Putis

Una mujer campesina ha descubierto, de nuevo, el peor dolor que puede haber en un corazón: la certeza del asesinato de una hija. Ahí, entre los huesos que se encuentran en la fosa común, hay un ganchito de pelo, en realidad un “pilimili” de conejitos, lleno de tierra, sucio, roto… quizás lo usó para arreglarle el cabello a su niña en el último día de su vida. “Guaguay”, exclama la mujer. Han pasado 24 años y esa niña de la que ahora sólo quedan restos abaleados con municiones que dicen FAME (Fábrica de Armamento y Municiones del Ejército) hubiera podido darle nietos y entregarle una sonrisa. Pero hoy sólo hay lágrimas, indignación, frustración.
Los militares destacados en Putis (oficial “Lalo”, teniente “Barreta” y comandante “Oscar”) les habían pedido a los campesinos que caven un hueco engañándolos con el cuento de la pisci-granja. Mientras los hombres cavaban, a las mujeres las violaban (las marcaban, las “cavaban”, las humillaban). Los niños, no uno ni dos, más de 30 niños, también fueron abaleados.
Una de las razones que alega el Informe Final de la CVR para cometer este crimen fue el desprecio de los militares hacia seres humanos considerados como “terrucos” pero otra, no menos perversa, fue la búsqueda de lucro al asesinar a campesinos que poseían ganado y poder quedarse con él para rematarlo en el mercado de Marccaraccay. Una supuesta piscigranja con más de noventa cadáveres no es un exceso: es el resultado de una manera de pensar autoritaria que considera al otro como un desecho.
Las fotos que ha tomado Domingo Giribaldi de los “restos” de este grupo de campesinos considerados por los militares como “restos” nos enfrentan a nuestra fractura social y a las lógicas perversas que han recorrido nuestras instituciones. Además evidencian una opinión pública centralista, limeña y satisfecha en sus espacios de bienestar impolutos y lejanos. Esa perversión debemos erradicarla para siempre.
Hoy después de veinte años, Putis nos muestra las profundas huellas de crueldad y laceración que les tocó vivir a sus habitantes. Felizmente nunca es tarde para la indignación. “Soy un sobreviviente de la violencia política. Yo también soy peruano” con estas palabras Rogelio Cusichi, uno de los testigos del genocidio de Putis, inició su relato de los hechos en una conferencia en la Universidad Católica a mediados de 2009. Terminó así: “hermanos tengan en cuenta, ustedes que son estudiantes, que la dignidad de los campesinos no es respetada como se debe, pero nosotros estamos buscando justicia…”
La historia de Putis en comic en la pluma de Rosell-Cossio-Villar.
Las fotos de la ropa del bebé y del ganchito son de Domingo Giribaldi de la muestra Si no vuelvo búscame en Putis.
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Hace 25 larguísimos años trabajo en el sistema de la universidad peruana. En 1984 empecé a ser asistente de cátedra de Jorge Cornejo Polar en la Universidad de Lima, en el curso de Literatura Latinoamericana. Recuerdo perfectamente que tuve entre mis alumnas a la ahora conocida periodista 
Al parecer no es solo uno: varios serían los ladrones de grasa humana; así como varios los traidores a la patria. Los pishtacos de la actualidad podrían pasar piola como cocaleros del valle del Monzón; los espías contemporáneos han perdido el glamour de la guerra fría y son apenas parecidos a cualquier mediocre corrupto. Los pishtacos huanuqueños actuaban como operadores del capitalismo global que requiere de materias primas tercermundistas, en este caso grasa humana, para la elaboración de “cosméticos”. Los espías recibían dinero por Western Union –el gran Money Exchange de los inmigrantes pobres globalizados– y lo utilizaban para amortizar deudas bancarias. Real y patético.
Hace cien años murieron dos de las mujeres pioneras del periodismo de nuestro país: me refiero a
El antropólogo belga murió esta semana. Tenía cien años cumplidos y una obra que ha dejado huella. 
Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.
Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto. Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por 

