Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

November 22, 2009

Pishtacos y espías

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Al parecer no es solo uno: varios serían los ladrones de grasa humana; así como varios los traidores a la patria. Los pishtacos de la actualidad podrían pasar piola como cocaleros del valle del Monzón; los espías contemporáneos han perdido el glamour de la guerra fría y son apenas parecidos a cualquier mediocre corrupto. Los pishtacos huanuqueños actuaban como operadores del capitalismo global que requiere de materias primas tercermundistas, en este caso grasa humana, para la elaboración de “cosméticos”. Los espías recibían dinero por Western Union –el gran Money Exchange de los inmigrantes pobres globalizados– y lo utilizaban para amortizar deudas bancarias. Real y patético.

Es así que dos de los clásicos estereotipos de los géneros literarios –el monstruo perverso y desafiante, el traidor que vende a su nación por un puñado de monedas–han pasado de lo temido como amenaza a lo vivido como realidad; de las páginas de los cuentos andinos y las novelas negras a las de los periódicos, revistas ¡y como noticia del twitter de The Guardian! Nada más y nada menos. 

Hoy en día la ficción aburre cada vez más y se ponen de moda las biografías, los testimonios, los biopics y la historia reciente: las noticias requieren de “aires de novela” y los espectáculos basados en la realidad (reality-shows) son el género televisivo por antonomasia. Las telenovelas se basan en historias de grupos musicales reales y las novelas escritas, sobre todo las del decadente realismo-sarcástico-urbano, se basan en los diarios personales de sus autores. Puro aburrimiento.

No es de extrañarse, por cierto, que los peruanos percibamos muchas veces la realidad como ficción y viceversa, y que dentro de la atronadora caja china que es la nación, con sus compartimentos-estanco, sus oasis sureños solo para ricos y sus devaneos racistas, descubramos que su núcleo duro es una parodia. Y mientras tanto siguen las movilizaciones, la crisis de partidos, los conflictos sociales provincianos, la impunidad de los congresistas y las reuniones de ejecutivos que palpan sus bolsillos antes que palpar la realidad. 

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 22 de Noviembre de 2009 en La República.

November 16, 2009

Clo & Meche

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Hace cien años murieron dos de las mujeres pioneras del periodismo de nuestro país: me refiero a Clorinda Matto y a Mercedes Cabello. Ellas representaron no solo el esfuerzo de las primeras mujeres ilustradas por el conocimiento –tuvieron la suerte de ser educadas por maestras que les enseñaron idiomas, por padres que les abrieron las puertas de sus bibliotecas y de sus mentes– y por la búsqueda de justicia –en el caso de la cusqueña Clorinda por los indígenas, Mercedes por las propias mujeres– sino también la pluma de las primeras peruanas que decidieron escribir en revistas y periódicos para participar a través de la prensa en el debate público.

Grimanesa Martina Matto Usandivaras nació en Calca, Cusco, en 1852. Luego de casarse con el comerciante Joseph Turner escribe una serie de “Tradiciones cusqueñas” que le dan mucho prestigio. Después de enviudar a los 28 años se traslada a Arequipa donde dirigió La Bolsa, y finalmente cuando llegó a Lima lo hizo para dirigir una de las revistas más importantes de la época: El Perú Ilustrado. Por la misma fecha (1889) publicó Aves sin nido, novela que causó un gran revuelo pues en sus páginas denunciaba las inmoralidades del clero (un hombre y una mujer no pueden culminar su amor porque se enteran que son hermanos e “hijos de cura”). La Iglesia no olvidaría la ofensa, y pocos meses más tarde, el arzobispo de Lima denunció a la severa Clorinda de “pornógrafa” por publicar en El Perú Ilustrado el cuento “Magdala” de Henrique Coelho Netto (se insinúa una relación non santa entre Jesús y María Magdalena). La excusa fue perfecta: Clorinda es ex comulgada y debe renunciar a la revista. Aves sin nido engrosa el index de libros prohibidos y, como es lógico, se convierte en un best seller. A los pocos años, luego de intentar sacar adelante una pequeña imprenta, Matto es repudiada por Nicolás de Piérola y su casa e imprenta son saqueadas. Tiene que salir del Perú y finalmente muere en Buenos Aires.

La vida de Mercedes Cabello tampoco fue un lecho de rosas, a pesar de que, gracias al apoyo de su familia, Cabello se convierte en una de las primeras intelectuales peruanas del s.XIX. Quizás uno de los motivos fue su estirpe moqueguana: en ese entonces una especie de centro cultural y bibliófilo bastante activo, donde Mercedes pudo aprender varios idiomas y disfrutar de las excelentes bibliotecas de su padre y de su tío. A los 22 años se traslada a Lima y luego se casa con el médico Urbano Carbonera, quien, paradójicamente, la contagia del mal que la llevaría a la “parálisis general progresiva” primero, y a la muerte después: la sífilis. Mercedes Cabello escribió encendidas defensas de la educación de la mujer y varias novelas, dos de las cuales fueron las más conocidas: Blanca Sol y El conspirador, una denuncia frontal contra el gobierno de Nicolás de Piérola.

Clorinda tenía la mirada severa, los ojos encapotados, lentes redondos y una boca muy fina. En uno de sus retratos clásicos se le ve como una severa matrona, con un sombrero de visera y flores de tocado. Por el contrario, Mercedes no usaba lentes, los ojos eran grandes y las cejas muy pobladas, el pelo ensortijado y la cara cuadrada. Clorinda intentó ser sutil y fue una mujer muy astuta; Mercedes nunca tuvo pelos en la lengua y sus denuncias siempre fueron directas y en voz alta. Ambas fueron repudiadas: Clorinda huyó al exilio, Mercedes al manicomio.

Gracias al temple de ambas, se abrieron muchos caminos que nosotras, hoy, transitamos con tanta fluidez. Acá en el Perú las mujeres les debemos –como se dijo sobre Simone de Beauvoir en Francia– todo. ¡Les debemos todo!

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 15 de Noviembre de 2009 en el diario La República.

November 11, 2009

Lévi-Strauss sin jeans

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El antropólogo belga murió esta semana. Tenía cien años cumplidos y una obra que ha dejado huella.

La primera vez que escuché hablar de Claude Lévi-Strauss tenía trece años y mi padre se había enfrascado en una conversación con un colega sobre algunos detalles de su famosa teoría estructuralista.  La única referencia que tenía personalmente de ese nombre era la marca de mis blue jeans y haciéndome la sabihonda, les hice el comentario respectivo, y la respuesta fue una sonora carcajada. Como me quedé con el puchero asomando suavemente por las comisuras de los labios, mi padre me prestó “Tristes Trópicos”, en una edición de Editorial Tusquets. No entendí nada. Ese libro contenía palabras que no estaban consignadas en mi Pequeño Laurousse Ilustrado. Me dio tanta cólera, que me hice el firme propósito de entenderlo.

Solo muchos años después, dictando el curso que ahora llevo en la Universidad Ruiz de Montoya, he podido tratar de entender un poco más la mente genial del recientemente fallecido antropólogo y etnólogo belga. Lévi-Strauss fue quien hizo comprender a la intelectualidad occidental que las diferencias entre “salvajes y civilizados” en realidad son solo asunto de matices y de lo que posteriormente se denominó “etnocentrismo”, es decir, creer que nuestra cultura es la “buena, correcta y única posible”. Lévi-Strauss provocó con sus propuestas los primeros acercamientos a la alteridad radical, la idea de que cada ser humano organiza una cultura según su entorno y que cada cultura tiene una serie de normas lógicas que permiten, precisamente, la supervivencia.

Si bien es cierto que hoy en día algunas de sus propuestas han quedado rezagadas por los acercamientos antropológicos de Clifford Geertz o de otros autores, el magisterio que Lévi-Strauss ejerció sobre la incipiente ciencia de la antropología durante los años 50 y 60 del siglo pasado es de una importancia capital.  Y no solo para esa ciencia: sin Lévi-Strauss el psicoanalista Jacques Lacan no hubiera podido desarrollar el empaque “cultural-lingüístico” de su obra y Simone de Beauvoir no hubiera podido escribir “El segundo sexo”, pues es Lévi-Strauss quien le presta su tesis de doctorado aún inédita para que ella posteriormente desarrolle su idea-fuerza “la mujer no nace, se hace”.

Dos hechos vitales fueron fundamentales para el desarrollo de la obra de este antropólogo que odiaba los viajes: precisamente su primer viaje a Brasil huyendo del servicio militar francés –donde pasó mucho tiempo con los indígenas del Matto Grosso– y su estancia en Nueva York, donde conoció al lingüista ruso Roman Jakobson, y pudo afinar su teoría estructuralista, sin duda, una de las propuestas de pensamiento más influyentes del siglo XX. El primer libro de sus famosas Mitologías, “Lo crudo y lo cocido”, se refiere precisamente a la importancia de la gastronomía y la ingesta calórica para organizar, muchas veces, las diversas maneras de pensar: sin posibilidad de cocción de los alimentos, no hay “concepto” de crudo ni de cocido. Solo la experiencia permite crear nuevos paradigmas.

Me cuentan, no sé si será verdad, que a veces Claude Lévi-Strauss, con sus cien años a cuestas, se aparecía a mediodía por la ventana de su oficina, y que la gente en las calles de París lo aplaudía.

Esta kolumna fue publicada el domingo 8 de noviembre en La República.

November 2, 2009

Notables y subalternos

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Gracias a una resolución suprema firmada por el entonces primer ministro Yehude Simon se designó a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión gestione “la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes”.  Uno de sus frutos ha sido la donación de la Municipalidad de Miraflores de un terreno muy apropiado de 8,300 metros cuadrados, con vista al mar, como espacio físico para la infraestructura del mismo. A pesar de los vientos en contra durante los primeros meses de creada esta comisión, hoy la solidez de sus representantes ha permitido este avance fundamental.

Sin duda alguna, la acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana ha sido y es encomiable y admirable. A su vez, no se ha dormido en sus laureles, sino que ha salido a defender sus ideas con mucha entereza cuando los corifeos del poder, de todos lados, empezaron a arreciar con ideas clichés.

Asimismo ha sido importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto decisivo.

No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los “notables”, las personalidades, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son interlocutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos. 

Esto se demuestra primero con la postergación, luego el ninguneo, y ahora la suspensión del Registro Único de Victimas del Consejo de Reparaciones. Una lentitud del elefante ha dado el ritmo para que sus trabajadores, indignados, no salgan solo a reclamar por sus efímeros puestos de trabajo, sino sobre todo, por culminar una tarea imprescindible. ¿Qué va a suceder ahora?, ¿quién de nuestros “notables” tendrá que convertirse en voz e insignia de las víctimas?

Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y en un grupo importante de diarios en español y en inglés) defendiendo la importancia de un Museo de la Memoria y declarando la estupidez que implicaba aducir que ese dinero “sería mejor destinado a paliar la pobreza” como lo dijo un ministro.

Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado, si es que los programas sociales están bien articulados, y no son, simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa. Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas, los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror. Como ha dicho Vargas Llosa, esta es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.

Pero, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades que tienen profundamente internalizada la idea de la ciudadanía “tutelada”?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?

Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del “taita”, de aquel que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros.

El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.

Esta kolumna salió publicada tal cual en Domingo de La República el 2 de Noviembre de 2009, pero en realidad, es un re-mix de esta kolumna publicada en abril de este año en este mismo blog. La excelente e irónica fotografía la he tomado del blog del escritor y periodista piurano Josué Aguirre que en la foto "hace las veces" de Cabrera Infante.






















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