La Mujer: una introducción
Cuando Simone de Beauvoir pretendía hacer una investigación exhaustiva desde la metodología de la filosofía fenomenológica de Husserl, aún no era feminista. Su feminismo se fue decantando con los años, poco a poco, luego de que ella misma escribiera su obra cumbre: El segundo sexo. Fue precisamente su compañero vital e intelectual, Jean Paul Sartre, quien le aconsejó tamaña empresa, ante el desasosiego de la postguerra, y la frustración de haber iniciado una novela sobre la mujer que no lograba estructurar. Por eso mismo ella decidió adentrarse en los pocos estudios sobre el tema que habían a la fecha y en 1946 inicia un ensayo sobre los mitos que los hombres han ido creando para darle sentido al “eterno femenino”. Es así que se genera este gran libro, el más polémico que se haya escrito sobre el tema de la mujer y que durante las dos primeras semanas, en mayo de 1949, vendió veinte mil ejemplares.
¿Por qué el éxito, incluso, pasados más de cincuenta años? Porque se trata del primer libro que da la buena nueva: la anatomía no es nuestro destino, como señalaba Freud, porque ser mujer no es una condición innata, sino absolutamente cultural: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino” (p. 207). Esta frase es una liberación a la opresión.
La autora no parte de una propuesta feminista a priori, sino que indaga en todos los aspectos de la mujer para poder plantearse una cercanía al fenómeno: su fisiología, la diferencia entre el nacimiento de una niña y de un niño, la menstruación, el embarazo y el parto, así como la menarquia y el deterioro de la vejez. Pero también investiga en la construcción de la feminidad como una propuesta cultural y no biológica. Precisamente en la fuente de los terrores que el hombre ha organizado alrededor del misterio el cuerpo femenino.
Sobre todo, y este es el punto más polémico y vigente de todo el libro, explica de qué manera el hombre se ha constituido como el UNO y centro de las leyes, del conocimiento, de la ciencia, del imaginario, en buena cuenta, el único sujeto del universo. “La mujer se determina y se diferencia en relación con el hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es el Absoluto; ella es lo Otro” […] La fuente de todos los terrores radica en que, en lo Otro, y más allá de toda anexión, subsiste la alteridad” (p.172).
Precisamente esa alteridad que llevo a Freud a preguntarse: ¿qué quiere la mujer? Y a contestar con un misterio: la mujer es el continente negro. Esa misma alteridad que, aún hoy, provoca miedo, rechazo, pavor, y permite que, a pesar del tiempo transcurrido, se siga pensando en la mujer “como el ser al que es necesario incluir” cuando, en realidad, como ya lo sospechaba Beauvoir, la mujer es plausible de ser un paradigma.
En el funeral de Simone de Beauvoir, otra gran feminista francesa, Elisabeth Badinter, gritó al cortejo de diez mil mujeres, “¡¡le deben todo!!”. En verdad, a esta mujer y brillante filósofa, le debemos por lo menos el extraño y estimulante descubrimiento de ver un aspecto del mundo que antes nos hería y ahora nos reta.
Simona de Beauvoir. El segundo sexo. Con prólogo de María Moreno. Buenos Aires: Sudamericana, 1999. 725 pp.

“Después de treinta y un años vuelvo a la ciudad antigua/ y en la estación que caen las flores leo vuestra obra./ Que el excesivo descontento no os destroce el corazón./ Siempre habría que tener una visión más amplia del mundo y de las cosas.” 