Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

November 2, 2009

Notables y subalternos

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Gracias a una resolución suprema firmada por el entonces primer ministro Yehude Simon se designó a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión gestione “la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes”.  Uno de sus frutos ha sido la donación de la Municipalidad de Miraflores de un terreno muy apropiado de 8,300 metros cuadrados, con vista al mar, como espacio físico para la infraestructura del mismo. A pesar de los vientos en contra durante los primeros meses de creada esta comisión, hoy la solidez de sus representantes ha permitido este avance fundamental.

Sin duda alguna, la acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana ha sido y es encomiable y admirable. A su vez, no se ha dormido en sus laureles, sino que ha salido a defender sus ideas con mucha entereza cuando los corifeos del poder, de todos lados, empezaron a arreciar con ideas clichés.

Asimismo ha sido importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto decisivo.

No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los “notables”, las personalidades, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son interlocutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos. 

Esto se demuestra primero con la postergación, luego el ninguneo, y ahora la suspensión del Registro Único de Victimas del Consejo de Reparaciones. Una lentitud del elefante ha dado el ritmo para que sus trabajadores, indignados, no salgan solo a reclamar por sus efímeros puestos de trabajo, sino sobre todo, por culminar una tarea imprescindible. ¿Qué va a suceder ahora?, ¿quién de nuestros “notables” tendrá que convertirse en voz e insignia de las víctimas?

Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y en un grupo importante de diarios en español y en inglés) defendiendo la importancia de un Museo de la Memoria y declarando la estupidez que implicaba aducir que ese dinero “sería mejor destinado a paliar la pobreza” como lo dijo un ministro.

Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado, si es que los programas sociales están bien articulados, y no son, simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa. Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas, los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror. Como ha dicho Vargas Llosa, esta es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.

Pero, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades que tienen profundamente internalizada la idea de la ciudadanía “tutelada”?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?

Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del “taita”, de aquel que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros.

El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.

Esta kolumna salió publicada tal cual en Domingo de La República el 2 de Noviembre de 2009, pero en realidad, es un re-mix de esta kolumna publicada en abril de este año en este mismo blog. La excelente e irónica fotografía la he tomado del blog del escritor y periodista piurano Josué Aguirre que en la foto "hace las veces" de Cabrera Infante.

October 26, 2009

Decisiones estéticas-sub proletarias

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Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.

Hay varios elementos que pueden convertir a una lectura en una loa y uno de ellos es el chantaje: el jefe del periódico (o universidad) donde trabajas –tú eres un escritor en ciernes– publica un cochambroso opúsculo dizque en versos, y te lo pone enfrente para que le hagas la reseña de rigor (¡sí, en su propio medio de comunicación, o en la revista de la universidad que él mismo dirige!). Entonces:

a. Le dices que no puedes porque va contra tus principios, pero que se lo pasarás a uno de tus conocidos (ejem, enemigos), sabiendo que bien pronto te quedarás sin trabajo, pero saboreando la venganza.

b. Le dices que lo harás, pero que opinarás con todo el rigor del que eres capaz (capacidad proporcional a tu “compensación por tiempo de servicios” que se agotará a los dos meses de desempleo).

c. Le dices que “bueno, pues”, y escribes una serie de calificativos inocuos y pareceres gaseosos o, mucho mejor, haces un análisis semiótico de dos poemas, con actantes y secuencias narrativas y cuadros semióticos y hablas del cuerpo-texto y del análisis lacaniano-zizekiano, pero salvas el puesto.

d. Le dices que “por supuesto”, “encantado”, “con todo gusto” y le pasas la franela de la mejor manera posible con todas las esdrújulas utilizables en una loa de falso calibre, y te ascienden a editor.

e. Ninguna de las anteriores.

Me imagino que hay más respuestas y variaciones del mismo tema: el asunto es que la situación anterior no es culpa del escritor-crítico sino del otro individuo que lo pone en una situación incómoda. Algo completamente diferente es que un amigo o amiga, compañera de aventuras y de estudios, co-generacional y co-universitaria, aquella cuyo hombro sirvió de apoyo para tantos llantos, nos pide que presentemos su libro. Leemos el libro y no nos gusta. ¿En la presentación seremos capaces de decirle a nuestra amiga escritora o poeta que se equivocó, que erró esta vez el camino, que se está anquilosando o repitiendo machaconamente?, ¿es posible ser riguroso y no encontrar siquiera un verso digno de ser admirado?

¿Y qué sucede en la situación opuesta cuando un colega que escribe desde nuestra propia opción escritural nos pide que le presentemos un libro? Leemos el texto, y nos sentimos totalmente identificados con el mismo (por supuesto, es la misma opción, es la misma estética, son los mismos elementos), nos parece maravilloso, extraordinario, realmente muy bueno… y seguimos presentando libros de todo el barrio poético sin darnos cuenta que nos ha quedado el talán del coro.

Otra posibilidad que se ha dado en el Perú: el poeta es también un excelente crítico, y un excelente poeta, tiene amigos muy buenos poetas, otros regulares y muchos mediocres, decide que su opción estética es la única válida de su generación, y escribe precisamente un libro para validarla: incluye a tirios y troyanos, pero a la hora del balance, solo incluye a “los suyos” como la “mejor opción escritural de la generación A”. Y entonces, en una vuelta de tuerca digna de un puntero mentiroso, se valida a sí mismo y a su estética como “la opción” poética del canon peruano del Perú (perdonen la tristeza).

Esta kolumna ha sido publicada en Domingo de La República el 25 de octubre de 2009,día del octogésimo quinto cumpleaños de doña Aura Manrique.

October 18, 2009

Yo no he abortado

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Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto.  Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por prácticas clandestinas de abortos en las peores condiciones. Yo soy cristiana y, por eso mismo, defiendo la vida misma y no la viabilidad de una célula. No se trata de un derecho al cuerpo, en mi opinión, sino de una defensa de la especie y de las mujeres como sujetos antes que como vientres.

Hace veinte años, y sin haberme casado, salí embarazada en Viena, Austria. Después de quedarnos pasmados mirando el color celeste del reactivo químico, Eduardo y yo nos dimos cuenta de que se confirmaban nuestras sospechas. La dueña de la casa que alquilábamos, Elfriede Svatek, me acompañó al Krankenhaus (no tenía ni una sola amiga que lo hiciera). En el hospital público un joven doctor de la India me preguntó en inglés por la última fecha de mi menstruación. Luego de examinarme me confirmó el embarazo y me preguntó si lo quería tener. “Natürlich” le contesté, un poco indignada por la pregunta, y por la obsecuencia de mi juventud. El doctor me precisó que si quería abortar, necesitaba regresar de inmediato al día siguiente con mis documentos y mi ropa de cama; pero si lo quería tener, entonces, debía regresar en un mes para el segundo chequeo.

Me sorprendió la situación y la poca importancia que le había dado Frau Svatek: una dama setentona típica, abuelita, y sobre quien yo sospechaba cierto disimulado racismo. Ella me explicó que el servicio de salud austriaco era gratuito y que pensara dos veces si quería tener a la criatura. Muchos años después entendí que en Austria ad portas de la caída del muro de Berlín, durante el convulsionado 1989, los hospitales públicos atendían a todo tipo de mujeres, locales o inmigrantes, con papeles o sin papeles, porque la interrupción legal del embarazo era un derecho completamente aceptado. Frau Svatek también me enseñó dónde quedaba la Votivkirche porque ella asistía todos los domingos. Era católica, conservadora, pero reconocía plenamente una política pública que Europa había legalizado muchos años atrás.

¿Por qué no aborté? Yo esperaba a esa hija mucho antes de estar embarazada, con gran curiosidad y mucha irresponsabilidad de mi parte. Veinte años después me doy cuenta de que hubo razones concretas para aceptarla: tenía cierta esperanza económica en el futuro y había terminado mis dos carreras. No pasaba por una angustia mayor, excepto la de encontrarme bastante sola, y lejos de mi país. ¿Qué hubiera sucedido si mi embarazo hubiera sido el resultado de una violación en masa por siete sinchis como el de Giorgina Gamboa?, ¿o el producto de las torturas como el caso de Magdalena Montesa?, ¿o de la violación del propio padre como el de E.M.O., piurana, 16 años?, ¿o si el feto era anencefálico como el tortuoso embarazo de  Karen Llantoy? La historia hubiera sido completamente diferente y, en todo caso, la opción por la defensa de la vida palpitante de la madre supera cualquier necesidad de convertirla en depósito de vida.

Es absurdo creer que alguien puede estar “a favor” del aborto. Pero, despenalizarlo es una necesidad urgente para evitar la criminalización de una decisión difícil, terrible, pero que conlleva una responsabilidad de un ser humano libre: nosotras las mujeres. Lo incongruente es que sean hombres célibes quienes, en este acalorado debate, se adueñen de la verdad sobre la maternidad y sus límites.

Esta kolumna ha sido publicada el 18 de octubre en el suplemento Domingo de La República.

October 6, 2009

Las mujeres y la guerra

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Mujeres soldados kurdas.

Mientras nuestros vecinos se alistan a una absurda carrera armamentista y nuestro canciller propone un más que adecuado pacto de no agresión en la ONU para crear un sistema colectivo que garantice la paz en América Latina, y cuando los ánimos se caldean entre el personal de las FFAA ante la obsolescencia de los equipos y material bélico, en medio de todo este animus belligerandi, el IDL y DESCO publican un informe sobre los soldados vulnerables. ¿Soldados vulnerables?, ¿existen? Lamentablemente no todos los soldados peruanos son de élite: hay algunos más vulnerables que otros, y son aquellos que sufren discriminación.

Si bien es cierto que el Servicio Militar Voluntario ha finiquitado con prácticas autoritarias que iban en busca de “tropa” entre los campesinos de la sierra, aún siguen dándose en las Fuerzas Armadas múltiples formas de discriminar debido precisamente a un pensamiento militar que se basa en la “virilidad”. Hoy, luego de años de conflicto armado interno y de un régimen que cooptó a muchos oficiales de las tres armas, las mismas instituciones buscan canales más democráticos de ejercer sus actividades, pero es sumamente difícil desterrar ciertas “maneras de entender el mundo” del personal militar.

En primer lugar está el tema de las jerarquías que, si no se condice con un buen liderazgo, puede convertirse en ejercicios autoritarios del poder a los que estamos, en el Perú, tan lamentablemente acostumbrados. Pero también está el tema de que los ejércitos han sido espacios de hombres solos. Claro que existen historias de mujeres en batalla, solo por mencionar una recordemos a Juana de Arco, pero históricamente los ejércitos han sido espacios de “guerra cuerpo a cuerpo” y, por lo tanto, los soldados, reclutas, marinos y aviadores han sido generalmente varones. Esto ha implicado que los ejércitos sean una “comunidad de varones” –como la jerarquía eclesiástica– cuyas prácticas estaban centradas, precisamente, en mantener ese espíritu de cuerpo a través de lo que algunos denominan “virilidad”.

Por lo menos esto quedó más o menos claro en palabras del Gral. César Huertas el día de la presentación del informe del IDL-DESCO, cuando sostuvo que a pesar de la entrada de las mujeres, las Fuerzas Armadas no iban a dejar de ser viriles, por lo tanto, las damas tenían que adecuarse a esta sensibilidad. No obstante, el vicealmirante Carlos Tubino sostuvo que las mujeres pueden llegar a ser generales, pero dentro de determinadas “armas”, porque no se las puede exponer en unidades de primera línea como la artillería, la caballería o, en el caso de la Marina, en los submarinos, pues “a veces dos submarinistas duermen en la misma litera porque el espacio es demasiado reducido”. Es cierto: una mujer en una comunidad de varones puede producir problemas de este tipo, del día a día, de las prácticas de guerra, pero ¿realmente no está capacitada para ser submarinista o para pelear en primera línea? La comparación es odiosa y hasta quizás faltosa, pero pidiendo las disculpas del caso… ¿si Sendero Luminoso tenía a varias mujeres en la cúpula, como mandos y como combatientes, por qué las mujeres no podrían participar en un ejército regular en primera fila?

Pero aquí sí tengo una pregunta para nosotras, feministas, para las mujeres y los hombres que se preocupan de las mujeres en las FFAA: ¿realmente es un avance que una mujer forme parte de los ejércitos? No lo creo. Quizás soy más pacifista que feminista en el fondo de mi corazón.

Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 4 de octubre de 2009.

September 28, 2009

Perros y cabrones

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La coprolalia y la política peruana se seducen permanentemente. Como sostiene Marco Sifuentes en su blog, en algunos casos, los periodistas y la opinión pública hacen una tormenta, con rayos y truenos; en otros casos, ni se dan por enterados, o les parece una gracia criolla de un ex ministro con alma de gringo. Sin embargo, y a propósito del término soltado por Humala, valdría preguntarse ¿que implica ser un cabrón en la política peruana?

Un cabrón es alguien “molesto” o el que aguanta los agravios. El término ya se encuentra en el primer diccionario de la academia de 1721, y se refiere al macho de la cabra, pero aquel que ya está viejo y tiene una gran cornamenta, así como al que tolera y exhorta la infidelidad de la esposa. En la edición 23 del diccionario hay varias acepciones, pero en ninguna de ellas se refiere a “cobarde” (la alusión que hace Humala en el Cusco). Cabrón, como dicen los españoles, en buena cuenta, es el perverso que actúa mal, el desgraciado que no ahorra en traiciones ni cuchilladas, alguien que va de “machito” por la vida, o en el caso de ser una “cabrona”, es alguien que se ha comportado de manera infame. Cabrón se refiere a ser una verdadera mala persona.

No creo que en ese sentido haya sido planteada la palabreja en el fragor del discurso electorero. Pero por cierto en la política peruana tampoco nos encontramos exentos de cabrones y cabronas que no solo faltan al honor o a la solidaridad, sino que, además, son perversos y suelen tratar de imponer sus maneras de entender el mundo más allá de toda tolerancia y actuando incluso con agresividad y dolo. En realidad se trata de una metáfora animal para simplemente denominar a un miserable.

En ese sentido, remarcando la miserabilidad de sus acciones, quienes matan a un par de animales indefensos para dejar constancia de que son “tan malos” que pueden incluso atentar contra la vida de su dueño, podrían calificarse como cabrones. Una amenaza escenificada de esta manera es una acción indigna cometida contra otro. Un acto infame realizado por personas envilecidas y degradadas que, en el fondo, son increíblemente cobardes. Matar a dos perros para amenazar al dueño es un acto retorcido.

Precisamente eso ha sucedido con el ex presidente de la CVR y ex rector de la PUCP, Salomón Lerner: el 5 de septiembre asesinaron a sus dos perros en su propia casa y por más que los llevó rápidamente al veterinario, este no pudo salvarlos. ¿Qué insanía puede acometer este tipo de “advertencia”? Una que nos está envolviendo, que nos persuade de que tengamos miedo, de la misma manera como lo pretendieron aquellos que colgaron perros muertos de los postes de luz durante los años 80. Pero esos pobres y desdichados perros colgados para metaforizar la muerte de Deng Xiao Ping no tenían dueño: estos sí, y esa persona, que se ha jugado por una nación diferente, ha sido directamente amenazada. ¿Por qué y por quiénes? Por aquellos que precisamente no soportan sus propias verdades: esos intolerantes a cualquier otra manera de entender el mundo.

Como bien dice Javier Torres “¿a quién le puede pedir protección y seguridad un defensor de los derechos humanos?, ¿a la policía en este contexto de tensiones sociales?, ¿a las empresas privadas de seguridad que son manejadas por ex miembros del servicio de inteligencia o por los marinos? Hay razones de peso para que Salomón Lerner esté bastante preocupado”. Creo que hay razones de peso para creer que la vida de Salomón Lerner está en juego y seríamos todos demasiado cobardes si nos quedamos callados.

Esta kolumna ha sido publicado en Domingo de La República del 27 de septiembre de 2009.

La ilustración es de Alvaro Portales.

September 15, 2009

Cuchilladas

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La semana que acaba de pasar una noticia que “parecía privada” fue hecha pública debido al rol de uno de los implicados: se trata del acuchillamiento del congresista Ricardo Pando por su esposa Milagros Morales. Debido a la increíble impopularidad de los congresistas y a la historia anterior del caso (acoso de todo tipo) el público en general se ha solidarizado con la atacante: “Pobrecita, eso lo hizo por desesperada” es lo que se ha escuchado en los programas radiales de micrófono abierto.

Me sorprende mucho esta percepción del público: después de tantos años de trabajo sobre estos temas, y aún siendo la violencia de género muy fuerte en la sociedad, ha calado la idea de que las mujeres que reciben violencia física y psicológica continua pueden tener este tipo de salidas, totalmente injustificables, pero explicables a la sazón de antecedentes de maltrato a todo nivel. El caso de Milagros Morales es como el de muchas esposas y madres que incluso han asistido a espacios de apoyo jurídico y psicológico pero que, por una serie de ideas-fuerza sobre la preponderancia de la familia ante la salud psíquica de ellas mismas, prefieren “sacrificarse” por los hijos y seguir manteniendo una relación de por sí imposible. Por supuesto esta situación no hace sino agravar la violencia durante la convivencia y los niveles de frustración que, finalmente como un géiser, salen a flote a través de un arma blanca.

Hace algunos años sucedió otro caso parecido aunque no se trataba de una pareja sino de madre e hija: me refiero al mentado caso de Giuliana Llamoja. El suceso se hizo público de inmediato y con gran escándalo porque el tema del uxoricidio siempre es absolutamente morboso. Las cuchilladas inventadas por la prensa crecían a medida que la polvareda cobraba ribetes edípicos: se trató de echar cierta culpa psicológica al padre, a las relaciones desiguales, a las veleidades de la victimaria. Lamentablemente las consecuencias en este caso fueron fatales y, por eso mismo, no habrá posibilidad de escuchar a la víctima dando su propia versión. Pero al parecer también se trató de un géiser de frustración continua debido al acoso moral de la madre: un chorro de emociones que salió convertido en una mortal cuchillada para mala suerte de ambas mujeres.

Me pregunto ante estas dos situaciones: ¿qué sucede cuando una mujer empuña un arma?, ¿la violencia empodera a la mujer?, ¿en qué medida hacer uso de la agresión física directa permite que esos sujetos, totalmente avasallados por sus acosadores, adquieran una mínima posibilidad de adquirir cierta “agencia” aunque esta haya sido totalmente desastrosa?, ¿son estas victimarias también víctimas de estas relaciones perversas que se mantienen por decoro o  por miedo?

Hay algunas personas que ante la creciente y tenaz situación de sentirse humilladas, ninguneadas, explotadas, y simbólicamente agredidas –como esa maldita gota que segundo a segundo, en su insoportable persistencia, orada una piedra– revientan con un acto de violencia hacia el agresor: hay otras (habemos otras) que ante tanto y tanto avasallamiento no podemos sino reventar hacia adentro: la cuchillada clavada en la propia piel. A veces un suicidio es una puesta en carne propia de aquella cuchillada que no se quiso poner en el cuerpo del marido, de la madre, del violador. 

Una sociedad sana debe dar cabida a pensar en estas frustraciones y, sobre todo, asegurar protección a estas víctimas-victimarias.

Esta kolumna fue publicada en La República el domingo 15 de septiembre de 2009.

September 9, 2009

La picana

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Me sorprendió un alumno de un curso sobre testimonios cuando, al final de mi exposición de un caso, me preguntó qué era una picana. La palabra, por supuesto, la había utilizado varias veces durante la clase para señalar cómo se torturaba durante el conflicto armado. “No sabe lo que es una picana” pensé, “no ha aprendido aún el mal de este mundo”. Procedí a explicarle: es una máquina, un aparato casero, que genera corriente eléctrica; se usa poniendo un cátodo en uno de los genitales, o mucosas, o en los pezones, y el ánodo en alguna otra parte del cuerpo, para que el torturado reciba una corriente eléctrica. Mientras un “operador” conecta el cuerpo a las dos fuentes de energía, otro, desde la bobina, maneja la cantidad de voltios. Se produce un shock fulminante que tiene como objetivo debilitar al prisionero para que “hable”.

Los argentinos tienen la triste iniciativa de haber inventado este método de tortura. Al parecer la picana fue utilizada en las ganaderías porque se tenía la idea de que afirmaba el músculo de la res y mejoraba la calidad de la carne. Por supuesto se aplicaba sobre los trozos ya cortados. A alguien se le ocurrió pasar el efecto a seres humanos vivos y con todos los terminales nerviosos en perfecto funcionamiento, de tal manera que un toque de picana los podía volver indefensos y frágiles. Dicen que este aparato empezó a ser usado alrededor de 1932 por la policía argentina a iniciativa del ahora tristemente célebre Polo Lugones, jefe de la misma durante la dictadura de José Félix Uriburu. En todo caso, su uso se extendió por toda América Latina, con especial énfasis en los regímenes de Videla y Pinochet.

La picana es, pues, un invento perverso. Una manera de someter y de anular toda disposición corporal con el objetivo de “ablandar” a las víctimas. La aplicación de la misma exige por lo menos de dos personas maniobrándola y, por lo tanto, su puesta en funcionamiento es en “operativo”. Su uso extendido en los aparatos estatales represivos latinoamericanos es obsceno, sobre todo, si se considera que se trata de un ejercicio del poder del Estado sobre los cuerpos étnicamente marcados como subalternos (un 70 % de las víctimas).

Leyendo los testimonios recogidos por la CVR encuentro, así nomás, sin mayor persistencia, más de 20 en los que se menciona este sistema de tortura. Escojo casi al azar el siguiente: “Luego que me han colgado me aplicaron electricidad, bien fuerte, me quedé por un tiempo, me desmayé […] Tenía unos cables, me empapaban y luego me colocaban cables pelados; a mí me colocaban en el pecho, yo sé que a otros le aplicaban incluso en los testículos […] Yo recuerdo mucho a uno de los detenidos porque lo sacaban conmigo casi siempre […] él entraba antes, no recuerdo su nombre, y yo sé que cuando lo pusieron a él el citófono nunca había gritado […] y escuché que gritaban ‘está convulsionando, ya no podemos aguantarlo, no podemos controlarlo, está muy alto’. No sé qué más decían y lo sacaron. Se lo llevaron. Nunca más lo vi, tal vez lo desaparecieron, le aplicaron electricidad que seguro fue demasiado. Decían entre ellos ‘estaba arrojando espuma’. Ya no lo vi más” (Testimonio 700017).

¿Cómo es posible que, en nuestro país, un “efectivo policial o militar” que debe servir para defender a los ciudadanos reciba un sueldo para torturarlos?, ¿por qué aún hoy en día se justifican esos actos obscenos con un discurso autoritario? La ejecución de una tortura requiere de una justificación tan alucinantemente introyectada que, incluso, ni se cuestiona.

¿Ha experimentado alguna vez una descarga eléctrica? Piénselo, impávido lector, distraída lectora, perciba sobre su piel con su imaginación la sensación de tanta vileza.

La ilustración es de Raúl Lozza (Buenos Aires 1911-2008)

Esta kolumna ha sido publicada en La República el domingo 6 de setiembre de 2009.

August 30, 2009

El pensamiento complejo

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Mi primer contacto con el antropólogo-filósofo Edgar Morin fue a través del amor. Exactamente: uno de sus textos sobre “la complejidad” fue publicado en uno de los últimos números de la famosa revista mexicana “Vuelta” y se centraba en la relación amorosa y el apego. Morin planteaba, si mal no recuerdo, que mientras crecía el apego se desintegraba el deseo, y que esto era resultado de la institucionalización del amor.  Yo andaba buscando un marco teórico para poder sustentar un análisis de una novela en la que el personaje principal se resiste a toda normalización de la pareja (léase matrimonio o convivencia) e incluso al mismo enamoramiento. Mi hipótesis era que en la vida contemporánea la Utopía del Amor ha caído en desgracia frente al pragmatismo de la “relación de pareja” y la propuesta de Morin algo de razón me daba. Y me preguntaba: siendo el amor nuestra última utopía en una época en que la razón cínica reina sobre todas las cosas, ¿hay alguna manera de evitar caer abatidos debajo de los últimos cristales de su ruina?

En fin. El tema del amor es complejo, pero no es el punto central de las indagaciones de este profesor judío francés de origen sefardí (nacido Edgar Nahum) sobre lo que él y otros investigadores han denominado “el pensamiento complejo”, que sería una manera de entender el mundo desde una perspectiva heterogénea y transdisciplinaria, más difícil por supuesto, pero definitivamente, más intensa.

Se podría especular que lo contrario a pensamiento complejo es un pensamiento simple: simplemente equivocado. Lo contrario, según esta propuesta teórica, es un pensamiento fragmentario que organiza al conocimiento en compartimientos estancos y que no puede tener una apreciación holística de un fenómeno. En otras palabras lo que ahora se denomina “especialización”: centrarse en un fragmento tan ridículo de realidad que solo otro tan especializado como uno puede entendernos. La vocación del “pensamiento complejo” es la de integrar no solo las humanidades entre sí, sino, sobre todo, estas con las ciencias: la matemática, la termodinámica, la teoría de los cuanta,  la nueva cosmología. En su famoso libro “La Méthode” Morin plantea un tetragrama para entender su propuesta: orden/desorden/interacciones/organización. El propósito del pensamiento complejo es enfocar un objeto de estudio en su contexto, en su genealogía, en su devenir.

Por lo tanto, lo que ahora se denomina pensamiento complejo, según Edgar Morin, es un regreso a la mirada de las Humanidades: pensar vinculando, deconstruyendo, linkeando, abriendo diez ventanas en nuestra mente y operando en cross-over.  Pero a diferencia del Renacimiento, hoy tenemos un mar de información permanente ametrallándonos al oído. ¿Cuál es el gran riesgo? La dispersión. Según lo señala en su autobiografía:“La dispersión es la amenaza permanente que gravita sobre mi apertura y mi búsqueda. Todavía hoy intento, día tras día, aprehender el mundo en su multiplicidad y su devenir… Todo lo que leo dispersa mi reflexión y al mismo tiempo la estimula. Sin embargo estoy desbordado: los textos, artículos, libros que debo de leer se amontonan, se esparcen, me ahogan… Pese a mi conciencia cada vez más aguda de lo inacabado y lo inacabable, sigo lanzando mis redes para pescar el océano”.

Edgar Morin pasó por Lima esta semana y esperemos que su pensamiento se vuelva arborescente en una ciudad tan predispuesta a las multiplicidades y lo inabarcable. 

Esta kolumna fue publicada en Domingo de La República el 30 de agosto de 2009.

August 24, 2009

Madres & Hijas

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Un crimen pone de relieve las difíciles relaciones entre madres e hijas.

Me perturbó saber que la autora del crimen de Miriam Fefer ha sido, aparentemente, su propia hija. No solo porque yo también tengo una hija (y solo una) o por el detalle policial y el obvio asunto morboso: sino también porque el caso pone sobre el tapete los frágiles vínculos que algunas hijas tienen con sus madres, y viceversa. En sociedades donde los valores patriarcales se han diluido en un autoritarismo irresponsable (el padre ausente), los vínculos entre mujeres solas, como entre madres e hijas, se vuelven extremadamente complicados. Como sostiene la feminista francesa Luce Irigaray, la relación de la hija con su madre es, desde siempre, desde el útero, una lucha cuerpo a cuerpo.

Una relación que no se centra solo en la necesidad de la hija por reafirmarse en su individualidad y separarse de la madre sino, precisamente, porque en ese afán debe de rechazarla e identificarse a su vez, debe de negarla y amarla, de sentirse cómplice y adversaria, de culparla por otras ausencias (la del padre, por ejemplo) y de eximirla. Una relación en la que tensiones de todo tipo adelgazan el cordón umbilical hasta volverlo una gasa que no cura las heridas. 

¿Qué requieren dos mujeres que han sido una sola para poder pararse frente a frente y reconocerse como diferentes? Debe de haber valentía, sobre todo, y las manos de la madre abiertas de par en par sabiendo que una hija no es propia, al contrario, se pertenece a sí misma en la medida en que se desprende de la madre. Los hijos son de la vida: no hay mano firme que pueda aprehenderlos sin ahogarlos. La hija podrá andar sola cuando, finalmente, pueda mirar a la madre desde lejos y reconocerse, como dice Irigaray, como una imagen especular: “Te miras en el espejo. Y tu madre se encuentra ya en él. Y pronto tu hija madre. Entre las dos, ¿quién eres tú?, ¿dónde encontrar-reencontrar tu lugar?”.

Las fotos de Fefer y Bracamonte dan cuenta de un parecido asombroso, y de una actitud aparentemente similar, ligeramente soberbias, ocultando quizás una fragilidad difícil de portar en mujeres que desde siempre están destinadas a los negocios.  ¿Cómo afrontar la fortuna y la soledad, la sobrecarga laboral y la angustia por el envejecimiento? En las fotos de Fefer que circulan en los diarios la vemos maquillada, con los hombros descubiertos, mostrando orgullosa una belleza otoñal y un cuerpo todavía incitante; en las que circulan ahora de Bracamonte la vemos en la cúspide de su juventud, desafiante, fresca, sonriente, abrazada a su vez a otra mujer en un acto de lo más trasgresor. Y me asalta a la mente: ¿qué tienen en común madre e hija en esas fotos, además de las cejas tupidas, y la frente alzada?, ¿qué hay de común en esos cuerpos además del parecido físico?, ¿qué las asalta, que las hunde, qué las inmoviliza?

No quiero entrar en disquisiciones psicológicas para interpretar un crimen cometido con perfidia, alevosía y ventaja, pero no puedo dejar de observar que todas las hijas venimos de una madre que, de alguna u otra manera, nos ha enseñado a respirar, a sobrevivir y a transgredirnos en ellas. 

La ilustración es una escultura de Willowtree.

Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 23 de agosto de 2009.

August 16, 2009

Procrastinar

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No la busque en el diccionario de la RAE: la palabra que encabeza esta columna no existe según la academia. Claro, de que se usa, sin duda: es un anglicismo que algunos hispanohablantes de “habla culta” como diría Martha Hildebrandt, ergo, oficinistas, ejecutivos, secretarias, maestros universitarios y estudiantes, la usan muchas veces incluso sin entenderla. Procrastinar es simplemente dejar para mañana lo que puede hacer hoy. Posponer lo importante por lo urgente, dejar para más adelante lo desagradable. Procrastinar es patear para el día siguiente una acción que exige de nosotros un esfuerzo mayor que el usual. Postergar y postergar tareas. Evadir las responsabilidades que uno debe enfrentar aplazándolas indefectiblemente. Sospecho que de alguna manera procrastinar es huir.

En el último año me he convertido en una procrastinadora académica. Me explico: hay algunas tareas de investigación y de dictado de talleres que estoy pateando y pateando hacia delante, como cuando alguien se encuentra una piedrita en la calle, y cree absurdamente que en algún momento meterá un gol. Sé que debo afrontarlas, pero hay algo muy adentro de mí que me paraliza y no tiene que ver con responsabilidad, miedo a la chamba u ociosidad a los cuarenta, sino con una sensación indefinible de temor a no dar la talla. ¿Ese producto terminado realmente va a reflejar todo el esfuerzo que le he puesto?

La procrastinación como problema está vinculada directamente con la mala gestión del tiempo: creer que una actividad puede demorar unos 15 minutos, cuando en realidad es indispensable por lo menos una hora y media. A veces pienso que puedo escribir una ponencia durante un fin de semana cuando, en realidad, se requiere de mucho tiempo para ir madurando un tema incluyendo charlas de café, otros libros revisados de interés colateral, o conversaciones largas con amigos que nos alumbran hacia caminos escondidos. Procrastinar es también dejar algo para último minuto: el pago a la SUNAT, la entrega de aquel artículo, la corrección de exámenes. A esto se le denomina el “síndrome del estudiante” que pudiendo entregar con antelación lo hace un segundo antes de que se termine el tiempo.

Pero ¿qué sucede cuando la procrastinación no deviene en un acto personal sino estatal? A pesar de que los operadores del Estado sean seres humanos, las actividades en conjunto, bajo responsabilidad administrativa, no pueden ser procastinadas: no se trata de perjudicarse uno mismo por dejar las cosas a última hora, sino de permitir que por lenidad algunas personas no tengan condiciones mínimas de vida. Si la procrastinación humana es un síntoma de depresión, ¿la procrastinación estatal es un síntoma de corrupción?

Hace dos años que un terremoto remeció las conciencias de muchos peruanos, algunos voluntaristas se lanzaron a apoyar de inmediato y ayudaron en un primer momento. Pero pasada la urgencia, surgió lo importante: la reconstrucción de Pisco. Y esta tarea no puede estar simplemente en manos de la caridad: es un deber y una obligación del Estado. Se apostó por una gestión autoritaria y jerárquica (¿qué es un zar sino un dictador?) y lamentablemente no se obtuvo más que expectativas sin cumplir.

¿Qué hacer?, ¿en manos de quién poner la gestión y el dinero para evitar la inacción y la corrupción? No se me ocurre otra solución que ponerla en manos de las iglesias, en concreto, de la Conferencia Episcopal y al Concilio Nacional Evangélico, entre otras, y darles el apoyo imprescindible, la logística y el monitoreo para actuar rápido y de manera eficaz. Y quizás una visita del Presidente de la República sea un mínimo acto simbólico urgente.

Esta kolumna fue publicada en la revista Domingo de La República el 16 de agosto de 2009.

Para una cobertura fotográfica bastante buena sobre la tragedia mirar las fotos de Giancarlo Tejeda en este mismo blog.






















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