Notables y subalternos

Gracias a una resolución suprema firmada por el entonces primer ministro Yehude Simon se designó a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión gestione “la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes”. Uno de sus frutos ha sido la donación de la Municipalidad de Miraflores de un terreno muy apropiado de 8,300 metros cuadrados, con vista al mar, como espacio físico para la infraestructura del mismo. A pesar de los vientos en contra durante los primeros meses de creada esta comisión, hoy la solidez de sus representantes ha permitido este avance fundamental.
Sin duda alguna, la acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana ha sido y es encomiable y admirable. A su vez, no se ha dormido en sus laureles, sino que ha salido a defender sus ideas con mucha entereza cuando los corifeos del poder, de todos lados, empezaron a arreciar con ideas clichés.
Asimismo ha sido importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto decisivo.
No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los “notables”, las personalidades, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son interlocutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos.
Esto se demuestra primero con la postergación, luego el ninguneo, y ahora la suspensión del Registro Único de Victimas del Consejo de Reparaciones. Una lentitud del elefante ha dado el ritmo para que sus trabajadores, indignados, no salgan solo a reclamar por sus efímeros puestos de trabajo, sino sobre todo, por culminar una tarea imprescindible. ¿Qué va a suceder ahora?, ¿quién de nuestros “notables” tendrá que convertirse en voz e insignia de las víctimas?
Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y en un grupo importante de diarios en español y en inglés) defendiendo la importancia de un Museo de la Memoria y declarando la estupidez que implicaba aducir que ese dinero “sería mejor destinado a paliar la pobreza” como lo dijo un ministro.
Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado, si es que los programas sociales están bien articulados, y no son, simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa. Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas, los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror. Como ha dicho Vargas Llosa, esta es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.
Pero, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades que tienen profundamente internalizada la idea de la ciudadanía “tutelada”?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?
Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del “taita”, de aquel que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros.
El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.
Esta kolumna salió publicada tal cual en Domingo de La República el 2 de Noviembre de 2009, pero en realidad, es un re-mix de esta kolumna publicada en abril de este año en este mismo blog. La excelente e irónica fotografía la he tomado del blog del escritor y periodista piurano Josué Aguirre que en la foto "hace las veces" de Cabrera Infante.
Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.
Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto. Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por
Mujeres soldados kurdas.
La coprolalia y la política peruana se seducen permanentemente. Como sostiene Marco Sifuentes en su
La semana que acaba de pasar una noticia que “parecía privada” fue hecha pública debido al rol de uno de los implicados: se trata del acuchillamiento del congresista Ricardo Pando por su esposa Milagros Morales. Debido a la increíble impopularidad de los congresistas y a la historia anterior del caso (acoso de todo tipo) el público en general se ha solidarizado con la atacante: “Pobrecita, eso lo hizo por desesperada” es lo que se ha escuchado en los programas radiales de micrófono abierto.
Me sorprendió un alumno de un curso sobre testimonios cuando, al final de mi exposición de un caso, me preguntó qué era una picana. La palabra, por supuesto, la había utilizado varias veces durante la clase para señalar cómo se torturaba durante el conflicto armado. “No sabe lo que es una picana” pensé, “no ha aprendido aún el mal de este mundo”. Procedí a explicarle: es una máquina, un aparato casero, que genera corriente eléctrica; se usa poniendo un cátodo en uno de los genitales, o mucosas, o en los pezones, y el ánodo en alguna otra parte del cuerpo, para que el torturado reciba una corriente eléctrica. Mientras un “operador” conecta el cuerpo a las dos fuentes de energía, otro, desde la bobina, maneja la cantidad de voltios. Se produce un shock fulminante que tiene como objetivo debilitar al prisionero para que “hable”.
Mi primer contacto con el antropólogo-filósofo Edgar Morin fue a través del amor. Exactamente: uno de sus textos sobre “la complejidad” fue publicado en uno de los últimos números de la famosa revista mexicana “Vuelta” y se centraba en la relación amorosa y el apego. Morin planteaba, si mal no recuerdo, que mientras crecía el apego se desintegraba el deseo, y que esto era resultado de la institucionalización del amor. Yo andaba buscando un marco teórico para poder sustentar un análisis de una novela en la que el personaje principal se resiste a toda normalización de la pareja (léase matrimonio o convivencia) e incluso al mismo enamoramiento. Mi hipótesis era que en la vida contemporánea la Utopía del Amor ha caído en desgracia frente al pragmatismo de la “relación de pareja” y la propuesta de Morin algo de razón me daba. Y me preguntaba: siendo el amor nuestra última utopía en una época en que la razón cínica reina sobre todas las cosas, ¿hay alguna manera de evitar caer abatidos debajo de los últimos cristales de su ruina?

No la busque en el diccionario de la RAE: la palabra que encabeza esta columna no existe según la academia. Claro, de que se usa, sin duda: es un anglicismo que algunos hispanohablantes de “habla culta” como diría Martha Hildebrandt, ergo, oficinistas, ejecutivos, secretarias, maestros universitarios y estudiantes, la usan muchas veces incluso sin entenderla. Procrastinar es simplemente dejar para mañana lo que puede hacer hoy. Posponer lo importante por lo urgente, dejar para más adelante lo desagradable. Procrastinar es patear para el día siguiente una acción que exige de nosotros un esfuerzo mayor que el usual. Postergar y postergar tareas. Evadir las responsabilidades que uno debe enfrentar aplazándolas indefectiblemente. Sospecho que de alguna manera procrastinar es huir. 
