Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

October 4, 2009

Una se despide, insensiblemente, de pequeñas cosas…

"Antes se luchaba desde las canciones por un cambio, ahora se hace lo que se puede". Eso lo dijo la Negra Sosa hace poco antes de morir. Comenzó a ganarse la vida como empleada doméstica pero su voz portentosa, y su especial dedicación a la canción folklórica argentina, así como a la canción de protesta, le dieron ese sitio especial en el afecto de todos los latinoamericanos que, casi casi, crecimos escuchándola.

No era la argentina típica tipo Valeria Mazza con el pelo negro debajo del platinado al pomo. Al contrario: era gorda, retaca, morena, india. No era tampoco un ser dicharachero: tenía una manera seca de dar entrevistas pero le gustaba ser cariñosa con los allegados: con Charly o con Fito Páez. Definitavamente era una mujer que sabía de la pobreza y de la necesidad y cantaba para remarcar que hay tantos muertos de nuestra felicidad alrededor, y por lo mismo, el arte es también una manera de expresar la indignación y de movilizar sentimientos anclados que ningún discurso racional puede cambiar.

No recuerdo desde cuando escucho a Mercedes Sosa pero si que una amiga argentina con quien ingresé a la universidad en 1980, Claudia Arón, me prestó un casete con su música y me enseñó en la guitarra algunas notas de la "Zamba de la esperanza" que Sosa cantaba con una potencia y una nostalgia espectaculares. Asimismo, recuerdo que en el famoso SICLA de 1986, la Negra Sosa vino a Lima y fuimos tantos los que quisimos entrar al Teatro Municipal, que la cazuela temblaba como un sismo de 8 grados de tanta gente cantando "Gracias a la vida" junto con ella. Yo solo pude ver un pañuelo rojo que agitó por encima de su cabeza. De hecho, en los viejos casetes que me llevé a Cajamarca en 1987, y que oía y oía hasta que sus cintas se entrelazaban y se malograban, llevé varias de "sus" canciones, pero la que más repetía era "quién dijo que todo está perdido/ yo vengo a ofrecer mi corazón".

¿Qué de especial tenía su voz? No era solo potente, era además cálida y para mí tremendamente familiar, casera, doméstica, no sé cómo explicarlo. Su pronunciación "motosa" del castellano, mezclada con un lejano dejo argentino, le daban a esas letras una particularidad casi inexplicable que nos acercaba a ella con confianza. En la red se pueden encontrar numerosos videos de una Mercedes Sosa bastante joven, de pelo espectacularmente limpio, ataviada de poncho como siempre, cantando con una suavidad extraordinaria canciones de María Elena Walsh. Sosa podía otorgarle suavidad o rabia a esas letras que protestan por la injusticia, pero que también nos reclaman por la vida.

Precisamente ese algo que aprendí durante años terribles, escuchando sus canciones en la más angustiante soledad y tratando de tararearlas, fueron motivos para no romper el hilo de la vida. En esa juventud de crisis, terrorismo y autoritarismo por todos lados, confusión y tragedia, escribiendo en mis diarios las letras de sus canciones, aprendí que es necesario sacar algo afuera, arrancar el desánimo y la podredumbre de "adentro", derrotar al sarcasmo y la ironía que nos grangrenan, y confiar más en la vida. Confiar más.

"Uno vuelve siempre a los viejos sitios/ donde amó la vida…"

Volveré siempre a Mercedes Sosa, donde amé la vida.

July 22, 2009

La cucharita

La compré en el IKEA de Viena en 1988. Era una simple cucharita de café, con mango blanco, un utensilio como cualquier otro que vino con sus otras compañeras cucharitas, tan utilitarias como ella. Por esas cosas del destino desde hace 21 años la usaba como rizador de pestañas.

Era una simple y silvestre cucharita de mango blanco que me acompañó en los diversos bolsos de cosméticos y con ellos, en los diversos lugares del mundo por donde se me ha ocurrido pasar, Moscú, Génova, Barcelona, Madrid, Guayaquil, Cuenca, Quito, Arequipa, Cusco, Cajamarca, Piura, Tumbes, Antequera, Sevilla, Granada, Montilla, Málaga, Córdoba, Boston, Montreal, Ottawa, Rosario, Buenos Aires, Nueva York, Miami, Roma, Ayacucho, Ica, Trujillo, Filadelfia… en fin, la cucharita viajó conmigo por todos lados, donde iba la llevaba, no pesaba nada y era la representación de un mundo simbólico que iba pasando e iba dejando.

En las mañanas húmedas limeñas usaba mi cucharita mientras un taxi me deslizaba de un lado a otro de la ciudad, para ganar tiempo, en los semáforos me rizaba las pestañas rápidamente. Es una acto banal, frívolo, y el instrumento no es sino una cosa banal a su vez. Pero ayer desapareció.

No sé qué sucedió, no sé si la dejé caer en un taxi, al suelo húmedo y grasiento, mientras sin darme cuenta me bajaba a la volada, de la misma manera que subo, rápido, siempre rápido, en mi mundo hiperestresante, a todos los carros, taxis, buses, micros, custers (no, no subo a combis). La cucharita desapareció y ahora no me acompaña más.

De un metal corriente, de un mango de plástico fino, eso sí, la cucharita también me permitió enseñarle a rizarse las pestañas a algunas amigas. Si yo tuviera las pestañas de Sol, mi hija, curvadas como una s, no necesitaría de ningún tipo de rizador ni de ninguna extraña cucharita. Pero mis pestañas son como sombrillas famélicas y si no hago el ritualo del agradamiento de ojos cada mañana, siento que mis ojos decrecen, se aminoran, languidecen. En suma: se vuelven tristes.

Cuando tenía 14 años aprendí el ritual de una amiga mía, cuyo nombre ha pasado al olvido, quien me enseñó a hacerlo en dos métodos infalibles: la cuchara y la tapita de Nivea. La verdad que el segundo se me hizo tremendamente complicado, en cambio, la cuchara fue lo más fácil, natural, práctico y lo más importante: barato.

Era un objeto absolutamente banal. Y es, por cierto, una pérdida tonta.

Pero esta pérdida la percibo como el fin de algo.

Quizás con esa cucharita se fue la juventud para no volver. Se terminó la edad de la fertilidad. Pasó el tiempo de poder equivocarse. Pasaron los momentos del nomadismo, de los viajes, de la movilidad territorial, de las migraciones a sitios totalmente desconocidos, como cuando me mudé hace 21 años a Viena, sin saber a ciencia cierta lo que me deparaba el destino. Sin temor de perderme entre unas calles, entre unos trenes, entre los brazos de alguien.

Hoy, con una determinación que buena falta nos hace para tener más logros en la vida, más persistencia, me acerco poderosamente a ese cadáver en potencia que somos.

July 12, 2009

Claudio Baschuk

infame turba de nocturnas aves / gimiendo tristes y volando graves (Góngora)

La primera vez que vi a Claudio fue en un taller de literatura (no podía ser de otra manera). En aquel taller, dirigido por Alfonso Cisneros Cox y por Carlos López Degregori en la Universidad de Lima durante el año 1980, Claudio se presentó a sí mismo de la manera más provocadora que alguien se pudiera imaginar: se autodesignó fan perpetuo de Borges, desdeñó sin haberla leído a Cien años de soledad, y confesó que escribía cuando se encontraba "más turbado". El y yo teníamos 17 años y todos, alrededor, no pasaban la veintena. Yo con mi ingenuidad ursulina pensé:"¡qué atorrante, escribe cuando se ha masturbado!", y me quedé choqueada por esa confesión de parte. Así era Claudio, siempre provocador, pero siempre brillante.

Muchos años después le comenté lo dicho y lanzó una carcajada. Creo que me tenía una cierta lástima de hermana menor que nunca tuvo. Esa vez fue cuando me buscó en Cajamarca. Yo había huido de todo aquello que me nublaba en Lima: de la violencia, pero también, del alpinchismo de un grupo de nuestra generación, que vagaban por Barranco sin saber dónde dejar sus huesos y que, ante la amenaza del terror, sólo atinaban a decir: "me llega al pincho". Como Claudio no era alpinchista, cabía como el personaje que mejor representaba esa autodestrucción que los años del conflicto armado mellaron en nosotros. Claudio se autodestruía ante nuestra presencia. Y nosotros no sabíamos qué hacer. Teníamos miedo. O por lo menos, yo le tenía miedo. El andaba siempre en carne viva y yo podía mirar su dolor, que era un espejo de mi dolor.

La autodestrucción de Claudio comenzó quizás cuando terminamos la universidad. El siempre había estado entre los mejores puestos, tenía excelentes notas, era una persona que había leído demasiado, y con el tiempo, también pudo entender la otra manera de ver América Latina desde Cien años de soledad, por ejemplo. Antes de terminar la universidad él ya era jefe de prácticas de varios profesores y muchos de ellos pensaban en él como un futuro docente con un horizonte brillante. En esos años trabajó con Rafael Roncagliolo en una ONG dedicada a las comunicaciones y, antes que todos nosotros, tenía un sueldo que gastaba con generosidad apabullante. Muchas veces él pagó la cuenta de las innumerables jarras de cerveza que se acumulaban durante esas noches tristes en el Juanito. Claudio vivía con una intensidad que nos daba miedo precisamente porque era muy lúcido y porque veía de cerca la destrucción del Perú.

Claudio había nacido en Buenos Aires, pero su familia se trasladó a Lima cuando era muy niño. Aquí estudió en el Colegio Bratánico e ingresó a la primera a la Universidad de Lima para estudiar Ciencias de la Comunicación. Nunca tuvo dudas sobre eso o al menos no nos las manifestó, a pesar de que amaba la literatura, y sobre todo, la poesía. Recuerdo que con él fuimos al famoso recital de poesía que dio Kloaka y adláteres en el Teatro Larco, en 1983 o algo así. El los había leído, también a Hora Zero, y los envidiaba y despeciaba al mismo tiempo.

Eduardo Chirinos, José Antonio Mazzotti, Claudio, yo y Edgar O’ Hara, circa 1982.

Quiso, como ninguno antes que nosotros, hacer un grupo de poesía de la Universidad de Lima y por eso mismo sacó adelante el proyecto de las revistas Punto Negro y Punto Blanco, donde publicamos Ricardo Ramos Tremolada, Mario Bellatin, Alberto Stewart yyo, entre otros. Mito Tumi, en ese entonces editor de El Caballo Rojo, sacó unos comentarios de lo más ácidos, sarcásticos y hasta agrios de ambas revistas (anónimos claro) y Claudio se sintió muy perturbado, sobre todo, por el esfuerzo que le supuso hacerle una entrevista a Juan Gonzalo Rose en el Café Ovni (ahora Metro de Gregorio Escobedo). Claudio vivía en la Residencial San Felipe y siempre había visto a Rose beber en silencio en ese café. Lo abordó y según Mito Tumi (o el anónimo columnista de El Caballo Rojo) el propio Rose no le hace mucho caso porque "posa un poco en la línea de Batanero (antiguo masajista mudo del Alianza Lima) pues contesta con desgano a su interlocutor que es el mismísimo Claudio Fabián Baschuk". Fue muy duro recibir el golpe pues El Caballo Rojo era para nosotros una revista de referencia obligatoria (sin duda una de las mejores revistas culturales que ha producido este país). LO extraño es que en mí ese pequeño golpecito del comienzo me impulsó a seguir en la brega; a Claudio, le dio cólera, pero poco a poco, asumió el sarcasmo con sarcasmo.

En ese entonces, en la cafetería de la universidad o en los pasillos o en los pocos jardines que tenía, escribíamos cadáveres exquisitos que Claudio, con su originalidad, denominaba "tronchemas". El comenzaba y yo seguí, o viceversa. Poemas a la luz del último troncho. En su boca escuché la primera vez la palabra "bate". Yo nunca fui tan aficionada, Claudio se hizo asiduó y también al alcohol. Luego caería en sus garras. Pero en ese entonces, éramos jóvenes y holgazanes, queríamos pasar horas de horas conversando de poesía o escribiendo a dúo. Yo ingresé a San Marcos siguiendo los pasos de Mario Bellatin y ahí conocí a un extraordinario difusor de la poesía inédita: Paco Carrillo, quien merece homanaje aparte. Paco me pidió unos poemas y yo le llevé de cuatro personas de la universidad que él publicó en Harawi: de José Castro Urioste, de Luz María Sarria, de Claudio Baschuk y míos. Entonces nos convertimos en poetas editados. Creo que ya teníamos 18 años.

Somos un área devastada (Soda Stereo)

Si tuviera que escribir una biografía de Claudio Baschuk la titularía de la misma manera como tituló su autobiografía Klaus Kinski: Ich brauche Liebe. La traducción al español no da cuenta de lo que en alemán implica ese "yo requiero amor", es una exigencia, es un reclamo. Necesito amor para vivir. Ese era el reclamo permanente de Claudio y lo buscó en todas partes, con enamoradas y enamorados, con amigos y enemigos íntimos. Se perdió entre las pasiones más extrañas y nos reclamaba a todos amor, amor, amor. Ese fue el reclamo que no me dijo a voz en cuello cuando, hace casi 15 años, me buscó en mi casa de la Avenida Sol y Grau, en Barranco, con una botella de pisco y toda su masa corporal gritando auxilio, pidiendo un sitio de descanso. Yo recién me había separado de mi marido y estaba aliviada y devastada. Claudio se arrastraba por las calles barranquinas buscando amor. Y yo me atrevía decirle la peor frase que le he dicho a alguien: "la amistad no es un cheque en blanco". Mi propia decadencia no pudo asir algo de pequeñisima buena voluntad para solventar siquiera un poco esa perdición de Claudio, esa búsqueda desesperada de amor, y me arrepiento. Me arrepiento. Me arrepiento.

Revisando mi diario encuentro un apunte de 1994 cuando almorcé con Mario Bellatin y Karin Elmore y mencionábamos a Claudio. Yo dije algo cruel: "es el símbolo del fracaso que se nos aparece de tanto en tanto". En esa época mi cinismo no podía sino encriptarse en mi voluntad y no ceder ante esa tentación de llaga viva que era Claudio. Tenía pánico de que se metiera una borrachera en mi casa, como alguna vez lo hizo, frente a mi hija de cuatro años. Cito mi diario: "¡Cómo pasa el tiempo y la vida! Y todos aquellos en los que teníamos esperanzas, grandes esperanzas, no fueron nada. Claudio ahora en su letargo, en su soberbia –no tiene otro nombre– pudiéndose a cuenta de su propia inteligencia, pero autodestruyéndose. El resto no le tenemos lástima. A veces hasta zafamos el cuerpo para dejarlo caer (…) Le dije que siendo él tan lúcido para los demás, ¡cómo no podía serlo consigo mismo! Le dije que esa promesa que era él mismo hace diez años se quedó en nada. Claudio, ¿para que sirve el talento y la lucidez? Lo importante en la vida es solamente vivirla. El se quedó impresionado con ese verso: el talento no basta para morir".

Claudio, ¿eres acaso uno de los muertos de mi felicidad?

Mi tristeza es mía y nada más (Leonardo Favio)

A veces hay ciertos mitos que se introducen dentro de nuestro cuerpo con un efecto biopolítico extraordinario: Claudio vivió el mito del poeta maldito, del poeta que debe beber la muerte en cada segundo de su vida pero, siempre se lo dije y también se lo repetía a Mario Bellatin, Claudio no podía con ese mito porque era, en el fondo, "en el buen sentido de la palabra bueno" como decía Machado.

¿Qué tipo de muerte fue la de Claudio Baschuk? No lo sé con certeza. Sólo que lo odié cuando me enteré que había muerto. No pude llorar, solo recriminarlo, gritar dentro de mí misma: "mierda, ¿qué has hecho?, has logado lo que querías" Nunca supe de qué, exactamente, algunos decían que de cirroris y otros de sida. No importaba: su piel había dejado de ser esa llaga abierta permanente. El lllevaba dentro de sí esa muerte durante muchos años antes: cuando se lanzaba a esas resacas de desamor entre las calles de Lima, cuando hurgaba en los cuerpos de los otros esa sensualidad que le daba una gota más de vida, y cuando, anestesiado a punta de poesía, podía asimismo coger la pluma y pergueñar algo, lo que sea, un tronchera, un poema, un grito.

Claudio era brillante, inteligente, sensible y daba amor, pero algo de él no funcionó en la vida, para asir la vida y anclarla con uñas y dientes. Llevó, portó y sintió con pasión una serie de verdades falsas dentro de sí mismo que lo incapacitaron para vivir y que él levantaba orgulloso como una bandera: mitos que significaron su propia destrucción desde que éramos muy jóvenes. No lo comprendimos, pero acaso ¿estábamos capacitados para comprender un dolor tan extraño y tan social y tan peruano?

Ya no creo en nada, ya no creo en nadie más/ voy hundirme solo en la ciudad / el cielo es una intuición que parece ser azul / solo mi tristeza es realidad… / mi tristeza es mía y nada más…

Coinciden dos muertos emblemáticos de los años 90: María Elena Moyano y Claudio Baschuk, él es aún anónimo, ella una heroína. Ambos murieron como resultado de atravesar los años del terrorismo y la miserie moral de nuestro país.

April 24, 2009

Larga marcha a través de la noche

1:15 a.m.

Una débil proyección de luz artificial invade tenuemente mi cuarto. Desde este quinto piso las lucecitas me dan tranquilidad. Al otro lado de la ciudad mi padre estará mirando detenidamente las manecillas del reloj y la pared blanca. Tiene once máquinas conectadas a su cuerpo: esa prolongación de cultura que prolonga la vida. Las he visto, las he contado una a una, me he vestido con el mandil blanco como si fuera una enfermera, y he podido constatar nuestra fragilidad. Mi padre ahora tan desvalido ante su cuerpo, tan expuesto a la inclemencia de su propia biología. “Échame colonia, échame colonia” y como autómata he acariciado y humedecido el pelo de mi padre, su nuca, su frente ardiendo. Mientras aquí acumulo fuerzas para inventar una sonrisa de mentira, esa que estreno al entrar por las mañanas en el hospital: el señor que está echado con los labios descarnados, secos, respirando a través de un pulmón artificial, se ha vuelto casi celestial, casi etéreo, casi nada.

2:46 am

Las palabras son necesarias para ir anulando la ansiedad, la espera de la noche honda que gime por una madrugada, mientras al otro lado de la ciudad, hasta la pura respiración es una terrible batalla. Y las horas pasan lentísimas. Apenas pasan.

3:08 am

Hace seis días que mi padre está en Cuidados Intensivos. El médico concentró el dolor en una sola palabra: carcinoma. Car-ci-no-ma. Y mi padre escucho impávido la sentencia. Él, con su metro ochenta y seis, ahora sobre la cama blanca de sábanas blancas, parece que tuviera el cuerpo de un niño. Su rostro, de mandíbula larga y fuerte, se ha demacrado y cuando intenta torpemente sonreír su cara se vuelve un puro gesto de dolor que disimula como puede. Hoy, luego de dos días con neumonía, apenas lo vi me susurró al oído que no quiere que lo entierren sino que lo cremen. Por supuesto que no pude reponerme de este pedido, de esta súplica, y me acerqué a su cuello y lloré. Me dijo por primera vez en mi vida: “mi bebe, estoy orgulloso de ti”. Antes sí me había dicho que estaba orgulloso, pero era la primera vez que me decía “mi bebé” de una forma cariñosa, como yo llamo a mi propia hija, como hubiera esperado que me llame desde hace tantos años. Le contesté: “no por ahora, papá, no por ahora…”, pero mientras escribo esto no sé realmente… no lo sé.

3:20 am

¿Por qué este pánico cubre mi esperanza si sé, con absoluta certeza, que estamos aquí para partir, que no somos sino cadáveres en potencia?

3:42 am

He vuelto a prender la computadora para que la música llene el vacío. La tristeza es irreversible. La noche se detiene en las paredes, las llena de su sucia melancolía, de esa escarcha de mugre y esperanza. La nubosidad baja de la ciudad empieza a entrar por la ventana, a los lejos una pretina de aullidos abona mi ansiedad, los animales urbanos y domésticos que, al final del día, siguen auscultando la furia de su propia naturaleza. ¿Y la mía? El miedo abrochado a cada uno de mis huesos. El pánico. Una es nuestra certeza, pero acercarnos a ella, en medio de la noche, cubre el cuerpo con una desazón extraña y mortal.

4:07 am

Y después le hablé de las cosas del día, de la exposición que estoy organizando con mis compañeros de trabajo, del santuario de Pachacámac y del dios Kon. Y de pronto el felino volador rondó su cuarto, el suero que pendía como una fruta sobre el brazo de mi padre pareció destilar un líquido dorado, y quizás era la ruta que tomó Kon para buscar un cuerpo donde saciar su necesidad lógica de almas. Mi papá sonrió, nuevamente, sin mueca alguna cuando le comenté lo que sentí. No podía decirme nada pero entendí todo: Kon es ligero y rápido, puede acortar distancias a su antojo, pero si entra en el cuerpo de mi padre será para no salir nunca más. Entonces desperté: seguía la noche nublada como mis pesadillas.

5:17 am

En la desolación, no mudanza…
Ignacio de Loyola

El domingo por la noche quedé totalmente perdida, totalmente agobiada, totalmente adolorida y me fui a confesar con V. Entrando al templo, a la mano izquierda, lo vi sentado y aburrido en el confesionario, entonces interrumpí ante los fieles y me arrodillé, colándome de una manera poco cristiana y muy sinvergüenza. V me dijo algo que me dio miedo, pero lo puse en práctica: hay que dejarse atravesar completamente por el dolor, hay que dejarse llevar por el dolor y experimentarlo hasta las máximas consecuencias, dejar que nos embargue, dejar que se pose completamente sobre nuestras clavículas. Y después de eso el dolor se habrá ido. Me repetía sin esperanza: no tengas miedo, atraviesa tu dolor, deja que te penetre, llora… llora y siente que el dolor se ha interiorizado… y el dolor te dejará.

Pero… ¿me dejará?

6:20 am

La ciudad pobre amanece más temprano y se puede escuchar a los perros, las vianderas, el ulular de una sirena, el grito del hombre que reparte las noticias. Las calles se desperezan lentamente y el sol, a pesar de la niebla nocturna, reaparece despiadado convirtiendo a las sombras en sombras y al dolor en recuerdo de una madrugada. Sé que mi padre despierta o apenas empieza a recobrar el sueño. Y me apuro con el desayuno, las abluciones de la mañana, el café que ni siquiera saboreo.

¿Dime, Kon, me dejará el dolor?

Miro firmemente al cielo. Pero estoy con los ojos blancos desde las cuatro y media, acompañando el paso lento de la noche y no pasa nada. Y no pasa nada. Y no pasa nada.

La imagen es de aquí.

February 18, 2009

La Kasa Okupa de Minuesa

Corría el año 1993, Javier Corcuera me presentó a Alberto, el Okupa, quien me llevó a la histórica imprenta de los hermanos Minuesa, donde los okupas madrileños habían tomado y convertido en un centro cultural. Compartían los departamentos de los obreros algunos habitantes antiguos y los nuevos moradores, quienes a pesar de todo, llevaban la fiesta en paz. En la zona de la fábrica funcionaba una especie de pub, donde se presentaban algunos grupos de rock y un tablao, donde enseñaban a bailar flamenco.

El muro dice: "Nuestras derrotas solo prueban que somos demasiado pocos luchando kontra la infamia, y de nuestros espectadores esperamos, al menos, que se avergüencen". Extraordinario. La foto es de Toto, un boliviano, nunca supe nada más de él. El muro y la kasa okupa de Minuesa fueron derruidos en mayo de 1994. Minuesa fue la okupación con más años y una de las más célebres, creo que ocho años pudo permanecer en pie y a pocos metros de una comisaría. Javier Corcuera realizó un video "Minuesa: una okupación con historia" que se encuentra colgado de Nodo50. También se ha recogido material gráfico tanto de la experiencia autogestionaria de Minuesa como del propio desalojo, en revistas alternativas y fanzines de la época, pero ahora también en la web.

Hoy continuan las okupaciones, sobre todo en Granada, básicamente para centros sociales pero también para viviendas de los jóvenes desempleados, desokupados e incluso algunos inmigrantes. Una de las más conocidas en el Patio Maravillas en el tradicional y movido barrio de Malasaña.

Abajo, Alberto y Javier en el barrio de La Latina, 15 años después.

                                                    

January 28, 2009

Los hombres son de Marte y las mujeres… lamentablemente del planeta Tierra

October 12, 2008

El papel platina

En esa época, cuando era niña, empecé a sentir el papel platina. No sé cómo explicarlo, pero en ciertos momentos yo sentía, no veía, sino que sentía un papel platina arrugado en algún lugar dentro de mí. Y esa sensación era mucho más nítida cuando cerraba los ojos, en medio de la oscuridad de la noche, con las manitos sobre la frazada, heladas, y los pies apretados uno contra otro. Era una sensación que me daba pavor, pánico, miedo a un cambio sin vuelta, terror. Asocio el papel platina a mi infancia de asmática, tosiendo y fingiendo toser, con las marcas de las inyecciones en las nalgas y las manos acostumbradas a las nebulizaciones, mirando a través de los barrotes de su cuarto a mi primo el esquizofrénico. Mi padre, unos años antes, había abandonado la casa familiar dejándonos detrás a mi hermano y a mí cantando el himno nacional. Mi madre decidió regresar a la casa de sus padres donde, también, vivía mi primo el esquizofrénico. Por eso creo que el papel platina es el miedo al abandono, pero también, el asco atragantado en mi propio pecho ante las toses de los demás y el pánico a perderse en los laberintos de la mente. Hace tiempo que no lo siento. Ahora siento otras cosas, aunque a veces busco tener una sensación parecida a la del papel platina. Pero nunca regresa como en ese entonces. Quizás fue un paso por la locura, del que sin duda regresé cuando comencé a escribir. A los 13 años ya estaba de vuelta.

August 29, 2008

La construcción del cuerpo

En la Edad Media, cuando los médicos estaban prohibidos de realizar autopsias, los anatomistas en sus dibujos imaginaban los órganos sexuales femeninos como "órganos masculinos volteados hacia adentro". No es que el hombre era la mujer vuelto al revés, sino que la mujer era, debido a algún tipo de imperfección, el hombre que no había salido afuera. La explicación se basaba en que los fluidos del hombre eran más calientes que los de la mujer, entonces por ser tibia la mujer no lograba "sacar" sus genitales. Algo así como un globo desinflado, ni más ni menos. La mujer, pues, era un hombre atrofiado.

Los más reconocidos anatomistas representaban a la vagina como un falo interno. Incluso algunos autores como Jacobo Berengario sostenían explícitamente que "el cuello del útero es como el pene y su receptáculo, con testículos y vasos, es como el escroto". Estas representaciones posteriormente las tomó Leonardo da Vinci, quien también dibujó órganos femeninos con ese peculiar isomorfismo. Pero, aunque parezca increíble, esta percepción del cuerpo no era simplemente una muestra de las convenciones estilísticas de los dibujos de la época, era una visión ideológica por medio de la cual entendían los científicos que la mujer simplemente era un "infrahombre". El género construía al sexo.

Esto se demuestra más claramente años después, cuando el Estado y sus instituciones, en nombre del progreso de la ciencia, permiten la disección de cadáveres. Durante el Renacimiento los anatomistas por fin pudieron ver los genitales de la mujer en el interior de sus cuerpos sin vida, pudieron observarlos con detenimiento, tocarlos, cortarlos y diseccionarlos. Pero… ¡los seguían dibujando como "órganos volteados"! La concepción cultural de lo que debía ser el cuerpo de una mujer era tan fuerte que incluso se imponía sobre la evidencia biológica. Veían lo que querían ver.

Galeno, uno de los más importantes anatomistas de la antigüedad, quien pudo distinguir en numerosos cuerpos las diferencias anatómicas obvias, sostenía esta idea. Y es que creía firmemente en que la perfección la representaba el hombre, y la mujer era simplemente un escalafón menos en la evolución humana. "Dentro de la especie humana el hombre es más perfecto que la mujer -dice Galeno- y la razón de esta perfección es su exceso de calor…" El hombre ha sido (y desgraciadamente, para ambos sexos, sigue siendo) la medida ontológica de todas las cosas, la mujer apenas su sombra, de ahí la construcción de un sexo único y dos formas (revés y derecho) de serlo.

En nuestros días la perfección para representar la anatomía humana tiene visos de ciencia-ficción si pensamos en tomografías o ecografías que escudriñan hasta nuestra alma. Segmento a segmento de nuestro cuerpo, incluyendo tejidos y fluidos, son representados por fotos y videos. Pero hay algo que sigue siendo una constante: la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas. La lucha por la igualdad de la mujer, si se le conceptúa como asemejarse al varón, sigue siendo la continuación de los malabares gráficos de los anatomistas renacentistas. Es preciso pensar y concebir a la mujer desde una categoría ontológica propia.

El dibujo es una anatomía de un acto sexual de Leonardo da Vinci. Tomado de aquí.

Publicado en la revista La Tertulia, Guatemala, 25 de agosto de 2001

August 21, 2008

Ford Falcon

Sábado gris de Lima, cinco en punto de la tarde. Mi hermano y yo esperamos a mi papá mirando entre las persianas de la sala. Desde el segundo piso, a lo lejos, podemos ver cómo se acerca el Ford Falcón azul marino. «Ahí está», gritamos, y salimos disparados para ganarle uno al otro el asiento de adelante. Una vez a la semana hacíamos la misma carrera. Ya sentados, la clásica pregunta caía como una gota de humedad: ¿y ahora, adónde quieren ir? Siempre hacía la pregunta pero él siempre sabía adónde nos llevaba. Como había pocas monedas y mucha gasolina (era la época de Velasco) nos dedicábamos a ir de un lado a otro de la ciudad. Al aeropuerto, para ver despegar a los aviones desde la rampa central; a La Punta para sentir cómo se estrechan las calles; al cementerio Presbítero Maestro para perderle el miedo a los muertos o hasta el Galax de La Molina para comprar un paquete de Charadas. Vagar con mi papá por la ciudad diseminada. Al final recorríamos el malecón de Miraflores y así podíamos ver caer al sol como una galleta de naranja sobre un inmenso café con leche. «Pidan un deseo». Y yo nunca pedía que regresara (era realista) pero sí que me quisiera para siempre.

Publicado originalmente en el diario El Comercio. Perú, junio de 1999.

August 15, 2008

Testimonio de una emigrante

La primera vez que entré a España, por la zona de Port Bou, me dio miedo cruzar la frontera por la posibilidad de que me detuvieran en migraciones. Era el año 1988, yo venía viajando en tren por más de veinte horas seguidas, con cuatro meses de embarazo y el corazón zurcido. Tenía 24 años y a pesar de estar muy confusa en cuestiones de amor, poseía absoluta claridad y conciencia en torno a mi condición de "ciudadana de segunda"; por lo mismo, sabía que en la entrada del aeropuerto de Barajas trataban mal a los latinoamericanos y que incluso habían devuelto a Buenos Aires, por no tener a mano los mil dólares exigidos, al famoso fiscal argentino que inculpó a toda la Junta Militar, Julio César Strassera.

Pero en Port Bou sorpresivamente nadie me detuvo, ni me hicieron una sola pregunta como cuando llegué a Moscú -durante esa década todo latinoamericano entraba a Europa vía Aeroflot-, por el contrario, dos policías de lo más amables me desearon buena suerte. Yo sonreía hasta que la sonrisa se me desdibujó cuando leí en la primera plana de El País (alguien tenía el diario desplegado mientras yo hacía la cola en la aduana) que a partir de una fecha próxima se pediría visados a algunas países latinoamericanos.

Doce años más tarde, en el verano de 2001, para poder entrar a España me exigieron una carta de invitación por escrito y con copia; cartas de mi oficina constatando que tenía un empleo estable; no sólo el resultado de mi último estado de cuenta bancario sino el balance de mis movimientos de todo el último mes; un seguro de viaje por el tiempo de la estadía; una constancia de una propiedad inmueble y 55 dólares por concepto de derechos consulares. Toda esta serie de medidas no hacen más que confirmar mi situación de ciudadanía de 1988, con el agravante que después de caído el Muro, se han levantado todo tipo de murallas reforzadas por pozos llenos de lagartos. Y todo esto porque simplemente nací en un país tan alucinante, complejo, contradictorio y extraordinario como es el Perú.

Continúa acá.

Con este texto empiezo a reciclar algunos artículos perdidos en el ciberespacio y en los intersticios de los cajones de mi escritorio.






















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