Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

May 21, 2009

Benedetti

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En 1999 cuando Benedetti ganó el Premio Reina Sofía de Poesía escribí un artículo en la revista Somos de una soberbia solo comparable a la que hoy esgrimen sus propias plumas. Mi modesto párrafo llevaba el provocador título de “Odio a Benedetti” y, entre otras cosas, le reclamaba por ser el poeta más vendido de América Latina. Sentía que en esa categoría comercial el poeta se había “traicionado”, por eso insistía en que admiraba su posición política pero que detestaba su posición literaria.  El articulito de marras me valió la defenestración de la Librería El Virrey por algunos años y la cuadrada de Chachi Sansebiero, uruguaya y amiga personal del escritor.

La ignorancia es soberbia, pero no creo que ese texto haya sido el producto típico de una ignorante, pues si a algún poeta había leído en mi vida, eran a Vallejo, Moro, Cardenal y Benedetti, en ese orden. Yo leí a Benedetti desde niña, desde mis asmáticos años de adolescente enamorada, y me había aprendido sus poemas de memoria (“Porque te tengo y no/ porque te pienso/ porque la noche está de ojos abiertos/ porque la noche pasa y digo amor…”) pero a finales de la década del 90 percibía que tanta antología y tanto libro de poesía, casi dos por año, habían devaluado una pluma a la que le exigía todo.  Exactamente todo.

Ese rencor “benedettiano” (porque como diría el vals "el rencor hiere menos que el olvido”) en realidad no fue otra cosa que el envés de ese amor juvenil que, por los caprichos del tiempo y del periodismo ligero, se convirtió en un derrape. ¿Qué se puede decir y sentir cuando, a la distancia, una añora esa mirada prístina que nos permite encontrar en esos versos cotidianos, como los Poemas de Oficina, la posibilidad de poetizar la urbe y el día a día? ¿Acaso no me enamoré también de Martín Santomé, el viejo burócrata, que se había permitido un momento de locura al dejarse perder por las faldas plegadas de Laura Avellaneda?, ¿y no sufrí también con la angustia del protagonista esperando en los pasillos del hospital la muerte de su mujer en “Sábado de Gloria”? , ¿y no me despedí también con él de todos los hijos que ella se llevó, de todos los feriados, de toda la apática ternura hacia Dios?

No descarto del todo sentir una admiración mezclada con rabia. Pero ahora que Benedetti ha muerto, que para los críticos su obra se ha vuelto “cerrada”, hay una cuentas que le debo de pagar a este viejo rabioso, con cara de bueno, que me hizo entender a una tempranísima edad que la vida también es “estar jodida y radiante y también viceversa”.

La fotografía es de aquí. Este artículo ha salido publicado hoy en Caretas.

April 4, 2009

Watanabe completo

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“¿Me dejará la muerte/ gritar/ como ahora?”. Breve, parco y como siempre, irónico, con este haiku cuyo revelador título es Orgasmo y que fuera publicado por el poeta de Laredo en su libro Banderas detrás de la niebla, nos enfrentamos ante la contundencia de una poesía que sigue gritando, precisamente, después de acallado el poeta por la implacable biología.

Si sólo fuéramos cuerpo, y no simbolización encarnada que rebusca en los otros un agujero de inmortalidad, no podríamos ser categóricos. Porque más allá de las posturas existenciales, hay sólo una forma de entender esto que llamamos cuerpo: se trata de ese cadáver en potencia que somos. Por eso mismo la muerte nos carcome lentamente desde el primer día de nuestra vida y sólo logramos vencerla cuando el soplo ha sido exhalado. Y ahora es posible afirmar que la muerte ha sido domada por Pepe Watanabe: porque estamos escuchando su susurro y su grito.

Este libro reúne su obra completa y contiene, además de todos sus libros publicados, nueve poemas inéditos. Mi preferido es El Trasnochado, una conversación al estilo de la novela de Moravia, “El y yo”, esto es, con “esa punta del cuerpo enamorado” como diría Jorge Eduardo Eielson, esa punta del cuerpo que no puede aquietarse en la noche al percibir el cuerpo de la amada, y que al parecer cobra vida propia para el poeta.

Desde Álbum de Familia, su primer libro, pasando por textos extraordinarios y sencillos a su vez, como Cosas del Cuerpo o La piedra alada, José Watanabe pudo desarrollar una poesía que se sustenta en las fábulas, en la mirada estereoscópica sobre la masa corporal, aderezado todo de un laconismo oriental y una ironía aguda de norteño adscrito a la urbe muy a su pesar. El humor deja su vena tibia para darle un respiro al lector, permitir una ligera sonrisa, y más adelante ametrallarlo con poemas, distantes y elegantes, sobre el dolor, la soledad del cuerpo, el choque con la muerte a la vuelta de cualquier curva o la materia animada que uno entrega a los otros para que por fin la devoren. Watanabe no le ahorra al lector la más mínima irritación: sus poemas son flechas que dan directamente al ojo.

Mis poemas preferidos, por la agudeza y la soberbia de una palabra muy trabajada y certera, son La mantis religiosa, El lenguado, Imitación de Matsuo Bashó, El guardián del hielo, Flores, entre otros muchos, porque en realidad este libro es contundente como una patada. Si la poesía es como un mirador donde las señales son apenas manchitas sobre un espacio en blanco, Watanabe ha sabido redondear su papel de vigía: ha oteado por izquierda y derecha para darnos imágenes sobre la vida: de piedras, de aceras bajo el sol norteño, de banderas detrás de la niebla. Ha sido lacónico, ha sido elegante, ha sido grosero incluso, y sobre todo, ha sido duro consigo mismo. Y su palabra escrita como batalla contra la mortalidad se mantiene más vigorosa que nunca.

Imitación de Matsuo Bashó
(Fragmento)

En la cima del risco
Retozan el cabrío y su cabra
Abajo el abismo

 

El guardián del hielo

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

           Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardían del hielo.

Este artículo ha sido publicado en febrero en la revista Caretas.  

January 10, 2009

Chanove reloaded

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Desde hace muchos años, precisamente desde que publicó El héroe y su relación con la heroína, Oswaldo Chanove es un grande de la poesía de este país. Mezquindades más y mezquindades menos, a Chanove no lo han ignorado en los medios pero le han dado un lugar muy discreto: quizás porque su afincamiento en Arequipa, de donde es militante, y luego en El Paso, Texas, lo han retirado del mundanal ruido limense. Gracias a Arturo Higa, quien tiene buen ojo para la justicia poética, se ha podido recuperar una antología sui generis de la obra total de Chanove.

El libro de por sí es un objeto bello, diseñado como una caja fuerte del Lejano Oeste, con tapas duras metalizadas, adentro nos encontramos con textos que viniendo de libros publicados están organizados de manera diferente, recreándolos, y asumiendo una atmósfera de novedad y misterio, que sacude la percepción impávida del lector ante este yo poético ultra irónico y, a su vez, tierno.

La primera sección está dedicada, ¡cómo no!, al amor; y los epígrafes de Catulo y de Ally Mc Beal nos proponen dos coordenadas: con una mano Chanove bebe de la tradición y con la otra escancia los efluvios de la posmodernidad (no en vano le dedica un poema a Lyotard).  No obstante, el yo poético siempre se mantiene a buen recaudo, con el toque sarcástico para no caer en el ridículo: “Pensaba en ella/ en sus lágrimas// Pensaba:/ Algo ha empujado al mundo para que/ al fin/ aquellos ojos/ esa nariz y esa boca/ configuren la intransferible expresión lasciva que me obligue/ a izar la bandera” (p.17). 

La segunda parte del libro está dedicada a los poetas y la poesía, y poblada por “ars poéticas” y por homenajes, muy a su manera, a sus poetas preferidos: “Yo disparé contra Emilio Adolfo Westphalen/ Fue un accidente/ Lo juro (…) Y el percutor golpeó la parte posterior de la bala/ y estalló la pólvora (…) hasta el sucio páncreas/ de ese viejo cascarrabias…” (p.45). 

La tercera sección está concebida como un “diálogo con el Eterno”, a la manera de Vallejo, pero con más humor y menos rabia: reclamos, falsas oraciones, gritos a la Virgen, versiones apócrifas de los evangelios: Chanove sabe lo que es dejar sobresalir la lengua y entablar un bis a bis con el Divino. La cuarta sección está poblada de elementos del comic y la cultura popular que le permiten al vate enfrentarse a los impulsos más perversos de la vida como es Thánatos: “No fueron crímenes de pasión/ Nadie/ quería apoderarse de lo ajeno/ Nadie /fue contratado para cortar la yugular (…) Fue pura exasperación/ Escúchenme bien/ malditos” (p74).  En esta misma sección se incluye un perturbador poema inédito sobre Calígula.  Y finalmente la última sección nos propone una lectura cáustica sobre la identidad de los sujetos hilachados que somos que podría resumirse en el título de un poema: “Mi ocupación es no morir” (p.103).

De hecho el libro no tiene pierde: la intensidad de esta poética, su provocación, su cercanía a lo cotidiano, me arrinconan para tener que reconocer algo que no hubiera creído hace veinte años: Chanove se acerca a la sabiduría a un palmo de nariz, como diría otra poeta. 

Este artículo ha sido publicado originalmente en la Revista Caretas N.2060 del 8 de enero de 2009.

April 18, 2008

La Mujer: una introducción

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Cuando Simone de Beauvoir pretendía hacer una investigación exhaustiva desde la metodología de la filosofía fenomenológica de Husserl, aún no era feminista. Su feminismo se fue decantando con los años, poco a poco, luego de que ella misma escribiera su obra cumbre: El segundo sexo. Fue precisamente su compañero vital e intelectual, Jean Paul Sartre, quien le aconsejó tamaña empresa, ante el desasosiego de la postguerra, y la frustración de haber iniciado una novela sobre la mujer que no lograba estructurar. Por eso mismo ella decidió adentrarse en los pocos estudios sobre el tema que habían a la fecha y en 1946 inicia un ensayo sobre los mitos que los hombres han ido creando para darle sentido al “eterno femenino”. Es así que se genera este gran libro, el más polémico que se haya escrito sobre el tema de la mujer y que durante las dos primeras semanas, en mayo de 1949, vendió veinte mil ejemplares.

¿Por qué el éxito, incluso, pasados más de cincuenta años? Porque se trata del primer libro que da la buena nueva: la anatomía no es nuestro destino, como señalaba Freud, porque ser mujer no es una condición innata, sino absolutamente cultural: “No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en la sociedad la hembra humana; es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino” (p. 207). Esta frase es una liberación a la opresión.

La autora no parte de una propuesta feminista a priori, sino que indaga en todos los aspectos de la mujer para poder plantearse una cercanía al fenómeno: su fisiología, la diferencia entre el nacimiento de una niña y de un niño, la menstruación, el embarazo y el parto, así como la menarquia y el deterioro de la vejez. Pero también investiga en la construcción de la feminidad como una propuesta cultural y no biológica. Precisamente en la fuente de los terrores que el hombre ha organizado alrededor del misterio el cuerpo femenino.   

Sobre todo, y este es el punto más polémico y vigente de todo el libro, explica de qué manera el hombre se ha constituido como el UNO y centro de las leyes, del conocimiento, de la ciencia, del imaginario, en buena cuenta, el único sujeto del universo. “La mujer se determina y se diferencia en relación con el hombre, y no éste con relación a ella; la mujer es lo inesencial frente a lo esencial. El es el Sujeto, él es el Absoluto; ella es lo Otro” […] La fuente de todos los terrores radica en que, en lo Otro, y más allá de toda anexión, subsiste la alteridad” (p.172).

Precisamente esa alteridad que llevo a Freud a preguntarse: ¿qué quiere la mujer? Y a contestar con un misterio: la mujer es el continente negro. Esa misma alteridad que, aún hoy, provoca miedo, rechazo, pavor, y permite que, a pesar del tiempo transcurrido, se siga pensando en la mujer “como el ser al que es necesario incluir” cuando, en realidad, como ya lo sospechaba Beauvoir, la mujer es plausible de ser un paradigma.

En el funeral de Simone de Beauvoir, otra gran feminista francesa, Elisabeth Badinter, gritó al cortejo de diez mil mujeres, “¡¡le deben todo!!”. En verdad, a esta mujer y brillante filósofa, le debemos por lo menos el extraño y estimulante descubrimiento de ver un aspecto del mundo que antes nos hería y ahora nos reta.

Simona de Beauvoir. El segundo sexo. Con prólogo de María Moreno. Buenos Aires: Sudamericana, 1999. 725 pp.

December 13, 2007

La Buena Terrorista

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El personaje principal de la novela de Doris Lessing es entrañable pero ¿por qué esta mujer se comporta de esa manera?

Doris Lessing. La Buena Terrorista. Lima: Punto de Lectura – Santillana, 2007. 519 pp. 32 soles.

Un libro siempre se reconstruye a partir del background de sus lectores y es precisamente la historia de nuestro país que nos convierte en potenciales críticos de una historia como La Buena Terrorista de la reciente Premio Nobel. En realidad la historia de Alice Mellings durante casi los dos tercios de la novela es una lucha ardua por hacer habitable e incluso acogedora una “casa ocupada” (kasa okupa) o squatter en términos ingleses, mansión casi tenebrosa y repugnante, que ha sido tomada por un grupo de estudiantes, dirigentes, activistas de toda índole, e incluso burócratas arrepentidos. El grupo autodenominado UCC – Unión del Centro Comunista en realidad está constituido por unas chicas perdidas y unos inconformes con vagas pretensiones comunistas y gustos sibaritas (en términos peruanos, casi casi troskistas). Ambientada en los primeros años 80, la novela empieza cuando el grupo finalmente decide apoyar al IRA- Ejército Republicano Irlandés, aunque luego de los primeros contactos son totalmente ninguneados precisamente por ser considerados como “infantiles”.

Y no les falta razón. Alice, la ama de casa del grupo, tiene una rabia incontrolada hacia sus padres burgueses que extiende sin ninguna razón política de fondo a toda su clase social. Sin embargo, precisamente por sus atributos universitarios de chica bien educada, puede apoderarse de todos los vericuetos del “welfare” inglés y sacarle provecho a los vacíos legales para conseguir luz, agua, gas y el plazo prudencial para apertrechar la casa y evitar su demolición. Por otro lado, su extraña relación con Jasper, un gay en el closet más radical que el hermano menor de Lenin, es enfermiza hasta el exceso y muestra la vulnerabilidad de las aparentemente mujeres fuertes y militantes. Además Alice llora durante la mayor parte de la novela, y a último momento, se arrepiente de la acción final que será el motivo de tan antagónico título. Los otros personajes —Bert el jefe del grupo; Roberta, la lesbiana afrodescendiente; Faye, la lesbiana suicida y ultraviolenta; Philip, el tierno fontanero— forman una cuadrilla de sobrevivientes que planean sus actos asesinos mientras disfrutan de comida de la India.

En ese sentido, Lessing nos muestra las contradicciones de los ingleses radicalizados que, a pesar de todo, no entienden lo verdaderamente fundamental de su propia radicalidad. Son pues desempleados rabiosos, mujeres ultrajadas en la infancia con resentimientos traumáticos y burgueses con sentimientos confusos que, a falta de otras luchas, optan por una militancia ciega y aventurera. Las últimas escenas son las más intensas y sin duda Lessing posee una gran maestría para el suspenso. La acción final no sólo demuestra la impericia de los “terroristas sin causa” sino que pone en evidencia la frivolidad con la cual asumen la muerte del otro: los ahora llamados eufemísticamente “excesos” o “daños colaterales”.

Esta novela apenas publicada en el año 1985 fue prácticamente destruida por la crítica del New York Times, Caryn James, una especialista en teatro que disfrutó dramáticamente arrostrándole a Lessing su desprecio por “la gloria de la lengua de William Shakespeare”. Sin embargo, lo que nadie puede escatimarle a la reciente Premio Nobel, es su manejo del suspenso y su construcción psicológica del personaje principal: una mujer absurda y dada a los demás que, cualquier lectora o lector peruano, podría terminar detestando por babosa. Ergo, la autora cumple su cometido porque le da una auténtica condición humana, que nos recuerda a ciertos personajes dostoievskianos que se van perdiendo a sí mismos sin darse cuenta.

November 19, 2007

Abimael por Santiago

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“Después de treinta y un años vuelvo a la ciudad antigua/ y en la estación que caen las flores leo vuestra obra./ Que el excesivo descontento no os destroce el corazón./ Siempre habría que tener una visión más amplia del mundo y de las cosas.”

Mao Tse Tung escribió este poema al regresar a Pekín después de larguísimo exilio, en el verano de 1949. El poema muy bien podría servir de introducción a este libro, o por lo menos, de clave para poder leer el pentagrama: porque “La cuarta espada” se trata, en realidad, de la pesquisa de un joven escritor peruano que, luego de corto pero intenso exilio, regresa con un pretexto perfecto para indagar en la historia de su país. La oculta historia del asesino peruano por antonomasia se convierte en una razón para, de alguna forma, rescatar la necesidad de “ver el rostro del otro” en su verdadera dimensión. Ese rostro del otro que devuelve la imagen especular de uno mismo.

Si bien es cierto que el objetivo principal del libro es entender la alteridad radical que implica el ser humano Abimael Guzmán, más allá de las monolíticas descripciones que lo congelan bajo adjetivos gruesos de monstruosidad, en el fondo, según mi perspectiva, se trata de la puesta en escena de una voz, la del narrador, que indaga por el cinismo de su generación, por la indiferencia de los sectores sociales privilegiados, por los aún vastos abismos entre ricos y pobres extremos, y sobre todo, por los sujetos que formaron parte activa de una guerra que, a su vez, mantuvo a miles en tremenda indiferencia.

“Soy un burgués satisfecho” dice en un momento de su reflexión personal, y luego agrega, “tengo la impresión de ser un turista en el infierno. Sus ocupantes me hablan pero saben que me voy a ir, que este infierno no es mío, que los dejaré a ellos y haré mi notita de prensa al respecto” y estas confesiones de cinismo en voz alta, en realidad, lo que hacen es mostrar entre líneas una culpa cristiana o peruana. La increíble culpa que, encerrada en sí misma y peleándose con su aparente sarcasmo, es la forma de acercarse a un país que uno ama y odia.

Para empezar el “horizonte” al que le habla este narrador no es peruano: es un lector que no conoce los “recodos en el camino” para usar una metáfora ad hoc. Las explicaciones son varias, múltiples, y las traducciones de peruanismos a un español normalizado inevitables. Por eso mismo, la tarea es obvia: mostrar al lector no-peruano las estrategias que utilizó SL como forma de conectar con las estrategias de terror de otro grupo, muy lejano geográfica e ideológicamente, Al Qaeda. No es explícito; pero la imagen de Guzmán en traje a rayas “conecta” en este sentido. Sin embargo como sostiene Mijail Bajtín: unas son las intenciones del autor, y otro su resultado concreto. Y en este caso, la historia de Guzmán, es una extraña manera de volver al Perú.

A pesar de esta vocación por mostrar un personaje más real que las caricaturas de siempre, Roncagliolo lamentablemente no logra un asunto fundamental: entrevistar al objeto de su biografía. Su mayor acercamiento es una entrevista con Elena Iparraguirre, otra con Manuel Fajardo y frustrados encuentros con Morote y otros dirigentes. Se entiende que es un libro apresurado —esto precisamente lo comenta el narrador al principio— y he ahí su mayor debilidad, pues no es lo mismo investigar para un reportaje (aunque sea en varias entregas) que para un libro. El investigador-autor debió plantarse en exigir mayores tiempos, finalmente no es el editor sino el autor el responsable de su prestigio (que será su arma y su escudo siempre).

Otra debilidad del texto son algunos comentarios que se afirman rotundamente pero cuyas fuentes no son certeras. El uso del “dice esta fuente que dicen o que dijo X o Y” no es pues la mejor manera de investigar sobre un tema con demasiadas asperezas y ambigüedades. Sin embargo, a pesar de estas “debilidades”, es un libro muy importante para nuestra identidad como nación, pues no reduce al otro a la monstruosidad, sino que indagando en su humanidad, saca a la luz otras motivaciones más allá de las políticas usuales.

El texto da a conocer detalles de la infancia de Abimael y el abandono de la madre, indaga sobre la existencia de un romance en sus primeros años de universitario en Arequipa que, al parecer, tuvieron como resultado una hija; asimismo, deja en claro que su mayor virtud como “intelectual” ha sido estar atento a los cambios estratégicos de los diversos gobiernos de turno; y que finalmente el “partido tenía mil ojos y mil oídos” pero una sola y autoritaria voz: la de él mismo. También lo muestra como un dirigente que no tocaba armas, que estaba fuera del teatro de operaciones, y que se mantenía es una especie de burbuja panóptica. A su vez, Roncagliolo llama la atención sobre los errores que llevaron a la caída de la cúpula: casi todos pecados de pasión amorosa.

A pesar de alguna metáforas no tan acertadas —que han sido pasto de muchos blogs que se fijan en la astilla y no en la viga— y de errores como no hacerle el seguimiento a la tesis que Guzmán presentó en la UNSA sobre Kant —y que, intuyo, debe plantear muchas explicaciones sobre su posterior recorrido— el libro es una entrega honesta sobre un tema que nunca nadie había tratado de esta manera.






















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