Madres & Hijas

Un crimen pone de relieve las difíciles relaciones entre madres e hijas.
Me perturbó saber que la autora del crimen de Miriam Fefer ha sido, aparentemente, su propia hija. No solo porque yo también tengo una hija (y solo una) o por el detalle policial y el obvio asunto morboso: sino también porque el caso pone sobre el tapete los frágiles vínculos que algunas hijas tienen con sus madres, y viceversa. En sociedades donde los valores patriarcales se han diluido en un autoritarismo irresponsable (el padre ausente), los vínculos entre mujeres solas, como entre madres e hijas, se vuelven extremadamente complicados. Como sostiene la feminista francesa Luce Irigaray, la relación de la hija con su madre es, desde siempre, desde el útero, una lucha cuerpo a cuerpo.
Una relación que no se centra solo en la necesidad de la hija por reafirmarse en su individualidad y separarse de la madre sino, precisamente, porque en ese afán debe de rechazarla e identificarse a su vez, debe de negarla y amarla, de sentirse cómplice y adversaria, de culparla por otras ausencias (la del padre, por ejemplo) y de eximirla. Una relación en la que tensiones de todo tipo adelgazan el cordón umbilical hasta volverlo una gasa que no cura las heridas.
¿Qué requieren dos mujeres que han sido una sola para poder pararse frente a frente y reconocerse como diferentes? Debe de haber valentía, sobre todo, y las manos de la madre abiertas de par en par sabiendo que una hija no es propia, al contrario, se pertenece a sí misma en la medida en que se desprende de la madre. Los hijos son de la vida: no hay mano firme que pueda aprehenderlos sin ahogarlos. La hija podrá andar sola cuando, finalmente, pueda mirar a la madre desde lejos y reconocerse, como dice Irigaray, como una imagen especular: “Te miras en el espejo. Y tu madre se encuentra ya en él. Y pronto tu hija madre. Entre las dos, ¿quién eres tú?, ¿dónde encontrar-reencontrar tu lugar?”.
Las fotos de Fefer y Bracamonte dan cuenta de un parecido asombroso, y de una actitud aparentemente similar, ligeramente soberbias, ocultando quizás una fragilidad difícil de portar en mujeres que desde siempre están destinadas a los negocios. ¿Cómo afrontar la fortuna y la soledad, la sobrecarga laboral y la angustia por el envejecimiento? En las fotos de Fefer que circulan en los diarios la vemos maquillada, con los hombros descubiertos, mostrando orgullosa una belleza otoñal y un cuerpo todavía incitante; en las que circulan ahora de Bracamonte la vemos en la cúspide de su juventud, desafiante, fresca, sonriente, abrazada a su vez a otra mujer en un acto de lo más trasgresor. Y me asalta a la mente: ¿qué tienen en común madre e hija en esas fotos, además de las cejas tupidas, y la frente alzada?, ¿qué hay de común en esos cuerpos además del parecido físico?, ¿qué las asalta, que las hunde, qué las inmoviliza?
No quiero entrar en disquisiciones psicológicas para interpretar un crimen cometido con perfidia, alevosía y ventaja, pero no puedo dejar de observar que todas las hijas venimos de una madre que, de alguna u otra manera, nos ha enseñado a respirar, a sobrevivir y a transgredirnos en ellas.
La ilustración es una escultura de Willowtree.
Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 23 de agosto de 2009.



En común tienen el lugar que quieren ocupar. Las dos quieren el mismo sitio, exactamente el pequeñísimo medio metro cuadrado donde se erigen como cuerpo. La madre quiere ser la hija, joven y rebelde. La hija quiere ser la madre, dueña y autoritaria. Supongo. Conocí de vista a Miriam hace años, sin hijos, ¿quién iba a pensar un final así para esa mujer tan bella? Tan bella e imponente. Ella jamás imaginó su cuerpo metido en una bolsa negra, como noticia de primera plana en todos los medios.
Comment by palabrasuicida — August 24, 2009 @ 10:55 am
Poner a un joven de 20 años en la “disyuntiva” de escoger entre las desaforadas exigencias y discursos cotidianos de la madre, por un lado, y por el otro, una cuantiosa fortuna -solamente transitoria- que por un corto período se va poseer la titularidad sin chance a disfrutarla porque la herencia va a retornar a la legítima propietaria, es un “menú” muy descabellado de dilucidar para alguien que todavía tiene alborotadas las hormonas.
Si a esto se le suma los antecedentes genéticos que avisan de cromosomas “díscolos”, con experiencia similar y mediática sin costo conocido; además, gajes en ajetreos judiciales, entonces estamos hablando de algo serio.
No se equivocan quienes afirman que para realizar un crimen de estas características hay que estar mentalmente perturbado; es decir, ser una persona “anormal”, carente de emociones y con mucho control de escena, precisamente por poseer estas “cualidades” es que sacan adelante el proyecto homicida.
La conducta fría de ambos hermanos es escalofriante, por decir lo menos. Al principio de esta macabra novela, fue lo último que se pensó. Sin embargo, los movimientos apresurados del entorno abrieron el mar de conjeturas que ahora parecieran llevar al ovillo.
A flor de piel las evidencias apuntan a quienes resultaron los ‘inmediatos’ beneficiados. Pero esa es una deducción muy elemental e insuficiente. Cuando de “anormales” se trata, hay que escarbar un poquito más, ver el juego en distintas frecuencias, en bandas y rebote, y la carambola: elemental, Watson, elemental
Comment by Terry — August 24, 2009 @ 2:04 pm
Si fuera que la hija mató a la madre, si fuera así realmente, en el fondo es un suicidio también, la madre es nuestra raíz, nuestro antecedente, querràmoslo o no, así fuera que al crecer seamos tan libres que podamos ver de lejos a aquella mujer que nos engrendró. Tanta perturbación tiene que haber, como soledad engendra aquella maternidad desraizada, de maternidad negada o renegada, que no es lo mismo, maternidad culpable y quizás perturbada por la ausencia del padre.
Comment by Yolanda — August 24, 2009 @ 4:26 pm
Mi madre suele decir que criarnos a mi y a mi hermano juntos, fue mucho mas facil que criar únicamente a mi hermana. A pesar de las cientos de veces que nos accidentamos, nos enfermamos, rompimos cosas, malogramos la ropa, las peleas que teníamos,etc… ella suma todo eso y aun así se mantiene en su posición: “criar a mis 2 hijos a la vez, fue mas fácil que criar a mi hija únicamente”.
Jorge A. Baudouin
Comment by koki — September 17, 2009 @ 6:01 pm
En el camino de la maternidad, fui deseando una hija mujer. Cuando la tuve, empecé internamente procesar mi propia niñez, aunque la de mi hija resultara tan diferente a la mía, no podía de dejar de ver en el proceso a mi madre criadora y a mí siendo niña, esa imagen tridimensional me causaba una sensacion de vertigo, quizás porque me devolvía mi indefensión, aunque estaba segura de hacerlo todo mejor como efectivamente lo hice. Con la llegada de la adolescencia, será porque cautelosamente he tomado distancia, me he sentido liberada de la sensación y confío en que hará un proceso más “amigable”, me encanta que sea tan diferente a mí, y sus “parecidos” no me asustan, ni me enorgullecen especialmente, como tampoco los que he descubierto con mi madre. Porque, efectivamente, por lo general, el proceso de separación entre madre e hija, es muy complicado, doloroso, laborioso, y entre más te quieres diferenciar, más te pareces a ella, que a veces hay que matarla, simbólicamente hablando. La verdad que esta chiquilla, me produce una extraña ternura…
Comment by eliana — October 1, 2009 @ 9:45 am