Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

July 22, 2009

La cucharita

La compré en el IKEA de Viena en 1988. Era una simple cucharita de café, con mango blanco, un utensilio como cualquier otro que vino con sus otras compañeras cucharitas, tan utilitarias como ella. Por esas cosas del destino desde hace 21 años la usaba como rizador de pestañas.

Era una simple y silvestre cucharita de mango blanco que me acompañó en los diversos bolsos de cosméticos y con ellos, en los diversos lugares del mundo por donde se me ha ocurrido pasar, Moscú, Génova, Barcelona, Madrid, Guayaquil, Cuenca, Quito, Arequipa, Cusco, Cajamarca, Piura, Tumbes, Antequera, Sevilla, Granada, Montilla, Málaga, Córdoba, Boston, Montreal, Ottawa, Rosario, Buenos Aires, Nueva York, Miami, Roma, Ayacucho, Ica, Trujillo, Filadelfia… en fin, la cucharita viajó conmigo por todos lados, donde iba la llevaba, no pesaba nada y era la representación de un mundo simbólico que iba pasando e iba dejando.

En las mañanas húmedas limeñas usaba mi cucharita mientras un taxi me deslizaba de un lado a otro de la ciudad, para ganar tiempo, en los semáforos me rizaba las pestañas rápidamente. Es una acto banal, frívolo, y el instrumento no es sino una cosa banal a su vez. Pero ayer desapareció.

No sé qué sucedió, no sé si la dejé caer en un taxi, al suelo húmedo y grasiento, mientras sin darme cuenta me bajaba a la volada, de la misma manera que subo, rápido, siempre rápido, en mi mundo hiperestresante, a todos los carros, taxis, buses, micros, custers (no, no subo a combis). La cucharita desapareció y ahora no me acompaña más.

De un metal corriente, de un mango de plástico fino, eso sí, la cucharita también me permitió enseñarle a rizarse las pestañas a algunas amigas. Si yo tuviera las pestañas de Sol, mi hija, curvadas como una s, no necesitaría de ningún tipo de rizador ni de ninguna extraña cucharita. Pero mis pestañas son como sombrillas famélicas y si no hago el ritualo del agradamiento de ojos cada mañana, siento que mis ojos decrecen, se aminoran, languidecen. En suma: se vuelven tristes.

Cuando tenía 14 años aprendí el ritual de una amiga mía, cuyo nombre ha pasado al olvido, quien me enseñó a hacerlo en dos métodos infalibles: la cuchara y la tapita de Nivea. La verdad que el segundo se me hizo tremendamente complicado, en cambio, la cuchara fue lo más fácil, natural, práctico y lo más importante: barato.

Era un objeto absolutamente banal. Y es, por cierto, una pérdida tonta.

Pero esta pérdida la percibo como el fin de algo.

Quizás con esa cucharita se fue la juventud para no volver. Se terminó la edad de la fertilidad. Pasó el tiempo de poder equivocarse. Pasaron los momentos del nomadismo, de los viajes, de la movilidad territorial, de las migraciones a sitios totalmente desconocidos, como cuando me mudé hace 21 años a Viena, sin saber a ciencia cierta lo que me deparaba el destino. Sin temor de perderme entre unas calles, entre unos trenes, entre los brazos de alguien.

Hoy, con una determinación que buena falta nos hace para tener más logros en la vida, más persistencia, me acerco poderosamente a ese cadáver en potencia que somos.






















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