Una se despide, insensiblemente, de pequeñas cosas…
"Antes se luchaba desde las canciones por un cambio, ahora se hace lo que se puede". Eso lo dijo la Negra Sosa hace poco antes de morir. Comenzó a ganarse la vida como empleada doméstica pero su voz portentosa, y su especial dedicación a la canción folklórica argentina, así como a la canción de protesta, le dieron ese sitio especial en el afecto de todos los latinoamericanos que, casi casi, crecimos escuchándola.
No era la argentina típica tipo Valeria Mazza con el pelo negro debajo del platinado al pomo. Al contrario: era gorda, retaca, morena, india. No era tampoco un ser dicharachero: tenía una manera seca de dar entrevistas pero le gustaba ser cariñosa con los allegados: con Charly o con Fito Páez. Definitavamente era una mujer que sabía de la pobreza y de la necesidad y cantaba para remarcar que hay tantos muertos de nuestra felicidad alrededor, y por lo mismo, el arte es también una manera de expresar la indignación y de movilizar sentimientos anclados que ningún discurso racional puede cambiar.
No recuerdo desde cuando escucho a Mercedes Sosa pero si que una amiga argentina con quien ingresé a la universidad en 1980, Claudia Arón, me prestó un casete con su música y me enseñó en la guitarra algunas notas de la "Zamba de la esperanza" que Sosa cantaba con una potencia y una nostalgia espectaculares. Asimismo, recuerdo que en el famoso SICLA de 1986, la Negra Sosa vino a Lima y fuimos tantos los que quisimos entrar al Teatro Municipal, que la cazuela temblaba como un sismo de 8 grados de tanta gente cantando "Gracias a la vida" junto con ella. Yo solo pude ver un pañuelo rojo que agitó por encima de su cabeza. De hecho, en los viejos casetes que me llevé a Cajamarca en 1987, y que oía y oía hasta que sus cintas se entrelazaban y se malograban, llevé varias de "sus" canciones, pero la que más repetía era "quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón".
¿Qué de especial tenía su voz? No era solo potente, era además cálida y para mí tremendamente familiar, casera, doméstica, no sé cómo explicarlo. Su pronunciación "motosa" del castellano, mezclada con un lejano dejo argentino, le daban a esas letras una particularidad casi inexplicable que nos acercaba a ella con confianza. En la red se pueden encontrar numerosos videos de una Mercedes Sosa bastante joven, de pelo espectacularmente limpio, ataviada de poncho como siempre, cantando con una suavidad extraordinaria canciones de María Elena Walsh. Sosa podía otorgarle suavidad o rabia a esas letras que protestan por la injusticia, pero que también nos reclaman por la vida.
Precisamente ese algo que aprendí durante años terribles, escuchando sus canciones en la más angustiante soledad y tratando de tararearlas, fueron motivos para no romper el hilo de la vida. En esa juventud de crisis, terrorismo y autoritarismo por todos lados, confusión y tragedia, escribiendo en mis diarios las letras de sus canciones, aprendí que es necesario sacar algo afuera, arrancar el desánimo y la podredumbre de "adentro", derrotar al sarcasmo y la ironía que nos grangrenan, y confiar más en la vida. Confiar más.
"Uno vuelve siempre a los viejos sitios/ donde amó la vida…"
Volveré siempre a Mercedes Sosa, donde amé la vida.


Rocío: permíteme reproducir tu texto en Letras de Chile.
http://www.letrasdechile.cl
Un abrazo,
Lilian.
Comment by Lilian Elphick — October 4, 2009 @ 5:32 pm
En una de sus últimas entrevistas que he alcanzado a ver y escuchar por CNN, Mercedes aclaró que no le gustaba el término de canción protesta, prefería algo así como canción de la esperanza, puso énfasis hasta el hartazgo en que se desvelaba por contribuir a la paz del mundo, era la paz el norte y guía de su canción. Su relación con el Perú fue muy cercano a través de Chabuca Granda, y fue muy emotivo un contacto telefónico al aire con Cecilia Barraza con ocasión de un aniversario del programa que esta dirigía en el canal del estado. Con memoria prodigiosa para detalles que a Mercedes se le impregnaban, recordaba a Cecilia casi en sus incios, como una muchachita alegre, de hermosa voz y bailando una bella marinera, en una residencia amiga en Miraflores, y se lamentaba de no haber podido aprender a bailar nuestro baile nacional. Esa era Mercedes Sosa, demasiado grande para circunscribirse a su patria argentina, ella llenaba no solo hispanoamérica sino el mundo entero.
Comment by jualanche — October 6, 2009 @ 10:32 am