Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

September 28, 2009

Perros y cabrones

Filed under: Kolumnas

La coprolalia y la política peruana se seducen permanentemente. Como sostiene Marco Sifuentes en su blog, en algunos casos, los periodistas y la opinión pública hacen una tormenta, con rayos y truenos; en otros casos, ni se dan por enterados, o les parece una gracia criolla de un ex ministro con alma de gringo. Sin embargo, y a propósito del término soltado por Humala, valdría preguntarse ¿que implica ser un cabrón en la política peruana?

Un cabrón es alguien “molesto” o el que aguanta los agravios. El término ya se encuentra en el primer diccionario de la academia de 1721, y se refiere al macho de la cabra, pero aquel que ya está viejo y tiene una gran cornamenta, así como al que tolera y exhorta la infidelidad de la esposa. En la edición 23 del diccionario hay varias acepciones, pero en ninguna de ellas se refiere a “cobarde” (la alusión que hace Humala en el Cusco). Cabrón, como dicen los españoles, en buena cuenta, es el perverso que actúa mal, el desgraciado que no ahorra en traiciones ni cuchilladas, alguien que va de “machito” por la vida, o en el caso de ser una “cabrona”, es alguien que se ha comportado de manera infame. Cabrón se refiere a ser una verdadera mala persona.

No creo que en ese sentido haya sido planteada la palabreja en el fragor del discurso electorero. Pero por cierto en la política peruana tampoco nos encontramos exentos de cabrones y cabronas que no solo faltan al honor o a la solidaridad, sino que, además, son perversos y suelen tratar de imponer sus maneras de entender el mundo más allá de toda tolerancia y actuando incluso con agresividad y dolo. En realidad se trata de una metáfora animal para simplemente denominar a un miserable.

En ese sentido, remarcando la miserabilidad de sus acciones, quienes matan a un par de animales indefensos para dejar constancia de que son “tan malos” que pueden incluso atentar contra la vida de su dueño, podrían calificarse como cabrones. Una amenaza escenificada de esta manera es una acción indigna cometida contra otro. Un acto infame realizado por personas envilecidas y degradadas que, en el fondo, son increíblemente cobardes. Matar a dos perros para amenazar al dueño es un acto retorcido.

Precisamente eso ha sucedido con el ex presidente de la CVR y ex rector de la PUCP, Salomón Lerner: el 5 de septiembre asesinaron a sus dos perros en su propia casa y por más que los llevó rápidamente al veterinario, este no pudo salvarlos. ¿Qué insanía puede acometer este tipo de “advertencia”? Una que nos está envolviendo, que nos persuade de que tengamos miedo, de la misma manera como lo pretendieron aquellos que colgaron perros muertos de los postes de luz durante los años 80. Pero esos pobres y desdichados perros colgados para metaforizar la muerte de Deng Xiao Ping no tenían dueño: estos sí, y esa persona, que se ha jugado por una nación diferente, ha sido directamente amenazada. ¿Por qué y por quiénes? Por aquellos que precisamente no soportan sus propias verdades: esos intolerantes a cualquier otra manera de entender el mundo.

Como bien dice Javier Torres “¿a quién le puede pedir protección y seguridad un defensor de los derechos humanos?, ¿a la policía en este contexto de tensiones sociales?, ¿a las empresas privadas de seguridad que son manejadas por ex miembros del servicio de inteligencia o por los marinos? Hay razones de peso para que Salomón Lerner esté bastante preocupado”. Creo que hay razones de peso para creer que la vida de Salomón Lerner está en juego y seríamos todos demasiado cobardes si nos quedamos callados.

Esta kolumna ha sido publicado en Domingo de La República del 27 de septiembre de 2009.

La ilustración es de Alvaro Portales.

September 27, 2009

Mistura por Santiago López Maguiña

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Santiago López Maguiña es doctor en Literatura por la Universidad de Minnesota, actualmente es profesor de la Universidad Nacional de San Marcos y de la Universidad de Lima. Lo conocí hace muchísimos años como profesor de la primera clase de semiótica a la que asistí. Hoy López Maguiña ha reorganizado sus métodos analíticos a partir de su acercamiento a Lacan y a la Escuela Lacaniana de Lima y a la semiótica tensiva. A propósito del festival Mistura 2009 que tanto revuelo ha levantado en la prensa limeña –hoy domingo todos los periódicos le dedican muchas páginas– López Maguiña, que además es un excelente cocinero, reflexiona agudamente sobre lo que implica esta aparente "confraternidad gastronómica" y mira el envés de esta suerte de "micropolítica" de la comida como núcleo de la identidad nacional.

Mistura

El viernes di un largo paseo por la feria culinaria que se desarrolla en Lima y que se denomina Mistura 2009. En mi recorrido me detuve en el recinto donde cocineros del Perú y del extranjero dictan conferencias sobre sus respectivas experiencias culinarias. Tuve la suerte de escuchar y ver la conferencia de Joan Roca, que es el principal cocinero del restaurante que junto a sus hermanos dirige en Gerona, El Celler de Can Roca, especializado en cocina experimental y de vanguardia. Su discurso hace pensar que la cocina parece ir transformándose en un arte, pues ya no apunta sólo a la cotidiana satisfacción de necesidades, ni a al goce orgiástico de los tiempos de fiesta, sino a una fina experiencia sensible que integra sabores, olores, textura, imágenes, estados de ánimo, memoria, mito, historia, ficción, por supuesto, filosofía y ciencia. Los platos desde siempre llevan la impronta de nuestro pasado. Nos recuerdan a la familia, a nuestros ancestros, a los amores y a los amigos, a los buenos y también a los malos momentos. Los platos sin duda nos conectan con la comunidad a la que pertenecemos, a los territorios en los cuales hemos crecido. La memoria es una dimensión notoria de la experiencia de comer. Pero también el pensar es otra dimensión.
No hay que suponer sin embargo que estas propiedades sean sólo características de la cocina de los últimos tiempos. Desde siempre todos los pueblos han puesto esmero en experimentar con distintos productos, con diferentes combinaciones, con variadas presentaciones. No sólo los cocineros de estos tiempos han buscado asombrar y hacer pensar a los comensales. En todas las épocas se ha buscado el disfrute de lo distinto. Pero si algunos platos han quedado como sellos o marcas de un gusto o una costumbre ello se debe a la preferencia o a la tradición, que a menudo son inseparables. Los productos y los sabores que se consumen en las grandes fiestas están ligados a las narraciones fundacionales y a los ritos vinculados a ellas. Los americanos comen pavo en la fiesta de Thanksgiving, porque esa ave simboliza el encuentro amistoso de los nativos americanos que ofrecieron ese animal a los pilgrim que padecían de hambre.  Los hebreos tienen una dieta muy refinada, determinada por una serie de prohibiciones y tabúes, que hacen pensar en un alfabeto culinario. Podríamos seguir interminablemente con los ejemplo. Queremos enfatizar sólo que las comidas de las grandes celebraciones comunales y nacionales presentan significantes integradores. Alrededor de ellos los pueblos pactan y comulgan con leyes y principios, encarnados en alguna presencia simbólica, como es el caso de la Biblia en la nación judía.
Los cocineros de estos tiempos dicen encontrarse enganchados con la historia y con la tradición, pero al mismo tiempo apuntan sobre todo a la innovación. Y aunque en algunos casos declaran estar interesados en contribuir a la unidad o al fortalecimiento de una identidad comunal y/o nacional, están más interesados, como Joan Roca, en crear atmósferas originales y espectaculares. Escuchándolo uno piensa que su cocina es una invitación a la exploración, al viaje por pequeños universos de sensaciones inéditas. Se puede comer, por ejemplo, en platos de comida, los vinos que los acompañan, o degustar en un helado de chocolate en forma de habano el sabor y el olor del tabaco. Puede también saborearse el sabor de la tierra de determinada región combinada con una ostra recogida en una playa cercana. Y más. La cocina de hoy crea ilusiones que exceden con mucho la experiencia de las delicias del buen comer. Pero, ¿todo ello constituye un arte?
Desde mi punto de vista no, a pesar del goce estético tan integrador que esa nueva comida suscita. La nueva cocina sincretiza múltiples sensaciones y diversas experiencias sensibles, y produce de estados de dicha insuperables. Nos hace pasar por momentos, si bien fugaces, que en sus realizaciones más plenas jamás serán borrados de nuestras mentes. Las cualidades sensibles que forman los platos quedan inscritas en nuestros cuerpos para siempre, de la misma manera que los sabores y los olores que desprende el amor. La cocina incluso nos saca de la normalidad rutinaria en la que vivimos, brindándonos la ilusión de que habitamos otro mundo. Incluso puede llevar a la perplejidad y a la perturbación, pero no es arte. Para serlo tendría que invitarnos a cuestionar nuestra forma de vida, a dejarnos sin piso, a caer en el vacío de lo innombrable y de lo ilegal, a salir de los comedores y de los restaurantes donde se sirve, que en el Perú se asocia con mundos de servidumbre y sumisión. Para ser arte la cocina tendría que ser campo de emergencia de la verdad, lo que significa vérselas con situaciones imposibles que dieran lugar a cambios radicales. La técnica de la nueva cocina, que se pretende artística, busca deslumbrar con lo extraño o con lo familiar rediseñado, pero no podría suscitar la experiencia de la desazón de lo incierto, de la descolocación social y cultural. ¿Cómo un plato en mesa opulenta podría producir sensaciones que hagan pensar en lo sórdido y precario? La cocina gourmet en especial siempre ha estado relacionada con reyes, con cortes, con gente de poder, con los gobernantes, con los hacendados, con los banqueros, con los empresarios. No puede hacerse para la gente de pueblo, para los que no son parte. Es cocina selecta, para gente a la que se considera selecta. A propósito de este punto, siendo cocina de fusión y mezclas paradójicamente selecciona a sus destinatarios.
Acá en el Perú Gastón Acurio propone a la cocina como un medio de integrar a las distintas poblaciones que habitamos en el Perú. Piensa que esa técnica representa a las diferentes culturas de este país y que gracias a ello se brinda reconocimiento. La cocina acerca a ricos con pobres, a agricultores con empresarios urbanos. La cocina reconcilia y une. Gran significante se lo esgrime como un gran aglutinador. El problema es que se trata de una práctica que incluye productos, pero separa y discrimina a personas. Es lo que ocurre con todo en el capitalismo que toma a los objetos como seres humanos y éstos como objetos insoportables.

La foto es de Hebe de Bonafini en Página12.   

September 20, 2009

Kms de promesas incumplidas

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El tren eléctrico podría estar listo dentro de 417 años. Habla, ¿vas?

"No te pierdas, compadre. De aquí caminas hasta el primer paradero de la Escuela Militar, tomas la línea morada, de ahí cambias en Orrantia a la amarilla hasta Maranga, donde haces otro cruce para llegar al aeropuerto. Es una sola movida: te cobran una luca y una china, y llegas en 25 minutos. ¿Te parece mucho?” esta conversación, en realidad totalmente imposible, ha sido imaginada a partir de un mapa imposible: las líneas terminadas del tren eléctrico de Lima. Esa quimera, ese sueño de tantos, ese atisbo de utopía ante el caos del tráfico limeño, del chofer de combi asado, del claxon en la nuca… es absurdo, pero como dice la propia Camila Bustamante, autora irredenta de tremendo proyecto, “soñar no cuesta nada”.

Algo le debe haber costado: una pequeña inversión y harta creatividad. Camila Bustamante es bastante joven, alta, locuaz y alegre: sabe lo que es desplazarse por Lima pues durante años vivió en La Capullana y estudió en San Miguel la extraña carrera de Comunicación para el Desarrollo en la Pontificia Universidad Católica, aunque de corazón es una artista gráfica. Por eso mismo, porque finalmente el talento y el corazón juntos llaman para seguir nuestra vocación, Camila está terminando una maestría de diseño en Holanda y como parte de un trabajo intermedio para ir avanzando con sus estudios planteó la idea de un mapa del metro de Lima. En realidad un mapa de las promesas incumplidas.

El mapa y las fechas de la construcción de cada uno de los paraderos tiene una lógica implacable: si en 18 años se ha avanzado apenas 9.8 kilómetros, ¿en cuánto tiempo se terminará la línea verde Villa El Salvador-Bayóvar? Casi 50 años. ¿Y la línea roja La Perla-Chosica? Pues apenas 99 años. ¿Y finalmente la última línea morada Naranjal -Escuela Militar? Nada más y nada menos que el 2427: una línea para los nietos de nuestros tataranietos. Y eso… Lo que no nos falta es imaginación y creatividad: así que si Santiago tiene su metro, Bogotá su Transmilenio, Buenos Aires su subte y Nueva York su “subway”, ¿qué puede tener Lima además de custers y combis? Un mapa falso para, por lo menos, viajar con la imaginación. Les juro que siempre lo llevo en mi cartera.

Mapas y novelas

En la novela del otro Enrique Bernales, Los territorios ocupados, un limeño que se comporta como un fauno trata de sobrevivir en una ciudad totalmente caótica donde lo único que funciona bien es… ¡el tren eléctrico!  El tren, como si fuera el metro de Viena, no se demora ni medio minuto en llegar al lugar donde tiene que llegar. La exactitud del tren provoca una ansiedad inenarrable en los habitantes de una ciudad totalmente esquizoide. La última escena de la novela calza perfectamente con la estación “Escuela Militar” del mapa de Camila Bustamante: sobre Lima cae una escarcha de nieve en una epifanía que deja a todos tan aturdidos como contentos.  La nieve sobre Lima y la última estación del tren eléctrico son dos ocupantes de la misma fantasía.

No obstante, se trata de una fantasía sumamente costosa. Recuerdo que cada vez que pasaba con mi padre por las columnas vetustas del tren eléctrico en la Avenida Aviación él siempre comentaba: “son las pinturas más caras del mundo”. Esos murales de colorinches pintados para alegrar el gris-corrupción de cada una de las columnas han sido, durante veinte años, los silenciosos compañeros de frustraciones.

En efecto, como lo ha denunciado Marisa Glave hace algún tiempo, “[¿cuánto] estaríamos dispuestos a dar para que el proyecto finalmente se concrete? La respuesta es la siguiente: a los 300 millones de dólares ya invertidos, se piensa invertir sin expectativa de retorno (ese dinero no se recuperará de ninguna manera, con lo que se convierte en un gasto) más de 300 millones de dólares adicionales. El Estado invertirá, por un lado, 220 millones de dólares en infraestructura adicional para el tren. Por otro lado, transferirá a la municipalidad 87 millones de dólares para que genere un Fondo de Garantía de la Inversión Privada (FONGAPRI) que compensará a la empresa privada si es que no se garantizan 300 mil pasajeros al día en el tren por los próximos 30 años”. Echando pluma sacamos que la inversión realizada –que como dice Glave es puro gasto– se multiplica a 607 millones de dólares, esto es, 61’938,775 por kilómetro. Y si no se suben los 300 mil pasajeros diarios, pues a pagarle a la empresa su compensación… ¡habrase visto!

Última estación: Esperanza

No obstante, ¿es el metro o tren eléctrico la mejor respuesta para el colapso del transporte público de Lima? Lo ha sido para distintas ciudades incluso más caóticas como México D.F. o como la misma Nueva York, cuyos infinitos ríos subterráneos de rieles y trenes logra poner en movimiento a millones de seres humanos en la ciudad más densa del planeta. Pero si Moscú tiene su metro súper lujoso construido durante la ex Unión Soviética –el proletariado tenía sus fantasías de 12 líneas y 177 estaciones– y hasta Caracas uno que funciona como reloj en sus tres líneas, ¿por qué tendríamos que seguir transportándonos como sardinas en crazy-combis con choferes que no tienen siquiera licencia de conducir? En fin: en todo caso en este tren eléctrico se viaja tan rápido, pero tan rápido, que solo requerimos de un instante de sinapsis para imaginarnos que –como dice la canción– ya partió y volvió.

 

Publicado en Domingo de La República el 19 de septiembre de 2009.

September 15, 2009

Cuchilladas

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La semana que acaba de pasar una noticia que “parecía privada” fue hecha pública debido al rol de uno de los implicados: se trata del acuchillamiento del congresista Ricardo Pando por su esposa Milagros Morales. Debido a la increíble impopularidad de los congresistas y a la historia anterior del caso (acoso de todo tipo) el público en general se ha solidarizado con la atacante: “Pobrecita, eso lo hizo por desesperada” es lo que se ha escuchado en los programas radiales de micrófono abierto.

Me sorprende mucho esta percepción del público: después de tantos años de trabajo sobre estos temas, y aún siendo la violencia de género muy fuerte en la sociedad, ha calado la idea de que las mujeres que reciben violencia física y psicológica continua pueden tener este tipo de salidas, totalmente injustificables, pero explicables a la sazón de antecedentes de maltrato a todo nivel. El caso de Milagros Morales es como el de muchas esposas y madres que incluso han asistido a espacios de apoyo jurídico y psicológico pero que, por una serie de ideas-fuerza sobre la preponderancia de la familia ante la salud psíquica de ellas mismas, prefieren “sacrificarse” por los hijos y seguir manteniendo una relación de por sí imposible. Por supuesto esta situación no hace sino agravar la violencia durante la convivencia y los niveles de frustración que, finalmente como un géiser, salen a flote a través de un arma blanca.

Hace algunos años sucedió otro caso parecido aunque no se trataba de una pareja sino de madre e hija: me refiero al mentado caso de Giuliana Llamoja. El suceso se hizo público de inmediato y con gran escándalo porque el tema del uxoricidio siempre es absolutamente morboso. Las cuchilladas inventadas por la prensa crecían a medida que la polvareda cobraba ribetes edípicos: se trató de echar cierta culpa psicológica al padre, a las relaciones desiguales, a las veleidades de la victimaria. Lamentablemente las consecuencias en este caso fueron fatales y, por eso mismo, no habrá posibilidad de escuchar a la víctima dando su propia versión. Pero al parecer también se trató de un géiser de frustración continua debido al acoso moral de la madre: un chorro de emociones que salió convertido en una mortal cuchillada para mala suerte de ambas mujeres.

Me pregunto ante estas dos situaciones: ¿qué sucede cuando una mujer empuña un arma?, ¿la violencia empodera a la mujer?, ¿en qué medida hacer uso de la agresión física directa permite que esos sujetos, totalmente avasallados por sus acosadores, adquieran una mínima posibilidad de adquirir cierta “agencia” aunque esta haya sido totalmente desastrosa?, ¿son estas victimarias también víctimas de estas relaciones perversas que se mantienen por decoro o  por miedo?

Hay algunas personas que ante la creciente y tenaz situación de sentirse humilladas, ninguneadas, explotadas, y simbólicamente agredidas –como esa maldita gota que segundo a segundo, en su insoportable persistencia, orada una piedra– revientan con un acto de violencia hacia el agresor: hay otras (habemos otras) que ante tanto y tanto avasallamiento no podemos sino reventar hacia adentro: la cuchillada clavada en la propia piel. A veces un suicidio es una puesta en carne propia de aquella cuchillada que no se quiso poner en el cuerpo del marido, de la madre, del violador. 

Una sociedad sana debe dar cabida a pensar en estas frustraciones y, sobre todo, asegurar protección a estas víctimas-victimarias.

Esta kolumna fue publicada en La República el domingo 15 de septiembre de 2009.

September 9, 2009

La picana

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Me sorprendió un alumno de un curso sobre testimonios cuando, al final de mi exposición de un caso, me preguntó qué era una picana. La palabra, por supuesto, la había utilizado varias veces durante la clase para señalar cómo se torturaba durante el conflicto armado. “No sabe lo que es una picana” pensé, “no ha aprendido aún el mal de este mundo”. Procedí a explicarle: es una máquina, un aparato casero, que genera corriente eléctrica; se usa poniendo un cátodo en uno de los genitales, o mucosas, o en los pezones, y el ánodo en alguna otra parte del cuerpo, para que el torturado reciba una corriente eléctrica. Mientras un “operador” conecta el cuerpo a las dos fuentes de energía, otro, desde la bobina, maneja la cantidad de voltios. Se produce un shock fulminante que tiene como objetivo debilitar al prisionero para que “hable”.

Los argentinos tienen la triste iniciativa de haber inventado este método de tortura. Al parecer la picana fue utilizada en las ganaderías porque se tenía la idea de que afirmaba el músculo de la res y mejoraba la calidad de la carne. Por supuesto se aplicaba sobre los trozos ya cortados. A alguien se le ocurrió pasar el efecto a seres humanos vivos y con todos los terminales nerviosos en perfecto funcionamiento, de tal manera que un toque de picana los podía volver indefensos y frágiles. Dicen que este aparato empezó a ser usado alrededor de 1932 por la policía argentina a iniciativa del ahora tristemente célebre Polo Lugones, jefe de la misma durante la dictadura de José Félix Uriburu. En todo caso, su uso se extendió por toda América Latina, con especial énfasis en los regímenes de Videla y Pinochet.

La picana es, pues, un invento perverso. Una manera de someter y de anular toda disposición corporal con el objetivo de “ablandar” a las víctimas. La aplicación de la misma exige por lo menos de dos personas maniobrándola y, por lo tanto, su puesta en funcionamiento es en “operativo”. Su uso extendido en los aparatos estatales represivos latinoamericanos es obsceno, sobre todo, si se considera que se trata de un ejercicio del poder del Estado sobre los cuerpos étnicamente marcados como subalternos (un 70 % de las víctimas).

Leyendo los testimonios recogidos por la CVR encuentro, así nomás, sin mayor persistencia, más de 20 en los que se menciona este sistema de tortura. Escojo casi al azar el siguiente: “Luego que me han colgado me aplicaron electricidad, bien fuerte, me quedé por un tiempo, me desmayé […] Tenía unos cables, me empapaban y luego me colocaban cables pelados; a mí me colocaban en el pecho, yo sé que a otros le aplicaban incluso en los testículos […] Yo recuerdo mucho a uno de los detenidos porque lo sacaban conmigo casi siempre […] él entraba antes, no recuerdo su nombre, y yo sé que cuando lo pusieron a él el citófono nunca había gritado […] y escuché que gritaban ‘está convulsionando, ya no podemos aguantarlo, no podemos controlarlo, está muy alto’. No sé qué más decían y lo sacaron. Se lo llevaron. Nunca más lo vi, tal vez lo desaparecieron, le aplicaron electricidad que seguro fue demasiado. Decían entre ellos ‘estaba arrojando espuma’. Ya no lo vi más” (Testimonio 700017).

¿Cómo es posible que, en nuestro país, un “efectivo policial o militar” que debe servir para defender a los ciudadanos reciba un sueldo para torturarlos?, ¿por qué aún hoy en día se justifican esos actos obscenos con un discurso autoritario? La ejecución de una tortura requiere de una justificación tan alucinantemente introyectada que, incluso, ni se cuestiona.

¿Ha experimentado alguna vez una descarga eléctrica? Piénselo, impávido lector, distraída lectora, perciba sobre su piel con su imaginación la sensación de tanta vileza.

La ilustración es de Raúl Lozza (Buenos Aires 1911-2008)

Esta kolumna ha sido publicada en La República el domingo 6 de setiembre de 2009.

September 5, 2009

Mi gato no sabe de subalternidad

Mientras yo estudio a Gramsci
Kero juega sobre la cama
se acerca al libro rojo y lo huele
despacio, auscultando
luego con todo desparpajo
se sienta encima

Ay, si supiera de Guha, de Bhabha, o siquiera
de Spivak
pero con su gatuna ignorancia
se acerca a mi lápiz para pelear

Ay, cómo lo muerde y lo derriba

Mira al techo buscando un insecto
(su objeto del zarpazo colonizador)
y distraído alarga la pata
sobre la máscara asesina:
el libro de Foucault

Kero no sabe nada. Pero lo mira todo.

Yo me desgañito entendiendo
esos conceptos que imagino algún día
me van a liberar

y mientras continuo con la amanecida
entre el temblor de la pantalla
y la enésima página del buscador
Kero sucumbe al sueño gramsciano
y es más libre que yo.

La foto es de Kero, mi gato, cuando tenía pocos meses y fue tomada por Giancarlo Tejeda.






















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