Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

November 22, 2009

Pishtacos y espías

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Al parecer no es solo uno: varios serían los ladrones de grasa humana; así como varios los traidores a la patria. Los pishtacos de la actualidad podrían pasar piola como cocaleros del valle del Monzón; los espías contemporáneos han perdido el glamour de la guerra fría y son apenas parecidos a cualquier mediocre corrupto. Los pishtacos huanuqueños actuaban como operadores del capitalismo global que requiere de materias primas tercermundistas, en este caso grasa humana, para la elaboración de “cosméticos”. Los espías recibían dinero por Western Union –el gran Money Exchange de los inmigrantes pobres globalizados– y lo utilizaban para amortizar deudas bancarias. Real y patético.

Es así que dos de los clásicos estereotipos de los géneros literarios –el monstruo perverso y desafiante, el traidor que vende a su nación por un puñado de monedas–han pasado de lo temido como amenaza a lo vivido como realidad; de las páginas de los cuentos andinos y las novelas negras a las de los periódicos, revistas ¡y como noticia del twitter de The Guardian! Nada más y nada menos. 

Hoy en día la ficción aburre cada vez más y se ponen de moda las biografías, los testimonios, los biopics y la historia reciente: las noticias requieren de “aires de novela” y los espectáculos basados en la realidad (reality-shows) son el género televisivo por antonomasia. Las telenovelas se basan en historias de grupos musicales reales y las novelas escritas, sobre todo las del decadente realismo-sarcástico-urbano, se basan en los diarios personales de sus autores. Puro aburrimiento.

No es de extrañarse, por cierto, que los peruanos percibamos muchas veces la realidad como ficción y viceversa, y que dentro de la atronadora caja china que es la nación, con sus compartimentos-estanco, sus oasis sureños solo para ricos y sus devaneos racistas, descubramos que su núcleo duro es una parodia. Y mientras tanto siguen las movilizaciones, la crisis de partidos, los conflictos sociales provincianos, la impunidad de los congresistas y las reuniones de ejecutivos que palpan sus bolsillos antes que palpar la realidad. 

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 22 de Noviembre de 2009 en La República.

November 16, 2009

Clo & Meche

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Hace cien años murieron dos de las mujeres pioneras del periodismo de nuestro país: me refiero a Clorinda Matto y a Mercedes Cabello. Ellas representaron no solo el esfuerzo de las primeras mujeres ilustradas por el conocimiento –tuvieron la suerte de ser educadas por maestras que les enseñaron idiomas, por padres que les abrieron las puertas de sus bibliotecas y de sus mentes– y por la búsqueda de justicia –en el caso de la cusqueña Clorinda por los indígenas, Mercedes por las propias mujeres– sino también la pluma de las primeras peruanas que decidieron escribir en revistas y periódicos para participar a través de la prensa en el debate público.

Grimanesa Martina Matto Usandivaras nació en Calca, Cusco, en 1852. Luego de casarse con el comerciante Joseph Turner escribe una serie de “Tradiciones cusqueñas” que le dan mucho prestigio. Después de enviudar a los 28 años se traslada a Arequipa donde dirigió La Bolsa, y finalmente cuando llegó a Lima lo hizo para dirigir una de las revistas más importantes de la época: El Perú Ilustrado. Por la misma fecha (1889) publicó Aves sin nido, novela que causó un gran revuelo pues en sus páginas denunciaba las inmoralidades del clero (un hombre y una mujer no pueden culminar su amor porque se enteran que son hermanos e “hijos de cura”). La Iglesia no olvidaría la ofensa, y pocos meses más tarde, el arzobispo de Lima denunció a la severa Clorinda de “pornógrafa” por publicar en El Perú Ilustrado el cuento “Magdala” de Henrique Coelho Netto (se insinúa una relación non santa entre Jesús y María Magdalena). La excusa fue perfecta: Clorinda es ex comulgada y debe renunciar a la revista. Aves sin nido engrosa el index de libros prohibidos y, como es lógico, se convierte en un best seller. A los pocos años, luego de intentar sacar adelante una pequeña imprenta, Matto es repudiada por Nicolás de Piérola y su casa e imprenta son saqueadas. Tiene que salir del Perú y finalmente muere en Buenos Aires.

La vida de Mercedes Cabello tampoco fue un lecho de rosas, a pesar de que, gracias al apoyo de su familia, Cabello se convierte en una de las primeras intelectuales peruanas del s.XIX. Quizás uno de los motivos fue su estirpe moqueguana: en ese entonces una especie de centro cultural y bibliófilo bastante activo, donde Mercedes pudo aprender varios idiomas y disfrutar de las excelentes bibliotecas de su padre y de su tío. A los 22 años se traslada a Lima y luego se casa con el médico Urbano Carbonera, quien, paradójicamente, la contagia del mal que la llevaría a la “parálisis general progresiva” primero, y a la muerte después: la sífilis. Mercedes Cabello escribió encendidas defensas de la educación de la mujer y varias novelas, dos de las cuales fueron las más conocidas: Blanca Sol y El conspirador, una denuncia frontal contra el gobierno de Nicolás de Piérola.

Clorinda tenía la mirada severa, los ojos encapotados, lentes redondos y una boca muy fina. En uno de sus retratos clásicos se le ve como una severa matrona, con un sombrero de visera y flores de tocado. Por el contrario, Mercedes no usaba lentes, los ojos eran grandes y las cejas muy pobladas, el pelo ensortijado y la cara cuadrada. Clorinda intentó ser sutil y fue una mujer muy astuta; Mercedes nunca tuvo pelos en la lengua y sus denuncias siempre fueron directas y en voz alta. Ambas fueron repudiadas: Clorinda huyó al exilio, Mercedes al manicomio.

Gracias al temple de ambas, se abrieron muchos caminos que nosotras, hoy, transitamos con tanta fluidez. Acá en el Perú las mujeres les debemos –como se dijo sobre Simone de Beauvoir en Francia– todo. ¡Les debemos todo!

Esta kolumna ha sido publicada el domingo 15 de Noviembre de 2009 en el diario La República.

November 11, 2009

Lévi-Strauss sin jeans

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El antropólogo belga murió esta semana. Tenía cien años cumplidos y una obra que ha dejado huella.

La primera vez que escuché hablar de Claude Lévi-Strauss tenía trece años y mi padre se había enfrascado en una conversación con un colega sobre algunos detalles de su famosa teoría estructuralista.  La única referencia que tenía personalmente de ese nombre era la marca de mis blue jeans y haciéndome la sabihonda, les hice el comentario respectivo, y la respuesta fue una sonora carcajada. Como me quedé con el puchero asomando suavemente por las comisuras de los labios, mi padre me prestó “Tristes Trópicos”, en una edición de Editorial Tusquets. No entendí nada. Ese libro contenía palabras que no estaban consignadas en mi Pequeño Laurousse Ilustrado. Me dio tanta cólera, que me hice el firme propósito de entenderlo.

Solo muchos años después, dictando el curso que ahora llevo en la Universidad Ruiz de Montoya, he podido tratar de entender un poco más la mente genial del recientemente fallecido antropólogo y etnólogo belga. Lévi-Strauss fue quien hizo comprender a la intelectualidad occidental que las diferencias entre “salvajes y civilizados” en realidad son solo asunto de matices y de lo que posteriormente se denominó “etnocentrismo”, es decir, creer que nuestra cultura es la “buena, correcta y única posible”. Lévi-Strauss provocó con sus propuestas los primeros acercamientos a la alteridad radical, la idea de que cada ser humano organiza una cultura según su entorno y que cada cultura tiene una serie de normas lógicas que permiten, precisamente, la supervivencia.

Si bien es cierto que hoy en día algunas de sus propuestas han quedado rezagadas por los acercamientos antropológicos de Clifford Geertz o de otros autores, el magisterio que Lévi-Strauss ejerció sobre la incipiente ciencia de la antropología durante los años 50 y 60 del siglo pasado es de una importancia capital.  Y no solo para esa ciencia: sin Lévi-Strauss el psicoanalista Jacques Lacan no hubiera podido desarrollar el empaque “cultural-lingüístico” de su obra y Simone de Beauvoir no hubiera podido escribir “El segundo sexo”, pues es Lévi-Strauss quien le presta su tesis de doctorado aún inédita para que ella posteriormente desarrolle su idea-fuerza “la mujer no nace, se hace”.

Dos hechos vitales fueron fundamentales para el desarrollo de la obra de este antropólogo que odiaba los viajes: precisamente su primer viaje a Brasil huyendo del servicio militar francés –donde pasó mucho tiempo con los indígenas del Matto Grosso– y su estancia en Nueva York, donde conoció al lingüista ruso Roman Jakobson, y pudo afinar su teoría estructuralista, sin duda, una de las propuestas de pensamiento más influyentes del siglo XX. El primer libro de sus famosas Mitologías, “Lo crudo y lo cocido”, se refiere precisamente a la importancia de la gastronomía y la ingesta calórica para organizar, muchas veces, las diversas maneras de pensar: sin posibilidad de cocción de los alimentos, no hay “concepto” de crudo ni de cocido. Solo la experiencia permite crear nuevos paradigmas.

Me cuentan, no sé si será verdad, que a veces Claude Lévi-Strauss, con sus cien años a cuestas, se aparecía a mediodía por la ventana de su oficina, y que la gente en las calles de París lo aplaudía.

Esta kolumna fue publicada el domingo 8 de noviembre en La República.

November 2, 2009

Notables y subalternos

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Gracias a una resolución suprema firmada por el entonces primer ministro Yehude Simon se designó a Mario Vargas Llosa y a otros peruanos ilustres (Fernando de Szyszlo, Monseñor Bambarén, Salomón Lerner, entre otros) como los gestores del proyecto Museo de la Memoria. La idea es que esta comisión gestione “la ejecución, organización y puesta en operación del museo, y promoverá la obtención de financiamiento para garantizar su operatividad a través de la cooperación internacional no reembolsable, en coordinación con las entidades públicas competentes”.  Uno de sus frutos ha sido la donación de la Municipalidad de Miraflores de un terreno muy apropiado de 8,300 metros cuadrados, con vista al mar, como espacio físico para la infraestructura del mismo. A pesar de los vientos en contra durante los primeros meses de creada esta comisión, hoy la solidez de sus representantes ha permitido este avance fundamental.

Sin duda alguna, la acción decidida de Vargas Llosa para solicitar al presidente Alan García la ejecución y aceptación de la financiación alemana ha sido y es encomiable y admirable. A su vez, no se ha dormido en sus laureles, sino que ha salido a defender sus ideas con mucha entereza cuando los corifeos del poder, de todos lados, empezaron a arreciar con ideas clichés.

Asimismo ha sido importante que todas las personalidades mencionadas hayan aceptado participar de esta gestión, incluyendo por supuesto a profesionales que conocen de experiencias sobre memoria, museos y gestión de búsqueda de fondos. Ha sido un gesto decisivo.

No obstante, lo que me llama la atención, es que el Perú sigue siendo una nación en la que los “notables”, las personalidades, siguen siendo los ciudadanos con voto y sobre todo voz para poder dialogar con las más altas instancias. El Estado, representado en su presidente, mantiene la lógica de la república aristocrática: el ciudadano o la ciudadana de a pie no son interlocutores válidos para acciones de este tipo, menos aún, si se unen en marchas ciudadanas, o en grupos de presión, o en movimientos. 

Esto se demuestra primero con la postergación, luego el ninguneo, y ahora la suspensión del Registro Único de Victimas del Consejo de Reparaciones. Una lentitud del elefante ha dado el ritmo para que sus trabajadores, indignados, no salgan solo a reclamar por sus efímeros puestos de trabajo, sino sobre todo, por culminar una tarea imprescindible. ¿Qué va a suceder ahora?, ¿quién de nuestros “notables” tendrá que convertirse en voz e insignia de las víctimas?

Tuvo que ser uno de los hombres más notables del Perú el que, primero, salió a la palestra con un artículo publicado en el diario El Comercio (y en un grupo importante de diarios en español y en inglés) defendiendo la importancia de un Museo de la Memoria y declarando la estupidez que implicaba aducir que ese dinero “sería mejor destinado a paliar la pobreza” como lo dijo un ministro.

Por supuesto que todo dinero para paliar la pobreza está bien destinado, si es que los programas sociales están bien articulados, y no son, simplemente, espacios para conseguir adherentes a causas políticas inmediatas. Pero cuando nos referimos a un Museo de la Memoria estamos apelando a otra cosa. Un Museo de la Memoria implica un trabajo simbólico de solución de quiebres durísimos que hemos vivido todos los peruanos. Un Museo de la Memoria que recoja en imágenes e historias y ¡por qué no! testimonios de las víctimas, los años crudos que tuvimos que vivir con el pánico al terror. Como ha dicho Vargas Llosa, esta es la posibilidad de vacunarnos contra horrores semejantes.

Pero, ¿qué hacer para vacunarnos contra mentalidades que tienen profundamente internalizada la idea de la ciudadanía “tutelada”?, ¿cómo operar desde la prensa, desde la escuela, desde la universidad y desde las calles, para que nuestra voz, la de cada uno de los peruanos, cuente por una y no por cero o por miles?, ¿hasta cuándo la subalternidad del peruano promedio?

Mantener este tipo de relaciones para organizar una nación nos acorrala en la búsqueda del Inca, la búsqueda del “taita”, de aquel que va a solucionar nuestros problemas porque preferimos ser incapaces, menores de edad, adolescentes eternos, y funcionar bajo la batuta de la autoridad-autoritaria, que no nos pregunta sino que actúa por nosotros.

El Perú sí necesita museos pero sobre todo necesita ciudadanos.

Esta kolumna salió publicada tal cual en Domingo de La República el 2 de Noviembre de 2009, pero en realidad, es un re-mix de esta kolumna publicada en abril de este año en este mismo blog. La excelente e irónica fotografía la he tomado del blog del escritor y periodista piurano Josué Aguirre que en la foto "hace las veces" de Cabrera Infante.

October 26, 2009

Decisiones estéticas-sub proletarias

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Hace poco, una amiga crítica cultural argentina me lanzó una serie de preguntas para ser publicadas en un trabajo suyo, y entre ellas, una que nos enfrenta a una decisión ético-estética y ante la posibilidad de quedarse pateando latas: “¿Es posible separar entre la profesión de crítico y la presentación del libro de un autor perteneciente al staff del diario, editorial o universidad para la que uno trabaja?”.

Hay varios elementos que pueden convertir a una lectura en una loa y uno de ellos es el chantaje: el jefe del periódico (o universidad) donde trabajas –tú eres un escritor en ciernes– publica un cochambroso opúsculo dizque en versos, y te lo pone enfrente para que le hagas la reseña de rigor (¡sí, en su propio medio de comunicación, o en la revista de la universidad que él mismo dirige!). Entonces:

a. Le dices que no puedes porque va contra tus principios, pero que se lo pasarás a uno de tus conocidos (ejem, enemigos), sabiendo que bien pronto te quedarás sin trabajo, pero saboreando la venganza.

b. Le dices que lo harás, pero que opinarás con todo el rigor del que eres capaz (capacidad proporcional a tu “compensación por tiempo de servicios” que se agotará a los dos meses de desempleo).

c. Le dices que “bueno, pues”, y escribes una serie de calificativos inocuos y pareceres gaseosos o, mucho mejor, haces un análisis semiótico de dos poemas, con actantes y secuencias narrativas y cuadros semióticos y hablas del cuerpo-texto y del análisis lacaniano-zizekiano, pero salvas el puesto.

d. Le dices que “por supuesto”, “encantado”, “con todo gusto” y le pasas la franela de la mejor manera posible con todas las esdrújulas utilizables en una loa de falso calibre, y te ascienden a editor.

e. Ninguna de las anteriores.

Me imagino que hay más respuestas y variaciones del mismo tema: el asunto es que la situación anterior no es culpa del escritor-crítico sino del otro individuo que lo pone en una situación incómoda. Algo completamente diferente es que un amigo o amiga, compañera de aventuras y de estudios, co-generacional y co-universitaria, aquella cuyo hombro sirvió de apoyo para tantos llantos, nos pide que presentemos su libro. Leemos el libro y no nos gusta. ¿En la presentación seremos capaces de decirle a nuestra amiga escritora o poeta que se equivocó, que erró esta vez el camino, que se está anquilosando o repitiendo machaconamente?, ¿es posible ser riguroso y no encontrar siquiera un verso digno de ser admirado?

¿Y qué sucede en la situación opuesta cuando un colega que escribe desde nuestra propia opción escritural nos pide que le presentemos un libro? Leemos el texto, y nos sentimos totalmente identificados con el mismo (por supuesto, es la misma opción, es la misma estética, son los mismos elementos), nos parece maravilloso, extraordinario, realmente muy bueno… y seguimos presentando libros de todo el barrio poético sin darnos cuenta que nos ha quedado el talán del coro.

Otra posibilidad que se ha dado en el Perú: el poeta es también un excelente crítico, y un excelente poeta, tiene amigos muy buenos poetas, otros regulares y muchos mediocres, decide que su opción estética es la única válida de su generación, y escribe precisamente un libro para validarla: incluye a tirios y troyanos, pero a la hora del balance, solo incluye a “los suyos” como la “mejor opción escritural de la generación A”. Y entonces, en una vuelta de tuerca digna de un puntero mentiroso, se valida a sí mismo y a su estética como “la opción” poética del canon peruano del Perú (perdonen la tristeza).

Esta kolumna ha sido publicada en Domingo de La República el 25 de octubre de 2009,día del octogésimo quinto cumpleaños de doña Aura Manrique.

October 18, 2009

Yo no he abortado

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Yo no he abortado y sin embargo soy una firme defensora de la despenalización del aborto.  Por una razón básica: no se puede defender el derecho a la vida en abstracto cuando, por considerarlo un delito, miles de mujeres mueren anualmente por prácticas clandestinas de abortos en las peores condiciones. Yo soy cristiana y, por eso mismo, defiendo la vida misma y no la viabilidad de una célula. No se trata de un derecho al cuerpo, en mi opinión, sino de una defensa de la especie y de las mujeres como sujetos antes que como vientres.

Hace veinte años, y sin haberme casado, salí embarazada en Viena, Austria. Después de quedarnos pasmados mirando el color celeste del reactivo químico, Eduardo y yo nos dimos cuenta de que se confirmaban nuestras sospechas. La dueña de la casa que alquilábamos, Elfriede Svatek, me acompañó al Krankenhaus (no tenía ni una sola amiga que lo hiciera). En el hospital público un joven doctor de la India me preguntó en inglés por la última fecha de mi menstruación. Luego de examinarme me confirmó el embarazo y me preguntó si lo quería tener. “Natürlich” le contesté, un poco indignada por la pregunta, y por la obsecuencia de mi juventud. El doctor me precisó que si quería abortar, necesitaba regresar de inmediato al día siguiente con mis documentos y mi ropa de cama; pero si lo quería tener, entonces, debía regresar en un mes para el segundo chequeo.

Me sorprendió la situación y la poca importancia que le había dado Frau Svatek: una dama setentona típica, abuelita, y sobre quien yo sospechaba cierto disimulado racismo. Ella me explicó que el servicio de salud austriaco era gratuito y que pensara dos veces si quería tener a la criatura. Muchos años después entendí que en Austria ad portas de la caída del muro de Berlín, durante el convulsionado 1989, los hospitales públicos atendían a todo tipo de mujeres, locales o inmigrantes, con papeles o sin papeles, porque la interrupción legal del embarazo era un derecho completamente aceptado. Frau Svatek también me enseñó dónde quedaba la Votivkirche porque ella asistía todos los domingos. Era católica, conservadora, pero reconocía plenamente una política pública que Europa había legalizado muchos años atrás.

¿Por qué no aborté? Yo esperaba a esa hija mucho antes de estar embarazada, con gran curiosidad y mucha irresponsabilidad de mi parte. Veinte años después me doy cuenta de que hubo razones concretas para aceptarla: tenía cierta esperanza económica en el futuro y había terminado mis dos carreras. No pasaba por una angustia mayor, excepto la de encontrarme bastante sola, y lejos de mi país. ¿Qué hubiera sucedido si mi embarazo hubiera sido el resultado de una violación en masa por siete sinchis como el de Giorgina Gamboa?, ¿o el producto de las torturas como el caso de Magdalena Montesa?, ¿o de la violación del propio padre como el de E.M.O., piurana, 16 años?, ¿o si el feto era anencefálico como el tortuoso embarazo de  Karen Llantoy? La historia hubiera sido completamente diferente y, en todo caso, la opción por la defensa de la vida palpitante de la madre supera cualquier necesidad de convertirla en depósito de vida.

Es absurdo creer que alguien puede estar “a favor” del aborto. Pero, despenalizarlo es una necesidad urgente para evitar la criminalización de una decisión difícil, terrible, pero que conlleva una responsabilidad de un ser humano libre: nosotras las mujeres. Lo incongruente es que sean hombres célibes quienes, en este acalorado debate, se adueñen de la verdad sobre la maternidad y sus límites.

Esta kolumna ha sido publicada el 18 de octubre en el suplemento Domingo de La República.

October 6, 2009

Las mujeres y la guerra

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Mujeres soldados kurdas.

Mientras nuestros vecinos se alistan a una absurda carrera armamentista y nuestro canciller propone un más que adecuado pacto de no agresión en la ONU para crear un sistema colectivo que garantice la paz en América Latina, y cuando los ánimos se caldean entre el personal de las FFAA ante la obsolescencia de los equipos y material bélico, en medio de todo este animus belligerandi, el IDL y DESCO publican un informe sobre los soldados vulnerables. ¿Soldados vulnerables?, ¿existen? Lamentablemente no todos los soldados peruanos son de élite: hay algunos más vulnerables que otros, y son aquellos que sufren discriminación.

Si bien es cierto que el Servicio Militar Voluntario ha finiquitado con prácticas autoritarias que iban en busca de “tropa” entre los campesinos de la sierra, aún siguen dándose en las Fuerzas Armadas múltiples formas de discriminar debido precisamente a un pensamiento militar que se basa en la “virilidad”. Hoy, luego de años de conflicto armado interno y de un régimen que cooptó a muchos oficiales de las tres armas, las mismas instituciones buscan canales más democráticos de ejercer sus actividades, pero es sumamente difícil desterrar ciertas “maneras de entender el mundo” del personal militar.

En primer lugar está el tema de las jerarquías que, si no se condice con un buen liderazgo, puede convertirse en ejercicios autoritarios del poder a los que estamos, en el Perú, tan lamentablemente acostumbrados. Pero también está el tema de que los ejércitos han sido espacios de hombres solos. Claro que existen historias de mujeres en batalla, solo por mencionar una recordemos a Juana de Arco, pero históricamente los ejércitos han sido espacios de “guerra cuerpo a cuerpo” y, por lo tanto, los soldados, reclutas, marinos y aviadores han sido generalmente varones. Esto ha implicado que los ejércitos sean una “comunidad de varones” –como la jerarquía eclesiástica– cuyas prácticas estaban centradas, precisamente, en mantener ese espíritu de cuerpo a través de lo que algunos denominan “virilidad”.

Por lo menos esto quedó más o menos claro en palabras del Gral. César Huertas el día de la presentación del informe del IDL-DESCO, cuando sostuvo que a pesar de la entrada de las mujeres, las Fuerzas Armadas no iban a dejar de ser viriles, por lo tanto, las damas tenían que adecuarse a esta sensibilidad. No obstante, el vicealmirante Carlos Tubino sostuvo que las mujeres pueden llegar a ser generales, pero dentro de determinadas “armas”, porque no se las puede exponer en unidades de primera línea como la artillería, la caballería o, en el caso de la Marina, en los submarinos, pues “a veces dos submarinistas duermen en la misma litera porque el espacio es demasiado reducido”. Es cierto: una mujer en una comunidad de varones puede producir problemas de este tipo, del día a día, de las prácticas de guerra, pero ¿realmente no está capacitada para ser submarinista o para pelear en primera línea? La comparación es odiosa y hasta quizás faltosa, pero pidiendo las disculpas del caso… ¿si Sendero Luminoso tenía a varias mujeres en la cúpula, como mandos y como combatientes, por qué las mujeres no podrían participar en un ejército regular en primera fila?

Pero aquí sí tengo una pregunta para nosotras, feministas, para las mujeres y los hombres que se preocupan de las mujeres en las FFAA: ¿realmente es un avance que una mujer forme parte de los ejércitos? No lo creo. Quizás soy más pacifista que feminista en el fondo de mi corazón.

Esta kolumna salió publicada en Domingo de La República el 4 de octubre de 2009.

September 28, 2009

Perros y cabrones

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La coprolalia y la política peruana se seducen permanentemente. Como sostiene Marco Sifuentes en su blog, en algunos casos, los periodistas y la opinión pública hacen una tormenta, con rayos y truenos; en otros casos, ni se dan por enterados, o les parece una gracia criolla de un ex ministro con alma de gringo. Sin embargo, y a propósito del término soltado por Humala, valdría preguntarse ¿que implica ser un cabrón en la política peruana?

Un cabrón es alguien “molesto” o el que aguanta los agravios. El término ya se encuentra en el primer diccionario de la academia de 1721, y se refiere al macho de la cabra, pero aquel que ya está viejo y tiene una gran cornamenta, así como al que tolera y exhorta la infidelidad de la esposa. En la edición 23 del diccionario hay varias acepciones, pero en ninguna de ellas se refiere a “cobarde” (la alusión que hace Humala en el Cusco). Cabrón, como dicen los españoles, en buena cuenta, es el perverso que actúa mal, el desgraciado que no ahorra en traiciones ni cuchilladas, alguien que va de “machito” por la vida, o en el caso de ser una “cabrona”, es alguien que se ha comportado de manera infame. Cabrón se refiere a ser una verdadera mala persona.

No creo que en ese sentido haya sido planteada la palabreja en el fragor del discurso electorero. Pero por cierto en la política peruana tampoco nos encontramos exentos de cabrones y cabronas que no solo faltan al honor o a la solidaridad, sino que, además, son perversos y suelen tratar de imponer sus maneras de entender el mundo más allá de toda tolerancia y actuando incluso con agresividad y dolo. En realidad se trata de una metáfora animal para simplemente denominar a un miserable.

En ese sentido, remarcando la miserabilidad de sus acciones, quienes matan a un par de animales indefensos para dejar constancia de que son “tan malos” que pueden incluso atentar contra la vida de su dueño, podrían calificarse como cabrones. Una amenaza escenificada de esta manera es una acción indigna cometida contra otro. Un acto infame realizado por personas envilecidas y degradadas que, en el fondo, son increíblemente cobardes. Matar a dos perros para amenazar al dueño es un acto retorcido.

Precisamente eso ha sucedido con el ex presidente de la CVR y ex rector de la PUCP, Salomón Lerner: el 5 de septiembre asesinaron a sus dos perros en su propia casa y por más que los llevó rápidamente al veterinario, este no pudo salvarlos. ¿Qué insanía puede acometer este tipo de “advertencia”? Una que nos está envolviendo, que nos persuade de que tengamos miedo, de la misma manera como lo pretendieron aquellos que colgaron perros muertos de los postes de luz durante los años 80. Pero esos pobres y desdichados perros colgados para metaforizar la muerte de Deng Xiao Ping no tenían dueño: estos sí, y esa persona, que se ha jugado por una nación diferente, ha sido directamente amenazada. ¿Por qué y por quiénes? Por aquellos que precisamente no soportan sus propias verdades: esos intolerantes a cualquier otra manera de entender el mundo.

Como bien dice Javier Torres “¿a quién le puede pedir protección y seguridad un defensor de los derechos humanos?, ¿a la policía en este contexto de tensiones sociales?, ¿a las empresas privadas de seguridad que son manejadas por ex miembros del servicio de inteligencia o por los marinos? Hay razones de peso para que Salomón Lerner esté bastante preocupado”. Creo que hay razones de peso para creer que la vida de Salomón Lerner está en juego y seríamos todos demasiado cobardes si nos quedamos callados.

Esta kolumna ha sido publicado en Domingo de La República del 27 de septiembre de 2009.

La ilustración es de Alvaro Portales.

September 15, 2009

Cuchilladas

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La semana que acaba de pasar una noticia que “parecía privada” fue hecha pública debido al rol de uno de los implicados: se trata del acuchillamiento del congresista Ricardo Pando por su esposa Milagros Morales. Debido a la increíble impopularidad de los congresistas y a la historia anterior del caso (acoso de todo tipo) el público en general se ha solidarizado con la atacante: “Pobrecita, eso lo hizo por desesperada” es lo que se ha escuchado en los programas radiales de micrófono abierto.

Me sorprende mucho esta percepción del público: después de tantos años de trabajo sobre estos temas, y aún siendo la violencia de género muy fuerte en la sociedad, ha calado la idea de que las mujeres que reciben violencia física y psicológica continua pueden tener este tipo de salidas, totalmente injustificables, pero explicables a la sazón de antecedentes de maltrato a todo nivel. El caso de Milagros Morales es como el de muchas esposas y madres que incluso han asistido a espacios de apoyo jurídico y psicológico pero que, por una serie de ideas-fuerza sobre la preponderancia de la familia ante la salud psíquica de ellas mismas, prefieren “sacrificarse” por los hijos y seguir manteniendo una relación de por sí imposible. Por supuesto esta situación no hace sino agravar la violencia durante la convivencia y los niveles de frustración que, finalmente como un géiser, salen a flote a través de un arma blanca.

Hace algunos años sucedió otro caso parecido aunque no se trataba de una pareja sino de madre e hija: me refiero al mentado caso de Giuliana Llamoja. El suceso se hizo público de inmediato y con gran escándalo porque el tema del uxoricidio siempre es absolutamente morboso. Las cuchilladas inventadas por la prensa crecían a medida que la polvareda cobraba ribetes edípicos: se trató de echar cierta culpa psicológica al padre, a las relaciones desiguales, a las veleidades de la victimaria. Lamentablemente las consecuencias en este caso fueron fatales y, por eso mismo, no habrá posibilidad de escuchar a la víctima dando su propia versión. Pero al parecer también se trató de un géiser de frustración continua debido al acoso moral de la madre: un chorro de emociones que salió convertido en una mortal cuchillada para mala suerte de ambas mujeres.

Me pregunto ante estas dos situaciones: ¿qué sucede cuando una mujer empuña un arma?, ¿la violencia empodera a la mujer?, ¿en qué medida hacer uso de la agresión física directa permite que esos sujetos, totalmente avasallados por sus acosadores, adquieran una mínima posibilidad de adquirir cierta “agencia” aunque esta haya sido totalmente desastrosa?, ¿son estas victimarias también víctimas de estas relaciones perversas que se mantienen por decoro o  por miedo?

Hay algunas personas que ante la creciente y tenaz situación de sentirse humilladas, ninguneadas, explotadas, y simbólicamente agredidas –como esa maldita gota que segundo a segundo, en su insoportable persistencia, orada una piedra– revientan con un acto de violencia hacia el agresor: hay otras (habemos otras) que ante tanto y tanto avasallamiento no podemos sino reventar hacia adentro: la cuchillada clavada en la propia piel. A veces un suicidio es una puesta en carne propia de aquella cuchillada que no se quiso poner en el cuerpo del marido, de la madre, del violador. 

Una sociedad sana debe dar cabida a pensar en estas frustraciones y, sobre todo, asegurar protección a estas víctimas-victimarias.

Esta kolumna fue publicada en La República el domingo 15 de septiembre de 2009.

September 9, 2009

La picana

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Me sorprendió un alumno de un curso sobre testimonios cuando, al final de mi exposición de un caso, me preguntó qué era una picana. La palabra, por supuesto, la había utilizado varias veces durante la clase para señalar cómo se torturaba durante el conflicto armado. “No sabe lo que es una picana” pensé, “no ha aprendido aún el mal de este mundo”. Procedí a explicarle: es una máquina, un aparato casero, que genera corriente eléctrica; se usa poniendo un cátodo en uno de los genitales, o mucosas, o en los pezones, y el ánodo en alguna otra parte del cuerpo, para que el torturado reciba una corriente eléctrica. Mientras un “operador” conecta el cuerpo a las dos fuentes de energía, otro, desde la bobina, maneja la cantidad de voltios. Se produce un shock fulminante que tiene como objetivo debilitar al prisionero para que “hable”.

Los argentinos tienen la triste iniciativa de haber inventado este método de tortura. Al parecer la picana fue utilizada en las ganaderías porque se tenía la idea de que afirmaba el músculo de la res y mejoraba la calidad de la carne. Por supuesto se aplicaba sobre los trozos ya cortados. A alguien se le ocurrió pasar el efecto a seres humanos vivos y con todos los terminales nerviosos en perfecto funcionamiento, de tal manera que un toque de picana los podía volver indefensos y frágiles. Dicen que este aparato empezó a ser usado alrededor de 1932 por la policía argentina a iniciativa del ahora tristemente célebre Polo Lugones, jefe de la misma durante la dictadura de José Félix Uriburu. En todo caso, su uso se extendió por toda América Latina, con especial énfasis en los regímenes de Videla y Pinochet.

La picana es, pues, un invento perverso. Una manera de someter y de anular toda disposición corporal con el objetivo de “ablandar” a las víctimas. La aplicación de la misma exige por lo menos de dos personas maniobrándola y, por lo tanto, su puesta en funcionamiento es en “operativo”. Su uso extendido en los aparatos estatales represivos latinoamericanos es obsceno, sobre todo, si se considera que se trata de un ejercicio del poder del Estado sobre los cuerpos étnicamente marcados como subalternos (un 70 % de las víctimas).

Leyendo los testimonios recogidos por la CVR encuentro, así nomás, sin mayor persistencia, más de 20 en los que se menciona este sistema de tortura. Escojo casi al azar el siguiente: “Luego que me han colgado me aplicaron electricidad, bien fuerte, me quedé por un tiempo, me desmayé […] Tenía unos cables, me empapaban y luego me colocaban cables pelados; a mí me colocaban en el pecho, yo sé que a otros le aplicaban incluso en los testículos […] Yo recuerdo mucho a uno de los detenidos porque lo sacaban conmigo casi siempre […] él entraba antes, no recuerdo su nombre, y yo sé que cuando lo pusieron a él el citófono nunca había gritado […] y escuché que gritaban ‘está convulsionando, ya no podemos aguantarlo, no podemos controlarlo, está muy alto’. No sé qué más decían y lo sacaron. Se lo llevaron. Nunca más lo vi, tal vez lo desaparecieron, le aplicaron electricidad que seguro fue demasiado. Decían entre ellos ‘estaba arrojando espuma’. Ya no lo vi más” (Testimonio 700017).

¿Cómo es posible que, en nuestro país, un “efectivo policial o militar” que debe servir para defender a los ciudadanos reciba un sueldo para torturarlos?, ¿por qué aún hoy en día se justifican esos actos obscenos con un discurso autoritario? La ejecución de una tortura requiere de una justificación tan alucinantemente introyectada que, incluso, ni se cuestiona.

¿Ha experimentado alguna vez una descarga eléctrica? Piénselo, impávido lector, distraída lectora, perciba sobre su piel con su imaginación la sensación de tanta vileza.

La ilustración es de Raúl Lozza (Buenos Aires 1911-2008)

Esta kolumna ha sido publicada en La República el domingo 6 de setiembre de 2009.






















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