Kolumna Okupa

Rocío Silva Santisteban

October 16, 2008

Cinturón de castidad: 25 años después

Han pasado más de veinticinco años desde que se publicó la primera edición de Cinturón de Castidad. La mujer de clase media en el Perú,  escrito por la periodista Maruja Barrig y editado por Mirko Lauer y Abelardo Oquendo a través de Mosca Azul. El texto, compuesto por una introducción histórico-social y tres testimonios, caló profundo entre las mujeres y hombres que lo leyeron y ha devenido hoy en un clásico de los estudios sociales.
Leí el libro cuando tenía 17 años, el año 1980, fecha del retorno a la democracia y a su vez del inicio de la lucha armada por Sendero Luminoso. Ese mismo año estaba haciendo mi primer ciclo en la universidad y compraba libros gracias a una cuenta que mi padre tenía en la vieja librería del Jirón Azángaro de don Juan Mejía Baca. Debo confesar que primero leí los testimonios, y luego las palabras introductorias; y que ambas partes dejaron una huella muy profunda en mí, tanto así que el primer poema que publiqué en mi vida, en el año 83 y en la revista Haraui del recordado Paco Carrillo, llevaba por título Cinturón de Castidad (fue ahí cuando comencé con esta larga historia de homenajear plagiando).
A más de veinticinco años me toca preguntar y analizar por qué esa marca, por qué significó este libro tanto para todas nosotras, las “pequeñas burguesas ilustradas”, adjetivos que usa la autora, que atravesaríamos luego los difíciles y durísimos años 80 en el Perú. El libro es, en realidad, el inicio de algo que podría llamarse posfeminismo puesto que, desde un comienzo, se sitúa críticamente en relación con el feminismo en el Perú, “en el curso de la investigación y redacción de este libro he observado con menos prejuicios que antes a los movimientos feministas en nuestro país” (13) dice Barrig, pero con prejuicios al fin, digo yo. Aunque, a su vez, para otras lectoras durante esos años 80, Maruja Barrig era una feminista: quizás no estábamos tan enteradas de las sutiles diferencias entre unas feministas y otras “no tan” o “más radicalmente” feministas. El asunto es que el libro trataba, desde una perspectiva radicalmente crítica, un tema que nos podía parecer absolutamente importante: nosotras mismas.
Personalmente creo que el libro impactó por varios motivos entre los cuales quisiera destacar los siguientes:
Lo íntimo testimonial
Creo que la autora realmente acertó presentando el tema como una propuesta testimonial, puesto que el testimonio es un género literario de no ficción que se acerca mucho al periodismo, pero también a lo autobiográfico, y plantea de entrada una relación de intimidad con el lector o lectora. Por otro lado, la gran ventaja del género testimonial es la frescura de la oralidad. En cada uno de estos testimonios la huella de “conversación” es tan firme que realmente una siente, como lectora, que se encuentra frente a una confesión de parte, frente a alguien que se acepta tal cual pero a su vez indaga sobre sus problemas en voz alta, y además, convierte a sus historias más íntimas en confidencias.
El nivel de confesión de las tres mujeres anónimas que narran sus historias es admirable. Es tan admirable que aquéllas no tengan reparos en abrirse, como que la entrevistadora haya logrado captar un alto grado de sinceridad incluso cuando esta sinceridad haya sido falsa. Me explico: hay detalles que, definitivamente, abren el canal de comunicación y lo limpian para conectarnos a través no sólo de la racionalidad, sino de la emoción. La empatía es inmediata y, por lo tanto, la posibilidad de plantear cuestionamientos a lectores y lectoras mucho más viable porque estos testimonios funcionan como un espejo: es imposible no pensar en los propios problemas de pareja cuando se leen estos problemas de pareja, o en las posibilidades de militancia política cuando se escuchan estas historias frustradas, tan parecidas, a las que unas y otras vivíamos durante estos años 80.
Precisamente uno de los mejores testimonios, el primero, logra a pesar de las distancias ideológicas o vivenciales, porque no se trata de una “pequeño burguesa” sino de una exponente de la alta burguesía venida a menos, conectarse con esos núcleos comunes de las mujeres “de clase media”. Y es así que, junto a ella, también podemos cuestionarnos las formas erróneas de auto-afirmación que desplegamos, con tanto esfuerzo, en los diferentes momentos de nuestras vidas: “mi auto-afirmación como mujer se manifestaba en el terreno de lo sexual […] en algún momento el sexo fue para mí el descubrimiento y puse el énfasis ahí. Creo que luego no” (130).
La cuestión ideológico-cultural
Este libro insiste en un tema que aún hoy no está en la primera página de las agendas feministas: la cuestión ideológico - cultural. La autora señala que el título se refiere a ese “cinturón de castidad mental” que son las barreras ideológicas impuestas y asumidas por las mujeres. Cuando se explora las historias de vida de estas mujeres lo principal es cómo se ha ido tejiendo la red de dominación a lo largo de sus vidas: de qué manera se han ido auto-saboteando, la importancia que tiene no sólo la pareja y los hijos, sino el amor como ideología; el rol secundario de la mujer en los espacios públicos vinculado con su auto-ninguneo como ciudadana. El rol privado, a su vez, está puesto en contexto en la introducción del libro: Barrig realizada una breve pero bien documentada historia de la las ideas de dominación de la mujer en el Perú, rastrea citas clásicas de la misoginia y el machismo como aquéllas del demócrata cristiano Héctor Cornejo Chávez, o del exaprista y luego fujimorista Enrique Chirinos Soto o de aquellos párrocos que combatían el divorcio vinculándolo, a través de funambulescos saltos especulativos, con el comunismo.
Por otro lado, el gran avance de libertad sexual de los años 70 en Lima se respira no sólo en los testimonios sino en la amplia documentación de la disidencia femenina, desde la búsqueda genealógica en las historias de las novelas de Clorinda Matto hasta las descripciones de Flora Tristán, así como en la propia crítica del libro a la ideología mariana y a la doble moral de la burguesía limeña de ese entonces y sus exigencias sobre la virginidad, el matrimonio por conveniencia y, por último, la vuelta de tuerca a todas estas exigencias morales desarrolladas desde la cotidianidad criolla por el estereotipo de la maroca, la muchacha pobre que intenta, a través de la manipulación de su sexualidad, arribar socialmente; estereotipo hoy evolucionado en la jugadora.
Por otro lado, a partir de este entramado cultural en el que se permite la libertad del varón debido a su “sexualidad incontenible”, y se exige una sexualidad controlada aunque “liberal” de las mujeres universitarias, en un mundo donde todavía se veía mal que esta libertad sea ejercida con verdadera autonomía, se generan huellas casi convertidas en traumas de las burguesas ilustradas: “Hay una imagen en mí, que yo quiero que siga funcionando en los demás. La gente que está a mi lado, que me quiere, debe pensar que todavía hay muchos elementos que no se definen en mí. La gente que me conoce poco debe tener la imagen de una mujer tratando de afirmarse constantemente y que maneja sus relaciones con hombres de manera manipulatoria. La gente que solamente oyó hablar de mí debe de pensar que soy una puta intelectual. Yo solía pensar que esto último me divertía, pero no […] Me afecta el que dirán después de tantos años de pensar que me importaba un comino” (131). Este temor por ser vista como una “puta”, aun cuando se trate de una puta intelectual, ha sido uno de los lastres contra los cuales muchas hemos tenido que acarrear para reafirmar, desde la sexualidad, nuestra autonomía social. Pero, lo peor de todo, es que “el qué dirán”, esto es, las expectativas sociales sobre nuestro accionar en todos los niveles, sigue manteniéndose apuntalado por una serie de engranajes sexistas, machistas y misóginos que, en el peor de los casos se han convertido en base para perpetrar toda clase de violencia contra las mujeres, y en el mejor de los casos —es una manera de decir, claro— se han invisibilizado de tal manera que hoy conforman lo que tan acertadamente Patricia Ruiz Bravo ha bautizado como el machinario, esto es, la maquinaria del machismo solapado.
La autora pone (parte) del cuerpo
Hay un riesgo en todo libro de este tipo cuando se plantea un acercamiento de índole personal-intuitivo. Se requiere de una rigurosidad muy especial para poder ser, a su vez, seria e intuitiva, ese término que a muchos rigurosos científicos les molesta en demasía. Ahora que he vuelto a leer el texto, pensé que me había equivocado cuando leí las primeras líneas, la autora en primera persona habla de su experiencia como esposa de un hombre que trabaja en una empresa donde se está formando un sindicato. Incluso regresé sobre esas líneas para cerciorarme que estaba leyendo bien. Pues me sorprendió el nivel de acercamiento, de exposición de la autora, desde ese primer párrafo inicial. Este es uno de los motivos por los cuales creo que el libro también enganchó: porque quien lo escribía no se paraba encima de la torre de alta tensión del árbitro-autor sino que, también, mostraba las costuras y las manos manchadas de tinta. Este gran detalle, junto con las otras características señaladas líneas arriba, supuso un gesto de alto rendimiento político.

La ilustración es de acá.

November 2, 2007

Blanca Varela, el libro y el Congreso del Perú

El lunes 29 de octubre Luis Gonzalez Posada, en su condición de presidente, entregó a Blanca Varela la medalla de honor del Congreso del Perú en el grado de Gran Oficial. Se trata de un merecido homenaje un poco tardío. Debido a que nuestro congreso no es precisamente un dechado de virtudes y sus miembros son más bien un ejemplo de desastre burocrático, se podría pensar que esta medalla proviene de una institución sin mayor coherencia y por eso no tiene un valor significativo. Sin embargo, en términos históricos, es muy importante.

Si Clorinda Matto de Turner fue excomulgada, su prensa quemada y posteriormente ella tuvo que huir del Perú a Argentina donde murió; y Magda Portal prácticamente sepultada en vida debido al escándalo que provocó su novela La Trampa (la historia negra del APRA, de Víctor Raúl haya de la Torre y del asesinato de los Miro Quesada), pues que a una poeta el Congreso de la República le dé una medalla por su labor, implica por supuesto un mayor respeto y reconicimiento al trabajo de las mujeres en la escritura, pero además, un importante adelanto por reconocer la importancia de lo literario, lo simbólico, en la organización de una comunidad nacional que, a pesar de todo, el Congreso representa.

La ceremonia fue breve y justa. Estuvo presente toda la familia de Blanca, Vicente de Szyszlo, sus hijas, y las hijas del fallecido Lorenzo, así como el propio Fernando de Szyszlo, quien finalmente agradeció en nombre de la familia, previa explicación de que los lazos que hay entre ellos, a pesar de las disoluciones matrimoniales –están divorciados desde hace muchos años– son mucho más firmes que cualquier vínculo civil. Blanca asistió en silla de ruedas pues no puede movilizarse sino con mucha dificultad y a pesar de que no tomó la palabra, estuvo atentísima de los (felizmente) cortos discursos. Blanca entonces se retiró con un gesto de satisfacción en el rostro.

Posteriormente se presentó el libro. Estuvieron a cargo de la presentación Cecilia Esparza y Max Hernández. Ambos hablaron de la importancia de la obra de Varela y de la inclusión en este libro de ensayos de Octavio Paz, Roberto Paoli, Jean Franco, Susana Reisz, José Miguel Oviedo, Mario Vargas Llosa entre otros varios. Finalmente Mariela Dreyfus y yo comentamos sobre este proyecto que en realidad se concretó después de siete años y, por supuesto, agradecimos a todos los colaboradores, sobre todo a los que se encontraban presentes –incluyendo a Esther Castañeda, profesora sanmarquina, quien asistió también en silla de ruedas– y a Vicente y a Fernando de Szyszlo, a Patricia Pereyra, por facilitarnos textos, información y fotos, además de un apoyo franco y abierto.

Y por supuesto le agradecimos a Blanca Varela por enseñarnos que la poesía es un oficio solitario y duro pero que llena de satisfacción cuando cumple su cometido: comunicar al otro esa sensibilidad y manera de entender el mundo.

Por otro lado el proyecto, que estuvimos organizando desde el año 2000, y que finalmente terminamos en el 2005 cuando se lo entregamos a Rafael Tapia del Fondo Editorial, es una apuesta por un trabajo en común realizado entre personas que, la mayor parte del tiempo, no se encontraban juntas. Mariela y yo estuvimos básicamente trabajando a través de internet este libro. Ha sido difícil y, esta vez debo reconocer lo que comentó Martha Hildebrandt, que también es el resultado de una "extraña persistencia". Una persistencia que hasta podría calificarse como de terquedad peruana. El parto duró su largo tiempo, pero bien valió la pena.

August 26, 2007

Memorias Insantas

March 28, 2007

Las Hijas del Terror - Invitación

 Fotografía de Jorge Ochoa para La República incluida en el libro.

Invito a todas las personas que vivan en Lima este jueves 29 de marzo a las 7:30 pm a la presentación de mi último libro de poesía, Las Hijas del Terror, en el auditorio de PETROPERU (esquina de la Vía Expresa con Rivera Navarrete, antes Corpac). El libro obtuvo el Premio Copé de Plata de la bienal de poesía del año 2005, por eso esta institución del Estado lo ha editado. También se presentan los otros libros ganadores y serán obsequiados todos al público asistente.

March 16, 2007

Nuevos súbditos

Presentación del libro de Juan Carlos Ubilluz publicado por el IEP
En primer lugar agradezco que me hayan pedido presentar este libro pues creo que se trata de un texto no sólo bueno, en el sentido machadiano del término, sino además desafiante, transgresivo, en el mejor sentido, quizás no-lacaniano, pues trasgrede las fronteras no solo disciplinarias, sino aquellas invisibles que se han levantado dentro del mundo universitario y del pensamiento entre los no-lacanianos y los lacanianos. Creo que en algún sentido —y esa es mi fantasía, por lo menos— desdibuja la sonrisa cachacienta del “especialista” frente a la sonrisa boba de incertidumbre del enterado. Y esta es una especie de reivindicación de los enterados frente a los espacialistas que, nosotros, esperábamos por años (viniendo de un especialista, por supuesto). 

Creo que la labor de difusión de Lacan más allá de los círculos psicoanalíticos es una tarea que recién comienza con este libro en el Perú. Pues a pesar de los libros anteriores que parten del análisis lacaniano, como los de Marcos Mondoñedo entre otros, no se había logrado esto pues se trata de textos cuyas referencias inmediatas son los estudiantes universitarios inmersos en el discurso lacaniano a través de sus cursos. 

Considero que la literatura, en general, y el campo de los análisis que nacen de lo literario en particular, tienen mucho que aportar en la construcción de una propuesta de narrativa nacional diferente. No es una tarea solo de sociólogos y antropólogos, eso es lo que precisamente saben los miembros del IEP desde la famosa mesa redonda de Arguedas. De alguna manera este libro propone eso y más: se trata de utilizar recursos de lectura, análisis y marcos teóricos pertinentes para ir mas allá de lecturas, análisis y marcos teóricos. Es un gesto imprescindible en el mundo académico peruano contemporáneo.

Por otro lado, como todo neurótico, me da la impresión de que Juan Carlos siempre ha estado buscando ir mas allá, quizás precisamente empujado por el deseo de prestigio que nos empuja a todos quienes estamos sentados en esta mesa. Ese prestigio que es difícil de definir, de entender, de conceptuar, de organizar, de diseñar, pero que, como dice Bourdieu, quienes nos encontramos dentro del campo podemos fácilmente percibir y que se convierte, por supuesto, en un motor del deseo. Creo esto por la historia de Juan Carlos que leí en Caretas —y que sabía de oídas de terceros— de jugador de fútbol en Luxemburgo, a estudiante en París, luego a doctarando en Austin, a profesor en San Marcos, a estudiante en la Escuela Psicoanalítica Lacaniana de Lima. Por esto mismo, la autoría del libro en esta historia está también vinculada con ese deseo y, por lo mismo, con un posicionamiento diferente a lo que estaba haciendo hasta ahora.

Pero no he venido a pararme en el campo del psicoanálisis para indagar en las intenciones detrás del texto, sino para dar cuenta de lo que, según mi punto de vista, plantea el texto como desafiante, perturbador, productivo y de las que, también según mi modesto punto de vista, podrían ser eventualmente sus insuficiencias.

En principio es obvio que el libro va más allá de los límites disciplinarios y creo que con él se presenta precisamente un desafío a los círculos lacanianos peruanos y a los investigadores especialistas en general. ¿Por qué? Bueno, porque:
1. usa el universo que se abre tras las palabras de Lacan como punto de partida de una complejidad que va más allá del cuarto del analista.
2. sale de la criptología lacaniana para explicarnos a los legos qué importancia y sentido tienen en el discurso lacaniano nociones como Otro, Nombre del Padre, ideal del yo y yo-ideal, goce y deseo, entre otros conceptos; y como estos permiten una estructura de análisis bastante pertinente para las “mentalidades” que construyen las formaciones sociales imaginarias o el imaginario peruano.
3. vincula el discurso lacaniano con el análisis marxista para analizar el mundo popular peruano, algo que viene haciendo Slavoj Zizek desde hace tiempo desde el mundo popular norteamericano pero que no se ha hecho específicamente desde análisis latinoamericanos
4. es una pauta para que otros investigadores especialistas, psicocríticos o no, se afanen en la función de comunicación que debe de tener todo libro para clarificar la opacidad de la nomenclatura de la especialidad (sobre todo los post-estructuralistas).

El libro plantea y a su vez regresa, en un afán nietzscheano, sobre ciertos conceptos que permiten entender qué nos pasa éticamente.
1. Uno de estos puntos es básico: el capitalismo tardío propone el imperativo del goce en un mundo donde el Nombre del Padre no garantiza el orden simbólico. En otras palabras: nos hemos convertido en un nuevo estilo de súbditos pendiente de la aprobación de los demás. Un súbdito del mercado que es, a su vez, cínico pues sabe perfectamente que “comprar” no garantiza la felicidad, y sin embargo, actúa como si no lo supiera. Creo que este punto es básico para entender el cinismo peruano, sobre todo, el fujimonte-cinismo sobre el cual se ha consolidado no solo un sistema de corrupción, sino que se han reafirmado los peores vicios de la globalización.
2. Un segundo punto que me ha servido a mí especialmente para entender, desde mis investigaciones, los discursos autoritarios es la inflexión del sujeto criollo en un sujeto pendejo. De aquel sujeto que elude a las normas, con gracia y picardía para proporcionarse alguna ventaja hemos pasado a un sujeto que, no solo no las cumple para procurase ventajas, sino que en este incumplimiento de la Ley si arremete o violenta al otro, lo hará con “satisfacción” de su propio y mínimo poder. La pendejada en el caso peruano, y específicamente en el fujimonte-cinismo, es una fantasía —una respuesta imaginaria para eludir la angustia— sobre la cual se sostenía el apoyo de la inmensa población peruana. La fantasía del pendejo se organiza, a su vez, sobre el miedo a la lornez, o a ser percibido como un lorna, como un perdedor. El pendejo sería pues, de alguna manera, el exitoso, el popular en las versiones de las series norteamericanas, y el lorna nuestra versión chicha y criolla del loser, sin embargo, como dice Ubilluz, se trata de un sujeto que re-afirma al sistema pendejo por su incapacidad de ponerlo en cuestión, de salir de sus cuadrantes, de erigirse sobre la injusticia de su trama.

En este sentido, digamos, parte de la subversión contra este sistema sería la exigencia de justicia como acción no sólo para salir de la lornez, sino para des-localizarse de los límites de la pendejada cínica.

Creo que estos conceptos ayudan a percibir de manera mucho más nítida nuestra precariedad ética pues está basada no en la pobreza, ni en una falta de educación moral, por decirlo de alguna manera, sino por el contrario, en una extensión de la supervivencia a patrones morales y éticos que no tienen
En este sentido el libro hace un gran e impresionante diagnóstico de las estructuras psíquicas de nuestro comportamientos colectivos y el imaginario sobre el cuál se basan, pero aún deja algunos vacíos a ser llenados, sobre todo para quiénes están interesados en la génesis de estas estructuras y estos comportamientos: ¿cómo hemos devenido en esto? Es una pregunfta que nace de los intersticios del texto y que ya se han planteado algunos historiadores, es más, de alguna manera, Ubilluz propone algunos libros que dialogan permanentemente con éste, como el de Gonzalo Portocarrero, Rostros criollos del mal, o el de Alenka Zupancic, en otras coordenadas geopolíticas.

A su vez, el libro se organiza sobre la estructura de la experiencia de un sujeto peruano, básicamente el urbano-costeño, aunque como bien dice Ubilluz, el pendejo así como el criollo, son sujetos que van más allá de los lugares cliché y pueden existir perfectamente en los pequeños pueblos de la sierra cajamarquina o en los pueblos jóvenes de Iquitos.

No obstante, hay otras coordenadas de pensamiento que se erigen desde “saberes otros” por decirlo de alguna manera: la pregunta para los antropólogos que plantearía este libro, y que deja aún vacía es, ¿en qué medida estos sujetos-otros de las comunidades alto-andinas, por ejemplo, que muchos limeños podrán concebir como “lornas” o sujetos de/a su poder, también forman parte de estas estructuras perversas?, ¿cuál es el rol que juegan?, ¿cómo podemos percibirlos desde estas coordenadas?

Porque no se trata de que no estén: en los libros de Jaime Bayly, por ejemplo, uno de los grandes cínicos de nuestra cultura urbano criolla, estos sujetos también existen y son percibidos como outsiders de los límites de su mundo, pero a su vez, con total desprecio: por eso mismo son calificados como los “brownies”, los marroncitos, y desde ese racismo se pretende interpretar los “errores” de las masas —los índices de votación por Humala— ni siquiera como fisuras de la modernidad sino como excedentes de la misma, esto es, siguiendo las mismas coordenadas de Sarmiento o Echevarría, los “excesos de la plebe”.

Desde esta lógica, también, los “brownies” no cumplen ninguna función y por lo tanto devendrían en invisibles Garabombos o, en el peor de los casos, como hombres-no sujetos, como homo sacer o musulmanes en términos de Agamben, restos que pueden en cualquier momentos ser evacuados del sistema.

Personalmente creo que este libro, también en sus propios vacíos, sigue planteando retos verdaderamente desafiantes.






















Get free blog up and running in minutes with Blogsome
Theme designed by Hadley Wickham