
infame turba de nocturnas aves / gimiendo tristes y volando graves (Góngora)
La primera vez que vi a Claudio fue en un taller de literatura (no podía ser de otra manera). En aquel taller, dirigido por Alfonso Cisneros Cox y por Carlos López Degregori en la Universidad de Lima durante el año 1980, Claudio se presentó a sí mismo de la manera más provocadora que alguien se pudiera imaginar: se autodesignó fan perpetuo de Borges, desdeñó sin haberla leído a Cien años de soledad, y confesó que escribía cuando se encontraba "más turbado". El y yo teníamos 17 años y todos, alrededor, no pasaban la veintena. Yo con mi ingenuidad ursulina pensé:"¡qué atorrante, escribe cuando se ha masturbado!", y me quedé choqueada por esa confesión de parte. Así era Claudio, siempre provocador, pero siempre brillante.
Muchos años después le comenté lo dicho y lanzó una carcajada. Creo que me tenía una cierta lástima de hermana menor que nunca tuvo. Esa vez fue cuando me buscó en Cajamarca. Yo había huido de todo aquello que me nublaba en Lima: de la violencia, pero también, del alpinchismo de un grupo de nuestra generación, que vagaban por Barranco sin saber dónde dejar sus huesos y que, ante la amenaza del terror, sólo atinaban a decir: "me llega al pincho". Como Claudio no era alpinchista, cabía como el personaje que mejor representaba esa autodestrucción que los años del conflicto armado mellaron en nosotros. Claudio se autodestruía ante nuestra presencia. Y nosotros no sabíamos qué hacer. Teníamos miedo. O por lo menos, yo le tenía miedo. El andaba siempre en carne viva y yo podía mirar su dolor, que era un espejo de mi dolor.
La autodestrucción de Claudio comenzó quizás cuando terminamos la universidad. El siempre había estado entre los mejores puestos, tenía excelentes notas, era una persona que había leído demasiado, y con el tiempo, también pudo entender la otra manera de ver América Latina desde Cien años de soledad, por ejemplo. Antes de terminar la universidad él ya era jefe de prácticas de varios profesores y muchos de ellos pensaban en él como un futuro docente con un horizonte brillante. En esos años trabajó con Rafael Roncagliolo en una ONG dedicada a las comunicaciones y, antes que todos nosotros, tenía un sueldo que gastaba con generosidad apabullante. Muchas veces él pagó la cuenta de las innumerables jarras de cerveza que se acumulaban durante esas noches tristes en el Juanito. Claudio vivía con una intensidad que nos daba miedo precisamente porque era muy lúcido y porque veía de cerca la destrucción del Perú.
Claudio había nacido en Buenos Aires, pero su familia se trasladó a Lima cuando era muy niño. Aquí estudió en el Colegio Bratánico e ingresó a la primera a la Universidad de Lima para estudiar Ciencias de la Comunicación. Nunca tuvo dudas sobre eso o al menos no nos las manifestó, a pesar de que amaba la literatura, y sobre todo, la poesía. Recuerdo que con él fuimos al famoso recital de poesía que dio Kloaka y adláteres en el Teatro Larco, en 1983 o algo así. El los había leído, también a Hora Zero, y los envidiaba y despeciaba al mismo tiempo.
Eduardo Chirinos, José Antonio Mazzotti, Claudio, yo y Edgar O’ Hara, circa 1982.
Quiso, como ninguno antes que nosotros, hacer un grupo de poesía de la Universidad de Lima y por eso mismo sacó adelante el proyecto de las revistas Punto Negro y Punto Blanco, donde publicamos Ricardo Ramos Tremolada, Mario Bellatin, Alberto Stewart yyo, entre otros. Mito Tumi, en ese entonces editor de El Caballo Rojo, sacó unos comentarios de lo más ácidos, sarcásticos y hasta agrios de ambas revistas (anónimos claro) y Claudio se sintió muy perturbado, sobre todo, por el esfuerzo que le supuso hacerle una entrevista a Juan Gonzalo Rose en el Café Ovni (ahora Metro de Gregorio Escobedo). Claudio vivía en la Residencial San Felipe y siempre había visto a Rose beber en silencio en ese café. Lo abordó y según Mito Tumi (o el anónimo columnista de El Caballo Rojo) el propio Rose no le hace mucho caso porque "posa un poco en la línea de Batanero (antiguo masajista mudo del Alianza Lima) pues contesta con desgano a su interlocutor que es el mismísimo Claudio Fabián Baschuk". Fue muy duro recibir el golpe pues El Caballo Rojo era para nosotros una revista de referencia obligatoria (sin duda una de las mejores revistas culturales que ha producido este país). LO extraño es que en mí ese pequeño golpecito del comienzo me impulsó a seguir en la brega; a Claudio, le dio cólera, pero poco a poco, asumió el sarcasmo con sarcasmo.
En ese entonces, en la cafetería de la universidad o en los pasillos o en los pocos jardines que tenía, escribíamos cadáveres exquisitos que Claudio, con su originalidad, denominaba "tronchemas". El comenzaba y yo seguí, o viceversa. Poemas a la luz del último troncho. En su boca escuché la primera vez la palabra "bate". Yo nunca fui tan aficionada, Claudio se hizo asiduó y también al alcohol. Luego caería en sus garras. Pero en ese entonces, éramos jóvenes y holgazanes, queríamos pasar horas de horas conversando de poesía o escribiendo a dúo. Yo ingresé a San Marcos siguiendo los pasos de Mario Bellatin y ahí conocí a un extraordinario difusor de la poesía inédita: Paco Carrillo, quien merece homanaje aparte. Paco me pidió unos poemas y yo le llevé de cuatro personas de la universidad que él publicó en Harawi: de José Castro Urioste, de Luz María Sarria, de Claudio Baschuk y míos. Entonces nos convertimos en poetas editados. Creo que ya teníamos 18 años.
Somos un área devastada (Soda Stereo)
Si tuviera que escribir una biografía de Claudio Baschuk la titularía de la misma manera como tituló su autobiografía Klaus Kinski: Ich brauche Liebe. La traducción al español no da cuenta de lo que en alemán implica ese "yo requiero amor", es una exigencia, es un reclamo. Necesito amor para vivir. Ese era el reclamo permanente de Claudio y lo buscó en todas partes, con enamoradas y enamorados, con amigos y enemigos íntimos. Se perdió entre las pasiones más extrañas y nos reclamaba a todos amor, amor, amor. Ese fue el reclamo que no me dijo a voz en cuello cuando, hace casi 15 años, me buscó en mi casa de la Avenida Sol y Grau, en Barranco, con una botella de pisco y toda su masa corporal gritando auxilio, pidiendo un sitio de descanso. Yo recién me había separado de mi marido y estaba aliviada y devastada. Claudio se arrastraba por las calles barranquinas buscando amor. Y yo me atrevía decirle la peor frase que le he dicho a alguien: "la amistad no es un cheque en blanco". Mi propia decadencia no pudo asir algo de pequeñisima buena voluntad para solventar siquiera un poco esa perdición de Claudio, esa búsqueda desesperada de amor, y me arrepiento. Me arrepiento. Me arrepiento.
Revisando mi diario encuentro un apunte de 1994 cuando almorcé con Mario Bellatin y Karin Elmore y mencionábamos a Claudio. Yo dije algo cruel: "es el símbolo del fracaso que se nos aparece de tanto en tanto". En esa época mi cinismo no podía sino encriptarse en mi voluntad y no ceder ante esa tentación de llaga viva que era Claudio. Tenía pánico de que se metiera una borrachera en mi casa, como alguna vez lo hizo, frente a mi hija de cuatro años. Cito mi diario: "¡Cómo pasa el tiempo y la vida! Y todos aquellos en los que teníamos esperanzas, grandes esperanzas, no fueron nada. Claudio ahora en su letargo, en su soberbia –no tiene otro nombre– pudiéndose a cuenta de su propia inteligencia, pero autodestruyéndose. El resto no le tenemos lástima. A veces hasta zafamos el cuerpo para dejarlo caer (…) Le dije que siendo él tan lúcido para los demás, ¡cómo no podía serlo consigo mismo! Le dije que esa promesa que era él mismo hace diez años se quedó en nada. Claudio, ¿para que sirve el talento y la lucidez? Lo importante en la vida es solamente vivirla. El se quedó impresionado con ese verso: el talento no basta para morir".
Claudio, ¿eres acaso uno de los muertos de mi felicidad?
Mi tristeza es mía y nada más (Leonardo Favio)
A veces hay ciertos mitos que se introducen dentro de nuestro cuerpo con un efecto biopolítico extraordinario: Claudio vivió el mito del poeta maldito, del poeta que debe beber la muerte en cada segundo de su vida pero, siempre se lo dije y también se lo repetía a Mario Bellatin, Claudio no podía con ese mito porque era, en el fondo, "en el buen sentido de la palabra bueno" como decía Machado.
¿Qué tipo de muerte fue la de Claudio Baschuk? No lo sé con certeza. Sólo que lo odié cuando me enteré que había muerto. No pude llorar, solo recriminarlo, gritar dentro de mí misma: "mierda, ¿qué has hecho?, has logado lo que querías" Nunca supe de qué, exactamente, algunos decían que de cirroris y otros de sida. No importaba: su piel había dejado de ser esa llaga abierta permanente. El lllevaba dentro de sí esa muerte durante muchos años antes: cuando se lanzaba a esas resacas de desamor entre las calles de Lima, cuando hurgaba en los cuerpos de los otros esa sensualidad que le daba una gota más de vida, y cuando, anestesiado a punta de poesía, podía asimismo coger la pluma y pergueñar algo, lo que sea, un tronchera, un poema, un grito.
Claudio era brillante, inteligente, sensible y daba amor, pero algo de él no funcionó en la vida, para asir la vida y anclarla con uñas y dientes. Llevó, portó y sintió con pasión una serie de verdades falsas dentro de sí mismo que lo incapacitaron para vivir y que él levantaba orgulloso como una bandera: mitos que significaron su propia destrucción desde que éramos muy jóvenes. No lo comprendimos, pero acaso ¿estábamos capacitados para comprender un dolor tan extraño y tan social y tan peruano?
Ya no creo en nada, ya no creo en nadie más/ voy hundirme solo en la ciudad / el cielo es una intuición que parece ser azul / solo mi tristeza es realidad… / mi tristeza es mía y nada más…
Coinciden dos muertos emblemáticos de los años 90: María Elena Moyano y Claudio Baschuk, él es aún anónimo, ella una heroína. Ambos murieron como resultado de atravesar los años del terrorismo y la miserie moral de nuestro país.