Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

April 18, 2008

La Mujer: una introducción

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Cuando Simone de Beauvoir pretendía hacer una investigación exhaustiva desde la metodología de la filosofía fenomenológica de Husserl, aún no era feminista. Su feminismo se fue decantando con los años, poco a poco, luego de que ella misma escribiera su obra cumbre: El segundo sexo. Fue precisamente su compañero vital e intelectual, Jean Paul Sartre, quien le aconsejó tamaña empresa, ante el desasosiego de la postguerra, y la frustración de haber iniciado una novela sobre la mujer que no lograba estructurar. Por eso mismo ella decidió adentrarse en los pocos estudios sobre el tema que habían a la fecha y en 1946 inicia un ensayo sobre los mitos que los hombres han ido creando para darle sentido al “eterno femenino”. Es así que se genera este gran libro, el más polémico que se haya escrito sobre el tema de la mujer y que durante las dos primeras semanas, en mayo de 1949, vendió veinte mil ejemplares.

¿Por qué el éxito, incluso, pasados más de cincuenta años? Porque se trata del primer libro que da la buena nueva: la anatomía no es nuestro destino, como señalaba Freud, porque ser mujer no es una condición innata, sino absolutamente cultural: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino” (p. 207). Esta frase es una liberación a la opresión.

La autora no parte de una propuesta feminista a priori, sino que indaga en todos los aspectos de la mujer para poder plantearse una cercanía al fenómeno: su fisiología, la diferencia entre el nacimiento de una niña y de un niño, la menstruación, el embarazo y el parto, así como la menarquia y el deterioro de la vejez. Pero también investiga en la construcción de la feminidad como una propuesta cultural y no biológica. Precisamente en la fuente de los terrores que el hombre ha organizado alrededor del misterio el cuerpo femenino.   

Sobre todo, y este es el punto más polémico y vigente de todo el libro, explica de qué manera el hombre se ha constituido como el UNO y centro de las leyes, del conocimiento, de la ciencia, del imaginario, en buena cuenta, el único sujeto del universo. “La mujer se determina y se diferencia en relación con el hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es el Absoluto; ella es lo Otro” […] La fuente de todos los terrores radica en que, en lo Otro, y más allá de toda anexión, subsiste la alteridad” (p.172).

Precisamente esa alteridad que llevo a Freud a preguntarse: ¿qué quiere la mujer? Y a contestar con un misterio: la mujer es el continente negro. Esa misma alteridad que, aún hoy, provoca miedo, rechazo, pavor, y permite que, a pesar del tiempo transcurrido, se siga pensando en la mujer “como el ser al que es necesario incluir” cuando, en realidad, como ya lo sospechaba Beauvoir, la mujer es plausible de ser un paradigma.

En el funeral de Simone de Beauvoir, otra gran feminista francesa, Elisabeth Badinter, gritó al cortejo de diez mil mujeres, “¡¡le deben todo!!”. En verdad, a esta mujer y brillante filósofa, le debemos por lo menos el extraño y estimulante descubrimiento de ver un aspecto del mundo que antes nos hería y ahora nos reta.

Simona de Beauvoir. El segundo sexo. Con prólogo de María Moreno. Buenos Aires: Sudamericana, 1999. 725 pp.

December 13, 2007

La Buena Terrorista

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El personaje principal de la novela de Doris Lessing es entrañable pero ¿por qué esta mujer se comporta de esa manera?

Doris Lessing. La Buena Terrorista. Lima: Punto de Lectura – Santillana, 2007. 519 pp. 32 soles.

Un libro siempre se reconstruye a partir del background de sus lectores y es precisamente la historia de nuestro país que nos convierte en potenciales críticos de una historia como La Buena Terrorista de la reciente Premio Nobel. En realidad la historia de Alice Mellings durante casi los dos tercios de la novela es una lucha ardua por hacer habitable e incluso acogedora una “casa ocupada” (kasa okupa) o squatter en términos ingleses, mansión casi tenebrosa y repugnante, que ha sido tomada por un grupo de estudiantes, dirigentes, activistas de toda índole, e incluso burócratas arrepentidos. El grupo autodenominado UCC – Unión del Centro Comunista en realidad está constituido por unas chicas perdidas y unos inconformes con vagas pretensiones comunistas y gustos sibaritas (en términos peruanos, casi casi troskistas). Ambientada en los primeros años 80, la novela empieza cuando el grupo finalmente decide apoyar al IRA- Ejército Republicano Irlandés, aunque luego de los primeros contactos son totalmente ninguneados precisamente por ser considerados como “infantiles”.

Y no les falta razón. Alice, la ama de casa del grupo, tiene una rabia incontrolada hacia sus padres burgueses que extiende sin ninguna razón política de fondo a toda su clase social. Sin embargo, precisamente por sus atributos universitarios de chica bien educada, puede apoderarse de todos los vericuetos del “welfare” inglés y sacarle provecho a los vacíos legales para conseguir luz, agua, gas y el plazo prudencial para apertrechar la casa y evitar su demolición. Por otro lado, su extraña relación con Jasper, un gay en el closet más radical que el hermano menor de Lenin, es enfermiza hasta el exceso y muestra la vulnerabilidad de las aparentemente mujeres fuertes y militantes. Además Alice llora durante la mayor parte de la novela, y a último momento, se arrepiente de la acción final que será el motivo de tan antagónico título. Los otros personajes —Bert el jefe del grupo; Roberta, la lesbiana afrodescendiente; Faye, la lesbiana suicida y ultraviolenta; Philip, el tierno fontanero— forman una cuadrilla de sobrevivientes que planean sus actos asesinos mientras disfrutan de comida de la India.

En ese sentido, Lessing nos muestra las contradicciones de los ingleses radicalizados que, a pesar de todo, no entienden lo verdaderamente fundamental de su propia radicalidad. Son pues desempleados rabiosos, mujeres ultrajadas en la infancia con resentimientos traumáticos y burgueses con sentimientos confusos que, a falta de otras luchas, optan por una militancia ciega y aventurera. Las últimas escenas son las más intensas y sin duda Lessing posee una gran maestría para el suspenso. La acción final no sólo demuestra la impericia de los “terroristas sin causa” sino que pone en evidencia la frivolidad con la cual asumen la muerte del otro: los ahora llamados eufemísticamente “excesos” o “daños colaterales”.

Esta novela apenas publicada en el año 1985 fue prácticamente destruida por la crítica del New York Times, Caryn James, una especialista en teatro que disfrutó dramáticamente arrostrándole a Lessing su desprecio por “la gloria de la lengua de William Shakespeare”. Sin embargo, lo que nadie puede escatimarle a la reciente Premio Nobel, es su manejo del suspenso y su construcción psicológica del personaje principal: una mujer absurda y dada a los demás que, cualquier lectora o lector peruano, podría terminar detestando por babosa. Ergo, la autora cumple su cometido porque le da una auténtica condición humana, que nos recuerda a ciertos personajes dostoievskianos que se van perdiendo a sí mismos sin darse cuenta.

November 19, 2007

Abimael por Santiago

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“Después de treinta y un años vuelvo a la ciudad antigua/ y en la estación que caen las flores leo vuestra obra./ Que el excesivo descontento no os destroce el corazón./ Siempre habría que tener una visión más amplia del mundo y de las cosas.”

Mao Tse Tung escribió este poema al regresar a Pekín después de larguísimo exilio, en el verano de 1949. El poema muy bien podría servir de introducción a este libro, o por lo menos, de clave para poder leer el pentagrama: porque “La cuarta espada” se trata, en realidad, de la pesquisa de un joven escritor peruano que, luego de corto pero intenso exilio, regresa con un pretexto perfecto para indagar en la historia de su país. La oculta historia del asesino peruano por antonomasia se convierte en una razón para, de alguna forma, rescatar la necesidad de “ver el rostro del otro” en su verdadera dimensión. Ese rostro del otro que devuelve la imagen especular de uno mismo.

Si bien es cierto que el objetivo principal del libro es entender la alteridad radical que implica el ser humano Abimael Guzmán, más allá de las monolíticas descripciones que lo congelan bajo adjetivos gruesos de monstruosidad, en el fondo, según mi perspectiva, se trata de la puesta en escena de una voz, la del narrador, que indaga por el cinismo de su generación, por la indiferencia de los sectores sociales privilegiados, por los aún vastos abismos entre ricos y pobres extremos, y sobre todo, por los sujetos que formaron parte activa de una guerra que, a su vez, mantuvo a miles en tremenda indiferencia.

“Soy un burgués satisfecho” dice en un momento de su reflexión personal, y luego agrega, “tengo la impresión de ser un turista en el infierno. Sus ocupantes me hablan pero saben que me voy a ir, que este infierno no es mío, que los dejaré a ellos y haré mi notita de prensa al respecto” y estas confesiones de cinismo en voz alta, en realidad, lo que hacen es mostrar entre líneas una culpa cristiana o peruana. La increíble culpa que, encerrada en sí misma y peleándose con su aparente sarcasmo, es la forma de acercarse a un país que uno ama y odia.

Para empezar el “horizonte” al que le habla este narrador no es peruano: es un lector que no conoce los “recodos en el camino” para usar una metáfora ad hoc. Las explicaciones son varias, múltiples, y las traducciones de peruanismos a un español normalizado inevitables. Por eso mismo, la tarea es obvia: mostrar al lector no-peruano las estrategias que utilizó SL como forma de conectar con las estrategias de terror de otro grupo, muy lejano geográfica e ideológicamente, Al Qaeda. No es explícito; pero la imagen de Guzmán en traje a rayas “conecta” en este sentido. Sin embargo como sostiene Mijail Bajtín: unas son las intenciones del autor, y otro su resultado concreto. Y en este caso, la historia de Guzmán, es una extraña manera de volver al Perú.

A pesar de esta vocación por mostrar un personaje más real que las caricaturas de siempre, Roncagliolo lamentablemente no logra un asunto fundamental: entrevistar al objeto de su biografía. Su mayor acercamiento es una entrevista con Elena Iparraguirre, otra con Manuel Fajardo y frustrados encuentros con Morote y otros dirigentes. Se entiende que es un libro apresurado —esto precisamente lo comenta el narrador al principio— y he ahí su mayor debilidad, pues no es lo mismo investigar para un reportaje (aunque sea en varias entregas) que para un libro. El investigador-autor debió plantarse en exigir mayores tiempos, finalmente no es el editor sino el autor el responsable de su prestigio (que será su arma y su escudo siempre).

Otra debilidad del texto son algunos comentarios que se afirman rotundamente pero cuyas fuentes no son certeras. El uso del “dice esta fuente que dicen o que dijo X o Y” no es pues la mejor manera de investigar sobre un tema con demasiadas asperezas y ambigüedades. Sin embargo, a pesar de estas “debilidades”, es un libro muy importante para nuestra identidad como nación, pues no reduce al otro a la monstruosidad, sino que indagando en su humanidad, saca a la luz otras motivaciones más allá de las políticas usuales.

El texto da a conocer detalles de la infancia de Abimael y el abandono de la madre, indaga sobre la existencia de un romance en sus primeros años de universitario en Arequipa que, al parecer, tuvieron como resultado una hija; asimismo, deja en claro que su mayor virtud como “intelectual” ha sido estar atento a los cambios estratégicos de los diversos gobiernos de turno; y que finalmente el “partido tenía mil ojos y mil oídos” pero una sola y autoritaria voz: la de él mismo. También lo muestra como un dirigente que no tocaba armas, que estaba fuera del teatro de operaciones, y que se mantenía es una especie de burbuja panóptica. A su vez, Roncagliolo llama la atención sobre los errores que llevaron a la caída de la cúpula: casi todos pecados de pasión amorosa.

A pesar de alguna metáforas no tan acertadas —que han sido pasto de muchos blogs que se fijan en la astilla y no en la viga— y de errores como no hacerle el seguimiento a la tesis que Guzmán presentó en la UNSA sobre Kant —y que, intuyo, debe plantear muchas explicaciones sobre su posterior recorrido— el libro es una entrega honesta sobre un tema que nunca nadie había tratado de esta manera.






















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