra manera podríamos interpretar entonces su “teoría del complot”?

Dentro de todo, la ventaja de tener un presidente que coge la pluma y escribe –aún en tono real-maravilloso– es que podemos hacer un análisis literario si nos queda chico el análisis político. Pero no exageremos. El artículo da para expresar algunas ideas en contra, precisamente, desde la lectura de estos Sherlock Holmes de Limamanta que somos los limeños morbosos, pendencieros y pendejos. Porque a pesar de todo, la lucidez del hombre de a pie y de la vecina de la esquina, de aquellos peruanos que organizamos teorías sobre un crimen, nos permite tamizar las interpretaciones maniqueas de la realidad y encontrar que la teoría del complot, la polarización entre pro-sistema y anti-sistema, y el nuevo fantasma socialista que recorre América Latina, son parte de una mala ficción que no conlleva a entender, ni siquiera por la tangente, una realidad heterogénea y compleja y difícil de asir como la que atravesamos en estos difíciles momentos (cuando además por la puerta falsa sale libre Rómulo León Alegría).

Como sostiene Carlos Iván Degregori en un lúcido artículo publicado por el Ideele, el presidente se parece “al neocon que no puede creer que la era Bush y sus ejes del mal hayan acabado justo cuando él abrazaba con unción ese credo”. Ni Eloy Jáuregui ni yo ni nadie se atreverían a modelar una novela con tan poca materia viva y desde tan desguazada realidad.

Esta kolumna fue publicada por La República el domingo 5 de julio de 2009.

La caricatura es de Carlín, genial, como siempre.






















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